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Camino a Cuba 16

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altUn día del año 2014, Guayaquil, Ecuador. Un encuentro para encontrarse con la vida, transitar la senda que un poeta dejó para sus amigos y para ser descubierto por la inocencia.

Despertaba en un cuarto de hotel, dos camas, una para mí, la otra para mi maleta. Eran cerca de las 6am, tenía tiempo de bajar a desayunar y transitar aquellas calles queriendo confundirme como un ciudadano más. Bajo del quinto piso al segundo. Pido el desayuno que venía gratis con la estadía, antes de que se fuera la mesera le pido café negro porque sin el no funciono. Luego del desayuno salgo a las afueras del hotel, un poco nervioso, tanteo mis primeros pasos, miro las personas pero ellas no parecían entender que allí, ante ellos había un poeta y como dijo Sabines: “¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón”, levanté la cabeza y adelanté mis pasos.

A pocas cuadras se encontraba el malecón Simón Bolívar según el taxista que me condujo al hotel, así que enfilé, sin mapa alguno, mi camino hacia allá. Era un malecón hermosísimo con sus torres de vigía al cual se podía subir y ver todo el ancho del río, ver las parejas de jóvenes jurándose en un beso amor eterno, las monjitas en su paseo matutino y los perros añorando un zafacón lleno de comida. Después de caminar todo aquel paseo de madera y cemento me dirigí hacia una iglesia de aspecto gótico que puede ver desde una de las torres. De camino pasé por el parque de las iguanas, el museo de arte contemporáneo y la Universidad de las Artes hasta llegar a la Catedral Metropolitana, aunque soy ateo me detuve frente a ella para admirar su inmensidad. El tiempo apuraba, debía estar de vuelta en el aeropuerto a las 2 de la tarde pues se iban a encontrar todos los poetas para ser trasladados hacia Manabí.

Fueron 5 horas de camino en una buseta por avenidas concurridas y carreteras rurales. Al fin llegamos a El Carmen, Manabí con la espalda rota en cuatro cantos como decía Lula. Allí nos recibió la poeta Belén Muñoz con un cariño que parecía llegar de una vida pasada donde fuimos hermanos. Al otro día comenzaba el encuentro de poetas En la senda de Hidrovo. Hidrovo, un poeta al que no tuve la fortuna de conocer en vida se me presentaba en versos, en las caras de la gente montubia, en la risa de los niños, en los altos ceibos y en la voz de la “ñañita” Belén.

Siempre puntual yo era el primero en estar fuera del hotel esperando la buseta, no quería perderme nada de lo que allí ocurría, los comerciantes montando sus negocios a la orilla de las calles, los padres llevando a los niños a las escuelas montados en motoras, los taxistas haciendo gritar sus carros con las bocinas, el frío de la mañana, el olor a pan horneado, a calle húmeda y aquel acento tan amigo que se escuchaba en cada esquina. Todas las mañanas fueron así. En Manabí aprendí que decir “ser pobre” era relativo y que la felicidad no llegaba de la mano con las posesiones, era una cuestión de actitud y optimismo.

Por primera vez tuve un comité de bienvenida en una escuela, era un grupo de niños y niñas que estaban radiantemente felices de que los poetas estuvieran en su escuela. Aquella felicidad inocente me apretó tan fuerte, hasta las lágrimas. Les leí un poema dedicado a Adri pues no tenía nada infantil, pero igual el aplauso y los gritos de alegría de esos chiquitos retumbó hasta mi pecho. Jamás sentí tal sensación al leer un poema y así continuaron los días por diferentes cantones de Manabí, Montecristi, Santa Ana, Porto Viejo y Manta. Manta… una ciudad costera con sus astilleros dando la bienvenida, con su playa murciélago de arenas dulcemente pulidas y donde pude acariciar la valentía que puede ser capaz un niño.

Manta era una de las últimas paradas en el encuentro y en medio de un barullo de niños que gritaban por un abrazo, un selfie, un autógrafo, un niño pudo abrirse paso para extenderme la mano. Su pequeña carita me golpeó, su mano cuarteada que mi mano pudo sostener apretó duro mi corazón. Cristopher, así se llama, un niño delgado, de piel tostada, repleto de heridas por la Ictiosis mejor conocida como “niño pez” fue capaz de desarmar todas mis armaduras. Ya pasada la lectura y los niños fueron a sus respectivas clases, los poetas fuimos a un almuerzo.

Estaba intranquilo, Cristopher se me presentaba en la cabeza una y otra vez, así que me acerqué a una maestra y le pregunté por él. Ella me llevó a su salón donde pude conversar brevemente, le di un abrazo temiendo lastimarlo, le agradecí por dejarme ser humano, lo apreté con los ojos y me despedí. Esa fue la parte emocionante del encuentro.

Les confieso que lloré esa noche en el cuarto del hostal y me cuestioné la razón de que un niño de apenas siete años tuviera que sufrir temprano en la vida. Luego volví a recordar su cara y noté que no había dolor en ella, busqué la foto que nos tomamos en mi celular y pude darme cuenta mejor de que él era feliz. Estuve tranquilo esa noche y listo para la clausura del evento. Al otro año fui nuevamente invitado a La senda de Hidrovo, solo puse una condición, que me tenían que llevar con Cristopher, y en agosto del 2015 junto a William Pérez Vega regresé a Manabí y abrazar aquel niño capaz de derrumbar muros con la mirada tierna.

Cuba me espera en una semana, espera mi poesía. La Feria Internacional del Libro conocerá La Brújula de los pájaros y yo volveré a levantarme muy temprano e intentar ser un ciudadano más. Camino a Cuba.