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YO QIERO ÉSO

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altA los 3 años el niño tiene esa identidá diferensiada entre lo otro" i 'yo', i un amor rudimentario para relasionarlos, a ese ‘yo' i 'eso' otro: qiero / no qiero. Desde sí expande su somatismo –sus sensasiones– para incluir los otros objetos –el yo es un objeto pribilejiado– como satélites, o excluirlos como un difuso polbo cósmico. Qe después de aber nasido asta el lenguaje, tal somatismo sea expresado por jestos i elaborasiones simbólicas fónicas, eds. significatibas para 'el otro' (o sea intersubjetibas), no obliga qe tal expresión contenga 'sensasiones' distintas de las anteriores al lenguaje, las del infante.

El lenguaje beicula el distansiamiento, la consiensia, pero no es la consiensia en sí. Falta madurar, ayudado por ese distansiamiento del lenguaje, las formas de relasión entre los indibiduos para yegar a lo berdaderamente sosial; qe incluye relasiones mucho más 'distansiadas' qe la palpable intersujetibidá: las institusiones, la istoria, la ecolojía.

El ombre (europeo) cumplió 3 años en el renasimiento. Ya para los 600 dieron a Shakespeare, Boticelli, i sobre¬todo Góngora; qe inegablemente balbuseaban con efegtibidá un lenguaje tan sufisientemente intersujetibo qe sobreabundaba. Pero ubo de esperarse los 9 años cumpliditos, qe le salieran por lo menos espiniyas en la narís a Europa, para estirarse a lo sosial. Rousseau asta Kant son niños con la consiensia de qe ai algo dis¬tinto de la fama, la riqesa o la grandesa añadida sobre mí –el barroco–, posterior al ataqe de defensa por la segunda, por miedo infantil –(re)nasimiento–. En el romantisismo le salen las tetitas a la cultura ejemónica de turno, padesiendo los sueños idealistas, sus trasportes i bómitos. La 'cultura' (europea moderna) bibe sus 16 a 18 años exorbitantes con Karl Marx.

El niño en su renasimiento –nasimiento a los símbolos– comiensa a pragticar ‘un amor' rudimentario, porqe se a emansipado de su emboltura 'sensasional' como una grabedá qe le mintiera un saco amniótico del aire. La madre (o la nodrisa) era una extensión de su boca; pero la intermitensia de su 'aderensia' le ba enseñando 'qe está ayá'. El frío, el calor, el rose, le ban 'disiendo su exterioridá'. I por omisión, el ayá, lo exterior, ban construyéndole su 'interior'; qe basará, corriendo el tiempo, el yo, 'ésto'.

El europeo de los 5 a los 6 años tenía ya una riqesa desbordante de palabras –i cosas designadas por eyas, no se olbide, qe probenían de afuera, tantas beses a la mala–, i de organisasión de esas palabras –estratejias discursibas–; dándole una seguridá tal de sí mismo qe erbía los fuegos artifísiales narsisistas, estayaba en con¬feti el exibisionismo de su yo tan repleto, ipertrofiado. Inundaban los mundos, no se le ponía el sol en sus dominios, borraban de sus mapas de 'lo otro' las islas desafegtas. (José Moreno Villa a estudiado la proliferasión de bufones i enanos como jugetería umana en las cortes barrocas; analojía terrible.)

Normalmente a los 7, 8 i 9 años el exinfante bibra polarisado entre la soledá de la infansia i la soledá de la adolesensia, esperimentando sierta distansia de sí mismo; un no reconoserse niño ni joben. La completés síqica del niño –el ligamento egoísta con lo otro, o amor rudimentario– i la redondés síqica antítesis de la desolasión combensida adolesente –adoleser es careser–; son el imán cargado de la jubentú, qe mantienen bibrando al niño entre sus extremos ofresidos, ibnotisado entre su diapasón. I el niño se aya desabitado de sí mismo. Puerisia yaman –otro puerperio (posparto), i lo contrario de perisia– a este romantisismo sonambúlico.

La esperiensia de autoalteridá –'yo' también puedo 'serme' ajeno, enajenarme– daría ese neoclasisismo con¬fundido qe se yamó realismo posindustrial, explosión demográfica, filosofía analítica. Renasimiento desorde¬nado, ya sin balanse injenuo del egoísmo natural, el europeo desimonónico sabía de la existensia de los otros, de la otro, de sí mismos como otros también, qe solo podía disimular justificándolo con la rasón adqirida. Los adolesentes caprichosos qe se entercaban en reponer la bibrasión del infante completo –el umanismo antroposéntrico [antropo=europo]–, le ganaron la tesis a los adole¬sentes solidarios, arboresentes, qe temblaban (de amor) por lansarse a lo otro, compartir, conoser, apeqeñarse en su adqisisión desbocada de la otredá real.

Marx, qe murió de furunculosis, tremendos barros estasionado en la adolesensia, gritaba casi para beinteañero cuando Francia, Alemania o Inglaterra cumplían 14, 15, 16. Qería aser una sororidá chébre, ermanas de la solidaridá no de la caridá, la Liga de los Justos, la Internacional Comunista. Inflamado de jubentú asumida como riqesa para dar, i en ese dar gosarme maduramente (salbando lo mejor del romantisismo), paresió a los ejemónicos europeos un Don Juan enloqesido su amante organisado (salbando lo mejor del industrialismo). O sea, paresía un altruista peligroso para los desconfiados en la 'entrega amorosa'.

I así el niño yegaba a su menstruasión, entraba a la unibersidá, sin otro 'destino' todabía qe completarse a sí misma, qe casarse i tener ijos propios, ogar seguro, protexión domisiliada. Era un riplei del yo chiqito encontradito por contradixión –afuera / adentro–, el shelter intersujetibo enajenado de la sosiabilidá estayante, jeneral i completa qe le ofresía la istoria, el mundo i la realidá inebitable –¡para qé, por fabor!–. Se protejía este conato de adulto de 'dejar de ser él', 'sí mismo', 'en sí"; atrofiando su posibilidá incontable de ser los otros, ser con los otros; como era sí ya otro para el otro cuando bregaba con él, buscándolo, tan nesesario como mí mismo, en el amor.

I en el poema del amor desencontraba esa sapiensia intuida del uniberso; no incorporaba en el sexo o en la familia sola la lejanía saboreada en los intermitentes abandonos de la madre, i aqel distintamiento de sí mismo cuando púber. Ese triángulo entre las piernas de conoser lo otro abitándose como una seiba magra de ecosistemas ajenos, le prometía tantos sabores dis¬tintos de la propia saliba rompiendo asúcares. Pero el amor, todabía, paresía una dijestión, más plasentera abeses; o el ijo proyegtado entre la pisina qe no nado, tenía mis faxiones i atendía mi regaño...

Lo otro absoluto prometido por la imbasión de la distansia, qe me desamparaba pero qe me amparaba, debía ser abitado (no solo conqistado) para gosar su twoway.