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Abelardo Díaz Alfaro en nuestro pasado: ¿y en nuestro presente?

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“Hay un Puerto Rico que tal vez tú no conoces

No es el Puerto Rico de la menguada geografía

Leve asomo de tierra, “apenas posadura sobre la aguas”

Tal lo describiera Gabriela Mistral. No es el Puerto Rico

Del ondular suave y grácil de las colinas, del serpear

Brioso de las veredas, ni el mar incendiado de azules…”

Abelardo Díaz Alfaro

Mi Isla Soñada

Para mirar a Puerto Rico como nación comprendida es preciso ver las páginas anteriores donde se imanta el sendero que de pronto, hemos olvidado. Puede ser dentro de ese ejercicio cómodo a la memoria, esas fotos fuera del tiempo que Jack Delano ofreció al mundo. Estampas en esencia tosca y a la vez inmensamente viva. Puede ser ya en esa misma fotografía donde todo se ha detenido; la casucha levantada en madera rugosa y zinc, bordeada de tierra fértil, a veces seca y a veces divina y turbia por los últimos aguaceros. El compás del fogón, y en plano céntrico, la familia bajo la rúbrica del marido, cortador de caña, campesino, montuno, recio, que los domingos se hace notar en sus pasos campechanos, rumbo al pueblo, a escuchar la misa, visitar altares, o echarse al paladar un buen trago de ron, en cono de papel, baratísimo y elegido a la expansión.

En esa misma composición, su mujer, hacendosa, con su traje ya víctima del almidón y rasgado de cansancio, hollín, horarios truncados por el ejercicio de una maternidad múltiple, el trabajo duro y el olor vulnerable de los adobos, los guisos, la fiambrera desgastada con la menuda mixtura hecha a mano de pobreza, hecha a sombra del hambre porque el hambre era una sombra, un huésped que poseso en la casa, nunca se marchaba. En el entorno de esa composición, los hijos, ajenos a la cámara de Jack, prendidos en esa inconsciencia natural que nos brinda la infancia, vivarachos en las puntadas del trompo, las canicas, el camión tallado a leños todavía olorosos a escombro de fuego, sobreviviente de la última comida que llegó a casa. En ese camión, unos terminales de lata vieja, corroída, pero usable a la imaginación que todo lo hace perfecto.

Y allí, el Puerto Rico 1940, 1950, o mucho después, sin más allá. Abelardo Díaz Alfaro, escritor excepcional injustamente olvidado, brindaba la estampa de un Puerto Rico bueno, noble, chispeante, “posadura sobre las aguas” en el lenguaje de Gabriela Mistral, la inolvidable maestra rural del Valle de Elqui, Chile, convertida en voz y norma de la Literatura Hispanoamericana. Abelardo, conjurado por ese paisaje, hizo un Puerto Rico intocable a las sombras, pero no a los hombres. Esa feroz modernización, -otro huésped poseso que nos ha sepultado en la inercia-, nos llega al amparo del programa industrial conocido como “Manos a la Obra” que en 1947 desató el comienzo de una nueva etapa de planificación industrial basada en el capital externo y en las exenciones contributivas.

El origen del programa fue la Ley de Incentivos Industriales que se aprobó ese mismo año y que se apoyaba en la exención de impuestos federales que ya existía en la Isla bajo el Artículo 9 de la Ley Jones. Ya el criollo era extraído del campo, desprendido de la mano agraria, y se arrimaba a los primeros residenciales, o con mejor augurio las urbanizaciones, el cemento, las pasarelas del automóvil. La tierra, queda olvidada, somos, el Puerto Rico de ensueño en un cuento de hadas criollo- redundancia obligada- del buen vivir, de las manos llenas y de la convivencia fácil. Y alguien se inventó las ayudas federales, alguien propuso acribillar el principio del trabajo, alguien sentado en una sala de hacer leyes junto a sus homónimos suscribe y canta la farsa del Estado Libre Asociado, para que el jibarito vaya alegre por el camino, sin carga alguna, y sin identidad.

Pude ver desde mi niñez esos últimos camiones de la zafra; zafra que me resultaba mágica por la madurez de la caña una vez atrapada en la máquina, espeso verde dulce, y el después de lo desolado en la hectárea, una explanada simple en lejanías, distante de todo y solamente cercana a la vista. Esos camiones orondos de caña cortada y de fuerte olor una vez quemada en la Central Victoria, era el cierre de la era azucarera. El peonaje entonces se disolvía en los muros del silencio. Lo moderno, daba la bienvenida a los excesos de la comodidad, y a esta actualidad de gobierno y de pueblo.

No se equivocó Luis Palés Matos al pedir piedad para su pobre pueblo. Que la piedad exista y tenga sus auroras lo contesto con un “tal vez”, pero esa isla se nos está perdiendo ya menos que una “posadura” sobre las aguas. Ayer, ese campesino dominguero en el ventorrillo aquel de mil recuerdos, despreocupado y vivaz, apuraba el cuatro, el tiple y la maraca, trepada en la mejor de sus décimas, y el pitorro balbuceaba el calor de sus musas. Hoy, no sabemos si la muerte nos hará una visita mientras compartimos una cerveza o echamos una mano de billar, gracias al relajo de los gatilleros y sus buenos oficios de asesinar, sin la menor duda posible y sobre todo horario o circunstancia.

El emporio de la droga como economía subterránea es bendecido, y hasta honorable porque los chicos tienen su código de integridad y fortaleza y en la tarjeta de tiro, todos caben sin importar edad o género. Puerto Rico es un país violento, diezmado por la tragedia diaria, el caos mental, y la desigualdad. Puerto Rico es un país sitiado por los políticos y la mala política, es un país perdido en su país donde las generaciones jóvenes en lo único que piensan es en irse a Estados Unidos -nación igualmente diezmada con sus propios problemas- donde con una varita mágica se resuelven todos los problemas económicos y se logra una “soberana” igualdad sobre todo lo vivido; esa pesadilla del empalamiento en mal suelo boricua queda difuminada en la zona cómoda de un Orlando, Texas, Nueva York -antes la ruta sagrada de la guagua aérea- o donde llegue el avión, no importa, EE. UU. es la salvación más tangible que se nos ofrece porque aquí no se dan respuestas.

Así, el país queda huérfano de talento, de recursos que pueden aportar al desarrollo de una nueva infraestructura, o que busquen desde sus disciplinas profesionales opciones que fortalezcan la economía, y que desde un gran mirador propulsen nuevas tendencias políticas que desarmen las establecidas llámense estadistas, nómbrese estadolisbristas -si es parte de la existencia- o las trasnochadas diatribas de los independentistas afiliados, donde no pasa nada, solo la voz sorda contra el imperio yanqui, y las visitas a la ONU con las mismas consignas y la redacción de la resolución que tantas veces hemos leído.

Somos un pueblo con derecho a la libre determinación, ¿algo más? Creo -y me parece que Abelardo también- que tenemos hambre de un nuevo discurso de identidad, patria y colaboración con y hacia el mundo. Lamento escribir esta línea: no tenemos a alguien políticamente estable y decidido a darnos ese discurso, esa posibilidad de revolución y causa. Sí, leyó bien, revolución y basta de pistolas o guerrillas, la revolución es despertar, renovar, hacerse a la voz múltiple, la unión -cosa donde carecemos de madurez como pueblo- y la firmeza de propósito; esa disciplina de luchar y soportar todo embate y como hiciese el Mahatma Ghandi en su discurso con el puñado de sal y sin cuchillos, llevar a una nación entera a su desenlace de futuro. Pero por Dios -o por lo que sea -no se arriesgue a pensar que los políticos de turno lo harán mientras usted ve televisión en casa, o se da la bebelata de la quincena con sus amigos en una barra de su localidad. Entonces esa bendita manera de protestar, protestar ante todo, en manadas correligionarias, con ese egoísmo colectivo de solo velar “mis intereses”.

Somos los frescos aparecidos de un ensayo de Max Stirner sobre el único y su propiedad: protestamos, no caminamos juntos, ahí está la diferencia. No tenemos gobierno; vivimos a merced de los nuevos maestros del suspenso, los analistas políticos, nuevos hierofantes que como en la corte del faraón vomitan episodios de zozobra, y sacan sus espejos mágicos desde luego orientados a sus deseos o intereses. Sería absurdo pensar que si los ves en televisión en su hechura de jactancia, sea como misión patriótica y humanitaria.

Mientras el país también vive a merced de los bonistas, esos invisibles ladrones que en su usura “prestan” y queman un país. Esos bonistas, recreados a perfección del capítulo de Don Quijote y los venteros, ardidos criminales de asalto; bonistas a los que los políticos han dado las escrituras de residencia de nuestra patria o una nueva modalidad de tener “facultades omnímodas” sobre cada puertorriqueño que, y otra vez, esa bendita manera de votar por lo mismo, elige a gobernantes que con el vicio del “fiao” nos han llevado a la ruina.

Somos una colonia, una de las últimas, sino la última. Vivimos a espalda de un nuevo postulado del pensamiento. Dormimos, y mucho. Yo diría que nos colmamos en una especie de fatalidad deliciosa a los ojos y a la capacidad analítica de tener ante sí, el razonar perfectamente, nuestro tiempo y estado. Nos educamos, y mucho. Tenemos una mediana aceptable de puertorriqueños con estudios graduados o en curso dentro de un programa graduado, sin embargo, el mito de no buscar la identidad, la resolución o el avance sigue dejando atrás el buen diploma colgado a la pared. ¿Qué nos pasa? Algunos apuestan que terminaremos como estado, porque no tenemos más que pensar. Que nos agringamos porque esa es la que hay, es la buena y la más fácil.

¿Y qué de nuestra cultura? ¿Solamente congregarnos en un concierto de cuando en vez y si la alcancía lo permite y gritar que “somos boricuas, pa que tú lo sepas”, y nada más? ¿Fuimos alguna vez puertorriqueños? ¿Luchamos por el país o por nosotros? En la cultura se hallan los preceptos de un comienzo y un camino, pero a la política en ejercicio no le conviene mucho hacer cultura: es derrocar el orden establecido por una nueva conciencia.

Vuelvo a una foto de Jack Delano: la del sepelio de Luis Muñoz Marín. Año 1980.

Cada imagen capturada es la de un pueblo. Un pueblo a pie, en auto, a caballo, en muchedumbre. Cada plaza, cada cafetín, cada calle, cada carretera, empalme o puente esperando al menos el celaje del cortejo fúnebre. Los rostros, los ojos, el mismo abecedario del vacío y la tristeza. Partía, en aquel entonces, el hombre que supuestamente arrancó a Puerto Rico de la necesidad y la pobreza y lo llevó al buen “seno de la prosperidad” -así decía abuela Juana mi inolvidable refranera- donde muchos aprendieron incluso a tener su primer calzado.

En el trayecto del gobernante más amado y admirado de la historia oficial de la política moderna puertorriqueña muchos llevan flores, margaritas, rosas, pompones, antulios, algo que ofrecer al político caminante hacia la eternidad. Y digo eternidad, porque solo esa palabra se escuchaba en los labios…eternidad.

Pero Jack, captó la médula del magno evento: todo un pueblo unido, sin una sola palabra separadora. Allí estaban hombres y mujeres, católicos y protestantes, beodos y abstemios, niños, ancianos, comerciantes, prostitutas, iletrados, cultos, en fin, era un solo cuerpo de pueblo. Y el día se hizo interminable por omisión, y todos hablaron, cabría decir, que fue la última vez que esa hoy rancia diversidad política hizo un nombre propio de propósito. Y en esas páginas de fotografías, un pueblo cerró las manos y caminó el sendero.

Solo me ha quedado pensar, bajo este Puerto Rico mucho después de Abelardo, qué pasaría si eso volviese a suceder en esa libertad que lleva a la unión. Si sucediera esa llegada de lucha innúmera contra todo vaticinio.

Sé que habría una respuesta, universal.

Crédito foto: Autor- Jack Delano, foto bajo dominio público, Wikimedia Commons