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Cristián Gómez Olivares: palabras a una poesía inevitable

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“Una pelea la oportunidad de ser un árbol.

Pero un árbol después del invierno.

Las ramas caídas y el tronco desnudo.

Pero en pie.”

Cristián Gómez Olivares

(San Juan, 1:00 p.m.) Lo inevitable siempre se tiene que decir; el poeta existe por esa libertad de hacerse inevitable, de conspirar órdenes nuevos, nuevos incendios que arrasen lo tercamente vivo y expuesto; ángulos que hieren para abrirse y cambiar la cábala del hombre y su breviario; supuesta voz sin herida, discurso contra discursos, orden de sobrevivencia. Punto, y es poesía. Víctor Jara desapareció en el mismo cielo donde era de suponerse fuera invicto; el estadio derrotado por la asfixia, la muerte tan común en la sopa de los dictadores. Chile que le dolió tanto a Neruda, allá en su Isla Negra, volcado, buscando el último lagar para su corazón. Nombre sobre nombres, cientos; nombres de pensadores, artistas, obreros, pintores, militantes o anónimos; Chile fue un continente extendido donde todos miramos solo pensando en América y en la liberación.

Pero han sido otros tiempos y la tabla de movimiento es otro tiempo; lo inevitable es más brillante y voraz, como siempre. Cristián Gómez Olivares a los quince años por provocación de un amigo al que escuchó leer uno de sus poemas les empujó a torrentes a lo que Raúl Zurita llamaría en esa entrevista con Benoit Santini “pequeñas islas en el océano infinito del silencio…” ese desprendido hábito de habitarse a la poesía, de buscarla, de empezar una conversación; “Después este mismo amigo me recomendaría distintas lecturas que empezarían a definir mi acervo. Tuve la suerte también de tener buenos profesores de castellano, los cuales me abrieron la puerta a lecturas que de otro modo no hubiera conocido nunca. Empecé a leer los clásicos griegos en la secundaria, el boom latinoamericano fue también un descubrimiento de esa época. Recuerdo haber leído el Cid con dedicación y curiosidad en aquellos años” nos dice, en el árbol de pie de su memorial. Ernesto Cardenal fue el detonante, fue un compañero de búsqueda y definición en lo que fue y es, la fórmula inevitable del poeta: “Ya se dibujaba la ansiedad insaciable por conocer qué era todo aquello. Los primeros escarceos poéticos son de aquella época. Pero también es la inseguridad, el saber que andaba dando tumbos, sensación no muy distinta a la que me acompaña hoy en día. Satisfacción es un verbo que lamentablemente nunca he sabido conjugar. Pero un primer autor que desde temprano sería definitivo para mí fue Ernesto Cardenal. En esos años era el poeta de Epigramas, pero muy pronto lo fue también de Hora Cero y Vuelos de victoria. Homenaje a los indios americanos para mí constituye un antes y un después, en la medida en que la poesía se hacía cada vez menos intimista y más pública, más política sin perder una gota de tensión en la palabra’’.

Habla con destello de dos poetas chilenos que ya hacen convivencia definitiva en su pensamiento; es una gran sala luminosa donde estar; está la palabra y cabe la nostalgia, la bujía del tiempo detenido; “Al mismo tiempo descubría a dos poetas chilenos del ’50 que para mí son queridísimos: Enrique Lihn y Jorge Teillier. Se supone comúnmente que ambos encarnan proyectos opuestos en torno a la poesía. Tal vez sea cierto, pero el caso es que yo lo veo más cercanos que otra cosa. Si Lihn es el escepticismo y la actitud crítica ante todo, lo cual es un distanciamiento muy saludable ante el embate de los poetas sacerdotales que cada cierto tiempo se dejan caer sobre nosotros, Teillier representa una nostalgia por una edad perdida que en su esencia es una amarga crítica de la modernización de nuestras sociedades. Tal vez si dejáramos de lado el anecdotario, los duelos con revólver y todo lo demás, podríamos ver que la dictadura chilena les costó a ambos el intraexilio que marcaría la etapa final de sus obras y de otros miembros de la misma generación”.

Poeta invitado en el IX Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico, Gómez Olivares da un repaso a su visita al parnaso puertorriqueño; “no he leído todo lo que quisiera de la literatura portorriqueña. Pero sí puedo hablar de los poetas del país, poetas que me impresionan y con los que trato, al menos, de mantenerme al día. Aparte de nombres pertenecientes al canon, como Luis Palés Matos y Francisco Matos Paoli, ahora en el festival me tocó conocer la obra de Clemente Soto Vélez, a quien empiezo a leer pronto. Pero Puerto Rico para mí es Aurea María Sotomayor, Néstor Barreto, Ché Meléndes, Cindy Jiménez Vera, Mara Pastor, todos poetas que me interesan muchísimo y que son conocidos a nivel latinoamericano. Y estoy leyendo a Noel Luna y Vanessa Droz con suma atención, con sumo interés”. Ya con estos nombres comienza el fundido de una topografía visionaria y familiar que le va descubriendo.

Hablamos de la tecnología como aliado indiscutible-y otra vez inevitable-de la poesía y me detuve sin quererlo en Dámaso Alonso, sublime poeta de la generación del 27 en España, interpretado por mí, en descarada modernidad, por aquél poema “Cómo Era’’ en diálogo con el poema del mismo nombre de Juan Ramón Jiménez. Alonso hablaba de la “Puerta Franca” o en estos versos, “Lengua, barro mortal, cincel inepto, deja la flor intacta del concepto…” en referencia al viaje de la palabra una y otra vez por sus plazas interminables. Cristián exquisito poeta chileno con sagacidad nos reafirma; “Por supuesto. Ni siquiera creo que valga la pena hacerse la pregunta en términos de oposición entre tecnología y poesía. ¿Alguien se imagina el Renacimiento sin la imprenta? Yo no me imagino a la poesía contemporánea sin internet. Inmediatamente después de volver de Puerto Rico, tuvimos de invitada en nuestra universidad a Rocío Cerón, poeta multi-medial que le gusta empujar los límites de lo decible a través de una combinación de sonido, imagen y texto: mis alumnos no podían estar más fascinados. Pero hay muchas otras maneras de ampliar esos límites. Pienso, por ejemplo, en César Cabello Salazar, poeta filiado con los mapuches, pero que asume esa habla desde un registro absolutamente suyo, lumpen y lírico al mismo tiempo, con una mirada antropológica que sin embargo siempre está supeditada a la poesía. Y no al revés”.

Cristián Gómez Olivares (Santiago, 1971). es poeta y traductor, entre sus libros publicados se cuentan: “Inessa Armand” (2003), “Pie quebrado” (2004), “Como un ciego en una habitación a oscuras” (2005) “Alfabeto para nadie” (2008), “Homenaje a Chester Kallman” (2010), “La casa de Trotsky” (2011) y “La nieve es nuestra” (2012). También la traducción de Cosmopolita (2014), de Donna Stonecipher. Recientemente fue escritor en residencia en The Banff Center, en Alberta, Canadá. Co-editó junto a Germán Carrasco la antología “Al Tiro. Panorama de la nueva poesía chilena” (2001) y con Mónica de la Torre la antología “Malditos latinos, malditos sudacas: Poesía Hispanoamericana made in USA” (2009).

La pregunta de entronque: ¿Qué define a un poeta? la respuesta nos dice con estelaridad la entrega del oficio; “Me parece un ejercicio ocioso (esto dicho con toda mi cariño, mi respeto y la sinceridad que puedo reunir) el intentar semejante definición. Tal vez mi renuencia esconde mi incapacidad para responder. Pero si soy incapaz de la arrogancia que supone sentar las bases de lo que es un poeta, tal vez sí pueda comentar sobre lo que he visto y leído. Muchos amigos y amigas asumen este oficio desde una práctica cotidiana, sin esperar del mismo una revelación de una verdad oculta, cualquiera que sea el origen de tal supuesta verdad. Quiero decir, no se acercan a la escritura a la espera de encontrar, después de mucho esfuerzo, un saber. En suma, se trata de una práctica endogámica, cuyo fin está en sí misma. No le atribuyen al poema, a la escritura, otra responsabilidad que ser un objeto estéticamente productivo, una palabra que ha logrado dar con lo mejor de sí misma, con lo más genuino que ese arte puede entregar. Muchos de estos amigos son profesores. Otros se dedican a la edición de libros. El freelance editorial en estos casos es un punto intermedio. Pololitos, se les llamaría en Chile, a esos trabajos ocasionales que ayudan a llegar a fin de mes. En EE.UU., moonlighting. Pero disto de responder tu pregunta con todo esto.

Jorge Teillier decía que hay que distinguir entre aquellos que escriben porque son poetas, de los que son poetas porque escriben. Allí radica una diferencia de fondo con quien es su, digamos, archirrival, Enrique Lihn. Aunque esto pueda sonar a una exageración, y lo es, también es cierto que los separa una comprensión del lenguaje, pero también del lenguaje poético, quiero decir: del rol que cumple la poesía como expresión última de ese lenguaje poético y su relación con lo que llamamos realidad.

Para Teillier la poesía es anterior a su escritura. Para Lihn, en cambio, la poesía es un fenómeno de lenguaje (aunque no sólo ni exclusivamente esté hecha de lenguaje). Para un poeta como el autor de Crónica del forastero, la poesía está en la realidad que nos rodea, en la posibilidad de encontrar en ella un lugar, un espacio, donde los conflictos históricos se encuentren ausentes, un lugar por lo común natal donde se puede evocar, si es que no revivir, una edad perdida, esa edad de oro que se suele asociar con la infancia y la restauración/recuperación de las tradiciones que posibilitaban una vida armónica. En la perspectiva de Lihn, en cambio, el poeta no puede reducir la complejidad del mundo contemporáneo a una Arcadia impoluta ante la historia. Esta evocación de un pasado sin mella sería una simulación que escondería el carácter violento de los hechos históricos.

Traigo a colación esta polémica “chilensis” porque es más o menos con lo que uno creció como poeta. En mi caso particular, creo que lo que define a un poeta, de manera parcial y transitoria, es un trabajo de escritura, un intento de encontrar una verdad, que no se sabe cuál es ni tampoco si se conseguirá tal cometido, a través de la palabra. No creo en la figura del poeta romántico, del poeta líder ni del poeta maldito, una figura tan manoseada y tan venida a menos, gracias, precisamente, a los que se proclaman como tales y no tienen nada para hacerle honor al apelativo. Bolaño jugó mucho a eso, al afán provocador, “Si he de vivir que sea sin timón & el delirio”, decía Mario Santiago Papasquiaro, el Ulises Lima de Los detectives salvajes. Pero Bolaño admiraba a Parra, que es en el fondo todo lo contrario a eso. Pero tampoco me interesan los poetas sacerdotales, los vates que cargan con el dolor de los demás y parecen estar permanentemente descendiendo de una montaña para entregarnos su sermón. Gonzalo Millán antes que Óscar Hahn. El chico Cárdenas antes que todos ellos, tal vez.

Me hubiera gustado ser un poeta de la trascendencia vacía, pero llegué demasiado tarde. Soy simplemente un poeta del vacío, en todas las acepciones que tal palabra pueda tener’’.

Eso hace al árbol irrepetible, de primavera o invierno, no importa, está de pie; eso es lo inevitable del poeta, justamente el mundo por motivo de expresión, y de asombro.

Cristián Gómez Olivares, lejos de toda duda, lo confirma.