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Pedaleando por la orilla: A legalizar…

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“Y mientras se siga persiguiendo la quimera de un mundo sin drogas, estas seguirán prohibidas pero circulando sin freno, alimentando al crimen organizado, destruyendo países, destrozando l vida a algunos consumidores y convirtiendo en criminales a otros por llevar un porro en el bolsillo.”

Araceli Manjón-Cabeza: La Solución, 2012

Para mí, como para la mayoría, la culminación de otro ciclo solar significa el tiempo de pasar revista, analizar y reflexionar sobre lo acontecido durante los pasados doce meses.

En medio de ese proceso personal, la llamada de Julio Rivera Sanier pidiendo que le analice la criminalidad y la violencia durante el 2012 desvía mi pensamiento y expande la reflexión a nivel social.

Al momento que escribo, el año que culmina es uno de los más sangrientos de la historia puertorriqueños y gran parte de esa violencia, ochenta por ciento para ser exacto, se vincula al narcotráfico.

Por esta razón ese ilegalizado negocio tiene que ser el punto de partida obligado para cualquier reflexión sobre la violencia reportada durante el pasado año.

Tras pensar un poco sobre el tema, mí conclusión es que el 2012 nos deja una gran enseñanza: la droga hay que legalizarla y el narcotráfico tiene que entrar en la cadena legal de distribución de bienes y servicios.

Tras cuatro décadas fracasando en la empresa de reducir la violencia y el narcotráfico en la Isla, durante el 2012 la administración colonial de turno decidió aferrarse aun más a la visión moralista y conservadora que sobre las drogas Estados Unidos impone al mundo y reafirmar las mismas medidas punitivas que hasta ahora vienen naufragando como alternativa para manejar esa violencia y la criminalidad.

De esta manera y reconociendo su incapacidad, durante este año que pasó la administración colonial se las arregló para que la violencia en la isla se incluya en el campo de acción de las agencias federales en Puerto Rico.

Con esta estrategia no solo se “federalizó” en lo operacional el manejo de la violencia social producto de los procesos de exclusión social y económica, sino que se afianzó la demagogia ideológica que apunta a que los puertorriqueños no somos capaces de gobernarnos y que nuestras garantías constitucionales son la causa de la criminalidad.

Por otra parte y también basándose en la absurda visión moralista y conservadora, la administración de Fortuño impuso un draconiano Código Penal que aumentó las penas a niveles absurdos si se comparan con la tendencia internacional en materia penal.

Por supuesto, ninguna de esas dos medidas detuvo la violencia criminal en el País.

Ante su fracaso y a solo meses de las elecciones generales la administración saliente recurrió nuevamente a “los federales” y hace un llamado para que se “militarice” el Caribe como forma de hacer frente al narcotráfico proveniente de América del Sur.

Los funcionarios puertorriqueños, “vendieron” la idea de que, partiendo del éxito que Estados Unidos tuvo en la militarización de la frontera con México, las rutas del mercado negro se estaban moviendo al Caribe, por lo que patrullar nuestras costas era una cuestión de seguridad nacional.

A pesar de lo falso de las premisas, pues las militarización no tuvo mayor éxito durante los pasados años en el frontera con México, mientras que en el tráfico de drogas en el Caribe sigue siendo más o menos el mismo de siempre, la administración logró un aumento militar para luchar contra el contrabando por parte de Estados Unidos.

Sin embargo, a pesar de la nueva tecnología de vigilancia aérea y de las decenas de millones de dólares que costaron los helicópteros militares que hoy custodian nuestras costas, la droga sigue siendo tan abundante como siempre en la Isla.

Es decir, otro fracaso.

Por tanto, cualquiera que mire críticamente el proceso durante el 2012 tiene que concluir que el mismo demuestra que ni la prohibición, ni las medidas punitivas van a lograr detener el narcotráfico.

Por otra parte, la llegada del 2013 marca el veinticinco aniversario de las Sesiones Especiales de la Asamblea de las Naciones Unidas sobre la fiscalización internacional de la droga del 1993. Es en esas reuniones en donde, a pesar de las visiones salubristas que venían de Europa, se afianza a nivel internacional la idea de que la represión, el castigo y la prohibición lograrían generar un mundo libre de drogas.

Sin embargo, según la española Araceli Manjón-Cabeza, autora del libro La Solución, a pesar de los recursos y vidas humanas que cuesta la política prohibicionista a nivel mundial, en las últimas dos décadas del siglo XX “el consumo de opiáceos se incrementó en 34.5 por ciento, el de la cocaína en un 27 por ciento y de cannabis en un 8.5 por ciento.”

Partiendo de todo lo anterior mi reflexión me lleva a reafirmarme en el llamado a que como sociedad, en el 2013 comencemos a discutir seriamente alternativas no punitivas y realmente salubrista para manejar el problema del narcotráfico.

Es decir entender que el Estado no tiene porque intervenir con usuarios estables, para quienes el uso de sustancias psicoactivadoras no representa ningún problema.

Que tampoco hay razón para que, como el alcohol y el tabaco, la cadena legal de distribución no le provea a estos usurarios estables las sustancias que necesiten. De esta maneta se evita que estos usuarios tengan que insertarse en el bajo mundo para adquirir las mismas, además de que se garantiza la seguridad y calidad de las mismas.

Por otra parte, tampoco hay razón para que aquellos que sí tienen problemas controlando las sustancias sean vistos como enfermos y no como viciosos.

Ver al adicto realmente como un enfermo implica el que este pueda ir a su médico y en la privacidad de esa relación buscar alternativas para manejar su dependencia. No como ahora que decimos que el adicto es un enfermo, pero le estigmatizamos obligándoles a ir un centro específico para tratar “adictos” donde termina siendo víctimas de las farmacéutica productoras de opioides.

En fin que sí en realidad pensamos que las drogas son malas y hacen daño, tenemos que comenzar a cambiar el paradigma, pues la insanidad de la prohibición no solo lleva sobre cuarenta años fracasando, como demuestran los pasados años, cada vez nos exige un mayor tributo de sangre.

Como aquel Caballero de triste figura, al parecer, cuando viene a las drogas necesitamos que alguien nos haga claro que nos enfrentamos a molinos y no a gigantes.