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La mujer olmo

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Ya no le pueden robar más

Llega un momento en que una mujer piensa que ya no le pueden robar nada. Y eso la distancia un poco de las expectativas. Lo cual está muy bien porque ha sido educada para navegar en las inciertas aguas de satisfacer al otro, antes que a sí misma.

Cuando ronda los cuarenta y tantos, a una mujer profesional ya no se le puede robar demasiado. Probablemente, haya experimentado que ser madre y profesional es un continuo ejercitar de paciencia, organización y renuncia y, si tiene suerte de seguir trabajando, lo que más le interesa es llegar a fin de mes sin demasiados quebraderos de cabeza. Si ha sido mujer centrada en su carrera, acepta con gusto un segundo puesto o un buen horario que le permita seguir con su vida.

A una mujer profesional y ciudadana de clase media, tampoco el gobierno le puede robar más de lo que ella está acostumbrada. Sabe que no es dueña de lo que gana. Que las compañías telefónicas son unas estafadoras, que su vivienda, único bastión contra la inclemencia, pertenece a un banco que quebrará, que su dinero lo gastan en guerras digitales o estratégicas.

Tampoco le roba la Iglesia, intuye que en muchos momentos de su vida la posibilidad de un Dios resulta mucho más terrible que su ausencia.

A una mujer de mi edad ya no le pueden robar más. Sabe que su marido, si continúa con ella, seguirá siendo el dueño del mando a distancia, que la mirada que desea no se puede pagar con cirugía estética, que los orgasmos múltiples son una quimera, que sus hijos serán más pobres que ella, que cuidará de sus padres y que, probablemente, no pueda pagarse en la vejez una buena residencia. Ella sigue, contra todo pronóstico, frente a cualquier contrariedad, levantándose cada mañana sabiendo que en el juego de la vida, lo que menos le importó fue que le robaran la virginidad.