Camino a Cuba 17

altHoy no llegué solo a Santurce, tuve que desviarme en el camino, esperar varios minutos bajo una amenaza de aguacero hasta que ella apareció toda llena de sonrisas a través del portón de la escuela. Adri está conmigo hoy, no ha parado de hablar desde que entramos a la oficina. Ha estado preguntando todo, “¿Qué de quién es esta casa? ¿Dónde estamos? En fin un sin número de preguntas. Y es que a sus siete años la vida es una interrogante.

Adri nació una mañana de junio como les comenté en un capítulo anterior. Antes de ella Victoria y Amanda iban a ser mis hijas pero decidieron regresar a su mundo de conejos azules, miel y leche cuando apenas cruzaban veinte semanas. Perder la ilusión es triste, eso todos lo sabemos, hay un vacío breve, algo como un acantilado, con Victoria y Amanda estuve en ese precipicio. Amanda se despidió en el Hospital Hima de Caguas, a la mamá se le había complicado la presión arterial, tuvo un sangrado y después de varias horas hospitalizada la niña dijo adiós cuando todavía no abría los ojos. Al entrar al cuarto para ver cómo estaba mi compañera de entonces, la vi, la vi en un envase de metal frio y sobrio. Tenía la piel morada, mucho pelito negro adornaba su cabecita que reposaba sobre el metal, las manitas eran tan pequeñas como un suspiro de hormiga y sus pies incapaces de dejar huellas miraban hacia fuera. La ilusión se nos quedó sin alas en aquel cuarto.

Unos años después la noticia, otro duende crecía desde adentro de su madre. Esta vez el nuevo médico auguraba buen tiempo y una gran posibilidad. La ilusión volvía a levantar sus alas. Se tomaron medidas con antelación, un cerclaje temprano para que el útero no aflojara, medicamentos preventivos y reposo. Todo marchaba fantástico, estábamos felices, el vientre seguía creciendo lleno de mariposas. Una tarde el espanto. Un fuerte dolor seguido de un sangrado. El médico nos envió a Centro Médico, allí estuvieron unos días, la mamá y aquel intento de hija que otra vez nos dejaba. Ya no recuerdo que día fue pero ya estaba consciente de lo que estaba por suceder. Llegué al hospital, ella estaba en una camilla en un pasillo de aquel atestado edificio. Nosotros callados, la gente alrededor se quejaba, reían, hablaban todo esto sin percatarse de nuestro dolor. La hora llegó y una vez más desapareció el ruido de las alas. Silenciosamente me despedí con un beso que Victoria nunca supo que existió. Y así desistí.

Una tarde del 2009 al llegar del trabajo encontré una ropa de bebé en el lado de mi cama, ingenuo pregunté si era para un regalo, y si lo era, pero para mí. Por tercera vez la ilusión regresaba. Pero en esa ocasión yo estaba resignado, la felicidad tocaba y yo la ignoraba. Fueron meses difíciles, nuevamente un cerclaje temprano, más medicamentos y otros nuevos, una dieta y total reposo. A total reposo me refiero a permanecer en cama el tiempo completo del embarazo. Yo me convertí en cocinero, empleado doméstico, chofer, escolta y enfermero. Económicamente se nos laceró el bolsillo pues uno de los médicos que atendía aquella barriga no aceptaba ningún plan médico y en cada cita había que pagarle cerca de $150.00 cada dos semanas, cosa que no teníamos. Así que recurrimos a ventas de bizcochos, donativos y todo tipo de ayudas económicas. Estuvimos cerca de que el banco se llevara el carro, nos atrasamos en la renta varios meses y la nevera era un panteón, pero se le pudo pagar aquel médico autor de un parto de trillizos que recorrió toda la isla. Fue así que en una mañana de junio Adriana llegó, llegó junta a sus hermanas Amanda y Victoria por adri es muchas niñas que amo, es todo lo que nunca en la vida pude llegar a querer y cuidar. Confieso que al nacer ella estuve mucho tiempo irreconocible, no creía que era papá, se me hacía muy difícil asimilar aquella nueva vida.

Adriana en los últimos años ha pasado a ser el personaje principal de mis poemas, de mis pasos, de mis fuerzas y de mis empeños. Cada hora que pienso me pregunto si soy el papá que ella necesita, si soy lo suficientemente buen padre, yo que no tuve uno he tenido que improvisar muchas veces y otras adoptar aquello que a mi madre le funcionó conmigo.

Al terminar esta historia pienso en lo mucho que la extrañaré al estar en Cuba, pero también pienso en la felicidad enorme que tendré al nombrarla en cada poema que lea en La Habana, que muchos otros sabrán que ella es mi Camino y que junto con su hermana próxima a mis brazos han de ser todos los viajes al amor y la vida que pueda tener. Camino a Cuba, por ellas.