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Raymond Dalmau: from Harlem a Puerto Rico, lectura obligada sobre el baloncesto boricua

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alt(San Juan, 11:00 a.m.) Escucho al narrador Manuel Rivera Morales como si estuviera en este mismo momento mirando la pantalla de un televisor blanco y negro: “la tiene Raymond. Va a tirar, yo lo conozco!!!”.

En realidad, Raymond Dalmau, una de las primerísimas estrellas del Baloncesto Superior Nacional, jugaba para el equipo, fuese con los Piratas de Quebradillas o con los 12 magníficos que pusieron el nombre de Puerto Rico en alto en las canchas internacionales. Esto no elimina que era un jugador con una aro privilegiado que lo llevó en el 1986, el año de su retiro como jugador, a convertirse en el mejor anotador hasta ese entonces de la historia del baloncesto boricua, y no quita que fue clave en institucionar en Puerto Rico la técnica más depurada de las ligas deportivas de los Estados Unidos y a misma vez de más maña del baloncesto callejero de las canchas públicas de Harlem.

Raymond-a nadie se le ocurre referirse a él como Dalmau; con el desarrollo y popularidad del baloncesto en la Isla se convirtió en uno de los atletas más conocidos de Puerto Rico. Llegó a la Isla desde la ciudad de Nueva York en1966 para unirse como jugador a las filas de los Piratas de Quebradillas, en aquel entonces el equipo sotanero por excelencia en la Liga de Baloncesto Superior de Puerto Rico, como se le conocía entonces. Su trayectoria como dirigente llega hasta principios de la década en que vivimos. Este delantero, aunque a veces en la década de los sesenta fungía como centro, fue el jugador-franquicia de los Piratas, junto con su amigo y espectacular shooting guard Neftalí Rivera. Esto no es poco decir, ya que en la época de los setenta este equipo ganó tres campeonatos corridos. Sobre todo, Raymond es un inmortal por su larga y destacada participación en los equipos nacionales de Puerto Rico en el foro internacional. En los sesenta y setenta todavía no se le hacía el honor de llamarles “nacionales” a los equipos que representaban a Puerto Rico. Ese “atrevimiento” vino después--,miedos que aun en esta colonia se disiparon.

Podría entrar en la letanía de títulos y logros que tuvo Raymond como jugador (tres veces Jugador Más Valioso de la liga y cuatro veces líder en anotaciones). También podría agobiarlos con las principales estadísticas de este canastero, nacido en Villa Palmeras y criado en Harlem, pero lo importante de este libro, plasmado por Raymond con la ayuda del jurista y escritor Hiram Sánchez Martínez, no son las estadísticas sino los momentos históricos en que se desenvuelve esta narrativa. Encontramos en este relato una historia del Puerto Rico moderno y de la transformación del deporte en la Isla. Es en parte una historia de lo que ahora conocemos como la diáspora puertorriqueña, que se formó con mayor fuerza en la costa este de los Estados Unidos, especialmente en la Gran Manzana que es la ciudad de Nueva York. Hoy día ahora que ya no necesariamente se identifica al emigrante puertorriqueño con el gueto y la pobreza o con el vicio y el crimen, hablamos con suavidad de la diáspora, palabra que antes no se nos ocurría usar. Ya no necesariamente el emigrante puertorriqueño es de bajos recursos y de escasa educación y no necesariamente se concentra en la costa noreste de los Estados Unidos continentales. Raymond no fue el primer baloncelista destacado de la liga que llegó de Nueva York (cosa que él establece y enfatiza en este libro), pero su llegada marcó el principio de la avalancha de los llamados jugadores “nuyoricans”, quienes transformaron la manera en que se juega el baloncesto en Puerto Rico y añadieron a aplacar el prejuicio de los residentes de la Isla hacia los puertorriqueños nacidos o criados en el Norte. (la realidad, es que añadieron de una manera magnífica a la cultura en nuestra Isla).

En la época en que llegó a Puerto Rico este jugador estrella--y lo fue desde su primera temporada cuando tenía apenas 17 años—para los nacidos y criados residentes de la Isla, el boricua del Norte era responsable de darle mala fama al gentilicio “puertorriqueño”. En la Isla vimos West Side Story, y entendimos desafortunadamente que esa película validaba todo lo que pensábamos sobre esa comunidad conocida, casi despectivamente, como “Nuyorican”. Entre otras cosas, los ligábamos al incremento de uso de narcóticos en Puerto Rico, cuando verdaderamente lo de la droga era un fenómeno mundial. También había un prejuicio racial instituido en la Isla, junto con una general incapacidad de entender que somos un Pueblo mixto racialmente, un país pobre en el Caribe.

Lo cierto es que el grupo de jugadores boricuas que llegó del Norte trajo gloria a esta isla, constituyendo, comenzando en los setenta, la mayor parte de los equipos nacionales de Puerto Rico en que jugó Raymond. Jugadores como Tito Ortiz, Rubén Rodríguez, Ruben Montañez, Neftalí Rivera, Héctor “el Mago” Blondet, Chiqui Burgos (imposible nombrarlos a todos; la lista es interminable) dominaron el baloncesto y lo cambiaron de un juego casi mecánico a uno más ágil y atlético. En eso, el baloncesto que se jugaba en Puerto Rico llegó a ser de los mejores del Mundo. Me recuerdo de los Juegos Panamericanos de 1979, celebrados en Puerto Rico, cuando el equipo nacional, que perdió solo con los Estados Unidos, fue completamente compuesto de jugadores nuyoricans.

Como dirigente del equipo nacional, Raymond tuvo unos logros asombrosos. Timoneó a las representaciones puertorriqueñas a un cuarto lugar en un torneo mundial en 1989 y una presea de oro en los Panamericanos de la Habana en 1991. En ambos torneos Puerto Rico tuvo triunfos sobre los Estados Unidos. Poco después, los federativos olímpicos estadounidenses decidieron lo que llevaban años ponderando, el utilizar jugadores de la NBA para detener al resto del Mundo, que estaba alcanzando tanto en popularidad y en técnica a los Estados Unidos. Claro, esto se hizo con un cambio de reglas en el Comité Olímpico Internacional, donde Estados Unidos tiene primordial influencia.

Eran los tiempos en que tanto en Puerto Rico como en el continente, el deporte de bola y aro desplazó al beisbol como deporte popular (por si acaso, conozco que el futbol NFL es el que más espectadores tiene en los Estados Unidos, pero eso ya es otra discusión). Ya en los ochenta y noventa Raymond dirigió a un unas escuadras que contenían a muchos boricuas que se habían criado viendo y jugando el tipo de baloncesto que trajeron los nuyoricans.

El libro expone con sobriedad y respeto críticas a la liga los equipos, los jugadores, dirigentes y apoderados con el que tuvo contacto en su gran carrera tanto como jugador como dirigente. Si bien es generoso en el trato de las personas que consideraba sobresalientes, es directo en su trato de aquellos que considera merecedores de crítica. Entra el relato en su vida familiar, incluyendo los conflictos en su núcleo familiar cuando estaba creciendo. Hasta comenta, aunque sea solo un poco, sobre la fricción entre el Comité Olímpico de Puerto Rico y el Gobierno de la Isla, sobre todo al cabo de los setenta. Es un relato muy sincero escrito por un gran puertorriqueño. Si quieren conocer un poco sobre el desarrollo del baloncesto en Puerto Rico al igual como la historia de la Isla, corran a comprar este libro.