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La “buena” educación de Keleher y la Circular 6-2016-17

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alt(San Juan, 3:00 p.m.) Es sábado en la tarde. En cualquier centro comercial de Puerto Rico muchas familias, acuden a la sección de efectos escolares, buscan el precio mágico que sudan las rebajas, comparan la textura de los uniformes, hacen filas pacientemente para pagar “al centavo’’ ante la cercanía que un nuevo semestre suele provocar en su anuncio de realidades y cambios.

El cambio, podría significar ilusión, digo, podría significar un portal a nuevos conocimientos, a nuevos ambiente de integración a las realidades que exige este nuevo siglo con sus ya 17 años en escena, es decir año 2017, ya muy lejanas las ecuaciones de la Clave Morse, Thomas Alva Edison, los chicos de Tristán Tzara, las guerras mundiales que ciñeron territorios, y crearon nuevos imperios, el cine de Chaplin, D.W. Griffith, Pabst, o Einstein, o la radiola al volumen colgado de un balcón con la voz Carlos Gardel y el pensamiento triste del tango. Siglo 21 donde la educación puede cargarse en dispositivos con pasmosas aplicaciones camaleónicas. Hay espacio para una buena educación, distingo. ¿Y de qué va la buena educación? No sólo números, no solo tribus de máquinas y sus generaciones, no solo el reino lumínico de lo visual, que hostiga y codicia la imaginación. También es identidad: donde nazco, y soy, primero que todo lo que vendrá, después.

Muy sencillo, entonces si iniciamos el nuevo semestre con el “cambio” eliminando la Semana de la Puertorriqueñidad, entonces, ¿es un buen cambio? ¿va de la mano con lo que queremos integrar como lenguaje de futuro? ¿hace y distingue a un secretario de educación eliminar fórmulas que, en su esencia esbozan la continuidad dentro camino de un pueblo? La carta circular 6-2016-17 deja en el vacío los elementos de una buena y gran educación. Si bien, a la altura de estos tiempos cabe de buena voluntad la frase de Alfred Nobel, “Mi casa es mi trabajo, y trabajo en todas partes” así para definir la globalización, más cierto es que Julio Cortázar habló de que la cultura “es un ejercicio profundo de identidad” o si gustan, estimados lectores, me voy con Steve Jobs, americano, diciendo que “tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto”. ¿Es la buena educación vivir a la usanza de alguien distinto, aunque seamos perfectamente tecnológicos?

Queremos hablar mandarín, vaya, esa es buena iniciativa a la que debería incluirse el francés, y el portugués. Insistir en la fluidez de nuestro vernáculo que anda cojeando en sus heridas del mal uso. Inglés, bienvenido como factor cambio o herramienta de comunicación todo en “buena cesta” como diría el gran poeta español García Nieto.

Pero ¿de dónde sale todo esto? ¿qué hago aquí? ¿pertenezco al mundo, pero dónde está mi lugar de origen? Ahí, se equivocó la distinguida secretaria de educación Julia Keleher en su guía administrativa, o quizás alguno de sus doctores asesores. No podemos, buscar el mundo, tomarlo, domarlo, conquistarlo, sin saber primero en qué lugar de ese mismo mundo nos originamos. No podemos reducir a una mera disciplina la identidad patria y sus genealogías poderosas, y mucho más, sus distinciones ante esos “distintos’’-para citar a Jobs-que hacen el mundo y lo respiran. Estudios Sociales, citado como materia desde un mirador desvencijado, no la hace. Lo hace saberse puertorriqueño sobre todo lo demás, lo hace llamarse caribeño como entorno y brújula y desde luego el mundo. No cabe otra.

Sin embargo, mientras miro, esas largas filas comprando libretas, libros, uniformes, con la aspiración de entrar a los nuevos retos, no sé si pensar en evolución, o en oscurantismo; la primera, como que no acaba de llegar, y la segunda, es la más permanente.

Peor aún, es llamada la buena educación.