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Pedaleando por la orilla: Esas nenas somos todos...

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Nuevamente las redes sociales nos dan en la cara y nos obligan a mirar la violencia que nos define como pueblo.

En esta ocasión, una silvestre fotoperiodista documenta la forma en que dos jóvenes de 15 años resuelven sus diferencias con otra joven compañera de escuela.

La insensible brutalidad desplegada por una de las jóvenes en el video, así como la morbosidad con que la otra incita a esa violencia, disparó el proceso de pánico moral y de inmediato, políticos, burócratas y empresarios morales salen a exigir acción desde sus catedrales de virtuosa decencia.

De inmediato lo reclamos movilizaron el aparato represivo estatal y en cuestión de horas, como las otrora vírgenes que en otras culturas eran sacrificadas ante los dioses para restaurar la pureza del resto, las niñas fueron llevadas ante un magistrado que ordenó su ingreso a una facilidad correccional, que no es una cárcel, pero que igualmente se compone de barrotes.

De esta manera, se restaura el orden.

La ofrenda sacrificial de las jóvenes ante el aparato represivo aparenta ser la forma de restaurar el orden. Es un orden que al construir demonios como esas jóvenes, nos permite construirnos a nosotros y nosotras como virtuosos ciudadanos de ley y orden.

Es decir, yo soy bueno, pues las malas son la gente como esas niñas y sus padres, que no tienen valores, controles o la educación adecuada.

¿Qué realmente nos molesta o agrede del video? ¿Acaso puede ser la violencia como herramienta de reparar una afrento o conflicto?

Tal vez lo que realmente nos molestó del video es que nos obligó a ver que en esas jóvenes nos encarnamos todos y todas.

Lo que aparenta hacer difícil de manejar este video, es que demuestra como esas estudiantes aparentan dramatizar quienes realmente somos ante el otro que disiente de nuestras ideas y visión de mundo.

En el pasado, siempre identificándonos con las victimas, las redes sociales se llenaron de campañas de “Yo soy fulano”. Tal vez ahora debiéramos ser honestos y estipular en una campaña en las redes sociales que “todos somos esas niñas”.

Peor aún, si fuéramos a vernos desde la honestidad, “Puerto Rico somos esas niñas”.

¿Acaso la forma en que reaccionaron esas jóvenes no es la forma en que reaciona el bichote ante la falta de respeto? O de igual forma, no es la forma en que reaccionamos cuando un vecino hace algo que nos molesta.

De igual manera, la reacción de esas nenas ante lo que ellas definieron como acciones negativas de su victima, no es la misma respuesta que históricamente utiliza el Estado en Puerto Rico ante aquellos que expresan su disenso.

¿Acaso no es la respuesta del Senado anterior ante las protestas de estudiantes la misma que la de estas niñas? La misma pregunta se puede hacer de la forma en que se manejan los conflictos laborales, familiares o políticos.

¿Ya nos olvidamos de Antonia, de Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado o de lo cadetes que hace más de medio siglo trataron de marchar un 21 de marzo?

En fin, que lo que ese video aparenta documentar es la violencia que nos define como pueblo.

Pero lo que realmente parece ser verdaderamente trágico, es que creemos que con enviar a esas jóvenes al altar sacrificial del sistema represivo estatal, expiamos nuestras culpas y resolvemos la violencia que nos define como pueblo.

Bueno, por lo menos hasta que nuevamente las redes sociales nos den con la realidad en la cara...