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La mujer olmo: De princesas y otras místicas.

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“El amor se dirige a aquel que, pensamos, conoce nuestra verdad y nos ayuda a encontrarla soportable” (Jacques- Alain Millar).

Procede preguntarse ante la afirmación de este hijo espiritual de Jacques Lacan: ¿Ser amados nos hace bellos?

El poeta Keats equiparó la belleza y la verdad en su poema “Oda a una urna griega”: La belleza es verdad y la verdad, belleza…nada más se sabe en esta tierra y no más hace falta.” (Versión de Julio Cortázar). Y los tiempos neoclásicos de Keats, aún bajo un código estético estrictamente helénico, ya nos recordaban que en la búsqueda del otro, estamos en realidad buscándonos a nosotros mismos. ¿Es la verdad bella? Nuestra verdad, reflejada en los ojos del ser amado resulta una aventura peligrosa. Queremos que nos amen como somos pero nuestra verdad nos resulta, a veces, tenebrosa a nuestros propios ojos. Cabe entonces la redención de la mirada del otro. Si tú me amas, aún con todo, tu amor me hace bello, y en la ambivalencia de mi belleza, se encuentra mi verdad. A las mujeres nos recuerdan que para ser bellas y amadas princesas, el caballero habrá de superar las pruebas que encierran la conquista de su amor. Por eso las princesas de todos los cuentos, fueron ante todo, bellas. Y dejaron a su caballero el papelón de matar al Dragón. Lo feo, lo horrendo, el miedo, el vértigo.

Y el Dragón tiene un precio aunque no debería ser quizá tan alto como el de un kilo de corazón.

Y princesas, todas bellas, hay de muchos tipos. Las princesas que esperan y confían en que el caballero haga todo el trabajo. Que las libere de la prisión, el vacío, el hambre o la esterilidad. Las princesas pacientes y expectantes ante el caballero que llegará, aunque sea con cuarto y mitad  de Dragón. Hay que ser valiente para depender de un caballero. Algunas triunfan; reinan amablemente durante muchos años y se convierten en dulces abuelas que cuentan las mismas historias a sus nietas.

También hay princesas muy bellas que quieren ser caballeros y conquistar sus propias princesas. Muchas terminan reproduciendo el mismo rol imposible: pensar que con la espada se puede conquistar la verdad para el otro. Y arrojarla a sus pies como gesto definitivo del poder del amor.  Pero hay otras muchas que envejecen felices en su reino de feminidad replicada.

Y luego están, también bellísimas, las princesas impacientes, incapaces de resistirse a enviar cientos de whatsapp a sus caballeros andantes. Aman, pero no las tienen todas consigo. Tienen miedo de que los hombres se extravíen en el cruce de caminos rumbo a Dragonland, o que al caballerete se le baje la tensión sentimental e inicie una batalla diferente: que si necesita un tiempo, que si tampoco es tan fácil matar a un dragón, que si yo te quiero pero ahora no puede ser….

Sirenas hay muchas, eso lo sabemos todas las mujeres que alguna vez soñamos ser princesas.

Ariadna fue probablemente una de las primeras princesas whatsapp. El ovillo que ayudó a Teseo a salir del laberinto fue crucial para la gesta del héroe. Pero éste la dejó colgada en una isla y la olvidó. Quizá Ariadna no era lo que Teseo imaginó para sí.  Cuentan las historiadoras feministas que finalmente Ariadna se consoló con Dionisio, Dios del vino y los excesos. ¿Justicia poética?

Las princesas impacientes, las princesas whatsapp, si son tan hábiles como parece, descubrirán que nadie tiene toda su verdad. Y que hoy también tendrán que matar al Dragón. Al vacío que Richardson Davies definió como un hacha moviéndose a toda velocidad en el estómago. Conciliarán belleza, fealdad, mentira y verdad. Aprenderán a vivir acompañadas de todos aquellos que les ayudan a encontrar su verdad. Acompañadas, no dependientes, ni expectantes ni manipuladas, ni negociando a cuánto está el kilo de Dragón.