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Pedaleando por la orilla: ¿Y usted, qué propone?

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alt“You may say I'm a dreamer

But I'm not the only one

I hope someday you'll join us

And the world will live as one”


Lennon

“Todo lo critica, ¿y usted, qué propone?”

Esta oración, en mayor o menor grado, parafrasea las respuestas más comunes ante las constantes críticas que, contra el gobierno, expongo diariamente en mi cuenta de Twitter.

Esta interrogante, que regularmente viene de simpatizantes de la administración de turno, no dejan de ser un ataque y hasta cierto punto encarna la frustración de quién, no teniendo argumento contra el mensaje, ataca al mensajero.

Sin embargo, le reconozco cierto grado de validez y admito que rara vez, por lo menos en Twitter, expongo alternativas ante lo que critico.

No presento alternativas pues, en los 140 caracteres que permite el Twitter, no es mucho lo que se puede explicar. Además no estoy claro que los que me interpelan realmente quieran escuchar verdaderas alternativas al discurso que compraron como verdad dogmática.

Me parece que para la mayoría de esos que me interpelan, la necesidad de cambios radicales en nuestras estructuras sociales, económicas y gubernamentales, son quimeras que alimentan el sueño utópico de unos locos y por lo tanto no merecen ningún crédito.

Si embargo, para mi lo contrario es lo correcto. Estoy convencido de que aspirar a vivir en una sociedad más justa sin cambios estructurales es la verdadera utopía.

El pensar que podemos bajar la violencia y la conducta desviada sin desarrollar una sociedad más inclusiva, para mí, es expresión de enajenación.

No me parece posible superar los males económicos que nos aquejan, sin primero colectivizar y transformar los medios de producción, para que cada trabajador sea codueño de su centro de trabajo y participe de forma igualitaria de las ganancias que allí se generen.

Para mi es imposible que todos y todas nos podamos sentir incluidos sin cambiar y eliminar los partidos como organismo básico del orden político.

No será hasta que el control de la administración pública no este en manos de verdaderos representantes de la ciudadanía organizada en sindicatos laborales y comunales que podremos hablar de verdadera democracia.

Que esté claro que al decir representantes, no hablo de los delegados que hoy son electos para luego no consultar nada con sus constituyentes y terminar representando lo que beneficie a sus partidos políticos y a los dueños de estos partidos. Me refiero a delegados que, sin cobrar otro salario que no sea el que se ganan en su puesto de trabajador o trabajadora, estén obligados a consultar la forma en que votarán sobre los diversos asuntos con la comunidad o con el centro de trabajo que representan.

De igual manera tampoco podemos esperar que se logre manejar adecuadamente los comportamientos desviados, si los mismos no se enfrenta a nivel comunitario.

Casi dos siglos de existencia demuestra que los cuerpos paramilitares compuestos por profesionales no son una alternativa para manejar el comportamiento desviado en las comunidades. Claro, para lo que si probaron servir estos aparatos es para lo que fueron creados en el siglo XIX, para reprimir y controlar el disenso.

Así mismo, mientras los medios de comunicación no estén en manos de organizaciones no gubernamentales sin fines de lucro y dirigidas por sus propios trabajadores y trabajadoras, tampoco podemos aspirar a una democracia libre de manipulación ideológica.

En fin, de nada parece servir detallar esas propuestas anteriores, pues cuando lo hago, me despachan con un: “que tengas suerte logrando eso”.

Si algo ha sido el logró el Estado capitalista es el hacernos pensar que cualquier otra forma de organizarnos es ineficiente, burocrática y que la misma terminará con una tiranía del Estado como la que se encarnaron los llamados países comunistas, que en realidad eran la encarnación de un capitalismo estatal donde los medios de producción se nacionalizaron, pero no se colectivizaron.

Así las cosas y en medio del pesimismo que me genera el ver lo tecnológicamente eficiente que es ese capitalismo y ante la imposibilidad de derrotarlo por el momento, me refugio en el trabajo de John Holloway.

En el libro “Crack Capitalism”, Holloway concede la victoria al capitalismo y admite que por lo pronto ese sistema social parece inmutable.

Inmutable pero no invulnerable.

Aun en medio de la mayor ofensiva capitalista de los pasados cien años, hay grupos y colectivos invisibles para el Estado haciendo su trabajo, organizándose para tomar control de sus vidas y buscar alternativas económicas y sociales autosustentables.

De esta manera, surgen los proyectos de jardinería comunitaria que transformaron en micro fincas de vegetales los espacios vacíos en Detroit y que según la veterana activista Grace Lee en su libro “The Next American Revolution: Sustainable Activism for the Twenty-First Century”, ahora suplen de alimento a los refugios y cocinas para necesitados.

De igual manera, organizaciones no gubernamentales como Fair Trade International, el Fair Trade Resource Network o el World Fair Trade Organization trabajan para lograr que los productores sean los que disfruten de las ganancias que generan con su trabajo.

A movimientos como estos son los que Holloway cataloga como fisuras en el capitalismo, pequeñas grietas que permiten que algunos se desconecten de la red capitalista y funcionen de manera solidaria en pro de una verdadera democracia inclusiva.

A nivel individual también, cientos de miles de personas en el llamado “primer mundo”, rehúsan consumir en grandes cadenas que explotan a sus empleados y escogen comer y comprar en tiendas de capital local, preferiblemente familiar o comunitarias.

Otros van más lejos, como el Arq boricua Fernando Abruñas que con su "Casa Invisible" demuestra que comunidades autosustentable en términos de energía y agua son posible.

Para terminar y contestar la pregunta que encabeza este escrito, lo que propongo es cambiar las estructuras. Nada cambiara si no se cambia el orden en que vivimos.

Además estipulo que aspirar a ese cambio no es una utopía. Lo que es utópico es pretender vivir en un mundo más justo sin cambiar el orden que produce la injusticia.