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Pedaleando por la orilla: Cuatro días sin asesinatos...

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El hecho de que el pasado fin de semana en Puerto Rico no se reportara ninguna muerte violenta fue el virus que acaparó los medios tradicionales y las redes sociales desde las primeras horas del lunes.

La noticia fue celebrada por parte de comentaristas, “tuiteros” y “feisbuqueros” como un respiro esperanzador. Incluso, algunas voces dejaron entrever que este “periodo de paz” es un logro de la política anticrimen de la flamante administración.

Estas reacciones me trajeron a la mente las expresiones que hace unos 20 años hiciera en Ponce un viejo periodista a quien le tocó el mensaje principal de la Semana de la Prensa.

En aquella ocasión el amigo, a quien llamó colega, dejó claro que él no quería vivir en una sociedad donde la muerte violenta de un ciudadano o ciudadana no sea noticia de portada.

Las expresiones del veterano comunicador apuntaban a que una sociedad donde una muerte violenta no es noticia, es una tragedia de sociedad.

Poco sabía aquel colega idealista que a 20 años de su comentario, no solo los asesinatos del país no serían noticias de portada, sino que el hecho de que no haya una muerte violenta acamparía con júbilo la discusión pública.

Regresando al presente y estipulando la tragedia que constituye la violencia social en Puerto Rico, el hecho de que en la isla se reporten días sin muerte violenta tiene que ser motivo de alegría.  Sobre todo si se parte de la  estadística normal que apunta a que cada 24 horas sin una muerte violenta, significa que de tres a cuatro compatriotas no perdieron la vida en las calles.

Ahora, si este dato de cuatro días sin muertes violentas se une al hecho de que los números reflejan 25 asesinatos menos que los reportados a la misma fecha del pasado año, de primera intención se pudiera decir que en el País baja la criminalidad.

Pero bajo una mirada más crítica, esta tendencia se revela en términos históricos como parte de las fluctuaciones típicas de la violencia en la Isla.  A diferencia de otras sociedades en el Caribe donde la violencia lleva una tendencia constante de crecimiento durante el siglo XX y XXI, en Puerto Rico la violencia refleja una trayectoria de años picos seguidos por periodos de disminución.

Es desde esta perspectiva que se pudiera ver como “normal” que tras el pico en el número de asesinatos durante el año 2011, se experimente un descenso.

Sin embargo, el análisis anterior no necesariamente implica que la actual administración colonial en Puerto Rico no haya influenciado la tendencia y ayudado en su disminución.

De primera impresión, la llegada al poder político de Alejandro García Padilla no representó un cambio real en política pública para manejar la violencia en Puerto Rico. No se cambió el superintendente y a  la visión de mano dura y cero tolerancia que implantó la pasada administración, se le sumó la presencia de militares “velando” las costas.  En resumen, la nueva administración llegó al poder con los mismos planes derivados del Plan Giuliani que impuso el pasado administrador. Es decir, más presencia en los “sectores calientes”, más tecnología y equipos, así como un plan de supervisar basado en “productividad” medido por estadísticas diarias.

Sin embargo, durante los pasados tres meses, sí parece haber cambiado algo.

Primero, se nota un aparente cambio en el superintendente de la uniformada. Redujo su presencia mediática y atrás quedó aquél discurso de comisario del viejo oeste con pistola al cinto que invitaba a que todos compráramos armas para repeler a cualquiera que intentara entrar a nuestros hogares. Ahora parece enfocado en la defensa de sus agentes y la reorganización administrativa de su agencia

Segundo, el que García Padilla también cambiara el discurso belicista por uno igualmente conservador pero más compasivo que se aleja del neoliberalismo salvaje de Fortuño, puede tener algo que ver en la mencionada reducción de los números de violencia en el País. Si tomamos como ciertos los análisis que apuntan a que la violencia sistémica y económica de la administración Fortuño fueron claves en el aumento de la violencia social en la Isla, entonces debiéramos entender que la sustitución de ese discurso beligerante por uno que proyecte más inclusión, debe tener un efecto reductor en esa  misma violencia contestaria, política o criminal, que experimenta Puerto Rico.

Por último no se puede descartar tampoco que el malestar con la actual administración, que públicamente expresan los efectivos de la Policía de Puerto Rico y que supuestamente les tiene en una huelga de brazos caídos, no tenga un efecto en los niveles de violencia. Nuevamente, si  se ve la violencia social como una respuesta consciente o inconsciente a la agresividad sistémica, se debiera entonces considerar que la reducción de esa presencia policíaca, que en muchas comunidades es vista como agresión, tiene que tener un efecto en los niveles de violencia en esos sectores.

En fin, siendo la criminalidad un fenómeno multifactorial y complejo, es difícil decir con exactitud qué la promueve o la reduce. Probablemente, todas las alternativas señaladas anteriormente tenga algo que ver con el hecho de que por cuatro días, 96 horas, ninguna madre tuvo que llorar la muerte de uno de sus hijos, delincuente o inocente. Ciertamente, eso es materia de alegría.

Lamentablemente, mientras termino de redactar estas líneas, por Twitter reportan que un joven yace en el suelo de un callejón en Guaynabo.

“En casa del pobre: la alegría dura poco”.