Mié06282017

Last update11:06:03 AM

Homenaje a mi padre José Arturo Sierra Gattorno

  • PDF

¿Alguna vez se han preguntado lo que es vivir la pobreza? ¿Alguna vez han visto un libro, ya sea abandonado entre los escombros que albergan en los drones? Aquel que espera en la negligencia a que unos dedos acaricien su estructura y bailen entre sus páginas atestadas de rimas y recuerdos, diario de lo que alguna vez fue un autor que deseaba que las letras llegasen al corazón del lector.

Probablemente estarán pensando «¿Qué tiene que ver un simple libro con la pobreza? ¿Acaso ayuda en algo? Es sólo una pérdida de tiempo.», probablemente se digan a diario, cuando sus miradas se dirigen hacía un objeto obsoleto en los escombros, carente de dueño y los años visibles en sus rasguños, «Porquería». Los escombros son vistos por lo que aparentan ser, basura, los pobres son vistos como: perdedores, sucios, escoria, carentes de oportunidad, los de clase media: trabajadores, dinero normal, sin meta para cumplir, los millonarios: superiores, solo eso, la sociedad no tiene mente propia, se dejan llevar por el aspecto.

Ahora, los situaré en Honduras, Tegucigalpa 1976, llamemos esta historia "No Juzgues Un Libro Por Su Portada", ustedes, con una respiración acelerada, dando pasos largos, se dirigen a su colegio. Miras al suelo y contemplas tus dedos atravesando tus zapatos desaliñados, tus brazos y rostro presentan moretones y cicatrices, y temes a tener más una vez llegues a tu destino, llevas un bulto, negro y hecho a mano, pero no hay libretas, no hay lápiz, no hay botella de agua; y es cuando recuerdos te llegan de que un efímero trozo de manzana te espera, el que ahorraste ya que tu madre no tenía ni un lempira para comprar comida, y no sabías donde tu padre andaba, lo esperabas con tu manzana para que llegue y regalárselo. Llegas a tu salón y te sientas, todos ven tu camisa: que utilizaste hace dos años, sucia, tu maestra te mira de reojo y comienza con la clase.

«¡José Arturo!» vocifera la maestra con una voz gruesa que produce temor tras un estudiante haberle susurrado algo, «Probablemente me culparon de otra cosa, quisiera que mis padres me creyeran que no hice nada» piensas, tú te levantas, consciente de lo que va a suceder, las iris ajenas se dirigen hacia ti mientras das pequeños pasos temblorosos hacia ella, cuyo dedo índice se dirige hacia una esquina. Te paras frente todo el salón y sientes un trozo de madera asestar contra tus rodillas, erguido aguantas las lágrimas dando un gemido de dolor. Las risas resuenan por las paredes y escuchas a tu maestra, de su boca expulsa saliva con palabras que hieren «Eres un perdedor» «No sirves, no mereces vivir» «Te quedarás así por siempre». Cada golpe era más certero que el otro, un líquido espeso y rojizo comienza a expresarse ante el público y tú solo aceptas lo que ellos dicen.

Eres un perdedor.

Un año pasó, y te encontrabas repitiendo año a los nueve, todo por una maestra cuyo odio sobrepasó tu honestidad y habilidad, utilizando sus palabras, engaños y sociedad como arma por excelencia.

Les presento a José Arturo Sierra Gattorno, un hombre que en su niñez podían considerarlo inferior, pero su valentía y perseverancia sobrepasa todo prejuicio a su alrededor. Desde niño, vivió en la pobreza, el dinero era escaso, pero eso no lo prive de haber disfrutado de lo que tuvo, en su niñez viajaba con su padre a varios lugares y montañas y adoraba hacer sus propios juguetes con objetos reciclados para divertirse con sus hermanos. Lamentablemente, los estudios llegaron a su fin en una temprana parte de su juventud, pero su interés por aprender no lo paró. A la edad de los trece comenzó a generar interés por arreglar cosas, tanto para ganar dinero y ayudar a la familia como para construir un futuro, recogía libros abandonados, libros de inglés e idiomas, libros de tecnología, herramientas perdidas; nada era obsoleto para él, incluso el televisor inservible. Con sus herramientas comenzaba a practicar con un televisor, probando conexiones, causándole problemas para arreglarlos, aprendiendo de sus errores, probaba distintas formas tanto de dañar y arreglar el televisor, al igual que aprender el uso de cada cable y conexión, y es cuando el momento de la prueba llega.

Cuando llegó a un colegio técnico tras una caminata de media hora —Cosa que ya está acostumbrado—, era burlado por los adultos, ya que era el único menor en el colegio «Tú no sabes nada» «Perdedor» «Eres solo un niño», pero eso no lo detuvo. Después de tres años los mismos individuos que lo burlaron, le pedían ayuda con cosas que no solían entender, sus notas eran aceptables, incluso se podría decir que perfectas, sabía hacer las cosas con fluidez. Se podría decir que esta vez no tuvo necesidad de usar lo que aprendió en sus clases de Kung-Fu y Judo, sus acciones y confianza fueron suficientes para superar los obstáculos. Han ocurrido muchas cosas que se podría hacer un libro sobre su historia, tantas cosas por contar, y pensar que esto es la punta del iceberg.

Hoy en día es un hombre trabajador, instala cámaras, arregla cosas electrónicas, lee libros para aprender de negocios y trabaja día y noche, incluso cuando se encuentra exhausto, en la mañana se levanta temprano para ir a trabajar a una oficina en el área de nóminas, para traer comida a nuestra casa, a cada hora piensa en cómo construir un futuro y pocas veces pueden verlo descansar. Lucha por traer a mis hermanos a quienes no ve hace 14 años y por ver a su familia que tanto los extraña. Siempre cumple sus promesas y pone a los demás primero que a él. Me ha enseñado a ser perseverante, a construir mi futuro y no quedarme con los brazos cruzados esperando a que un milagro ocurra, a querer a los demás y no dejarme llevar por el odio de otro. Gracias a sus esfuerzos ha progresado, ya no debe guardar una manzana como desayuno, almuerzo y cena, ya puede hacer varias cosas.

Es un hombre que creo que es digno de admiración, ya que nunca se rindió y probó a muchos qué puede hacer todo si se lo propone, y es alguien al que tengo el orgullo de llamar padre.