Sáb11182017

Last update11:34:46 AM

Sopla barlovento… que ahí nos llega el huracán [Irma] y sus vientos

  • PDF

(San Juan, 3:00 p.m.) “Santa María líbranos de todo mal ampáranos Señora de ese terrible animal. Temporal, temporal allí viene el temporal. ¿Qué será de mi Borinquen cuando llegue el temporal?”.

La plena recoge el temor que los habitantes del Archipiélago Borincano le hemos tenido a los temporales desde tiempo inmemorables. La tecnología actual nos permite seguir paso a paso la trayectoria de un huracán, pero nunca su verdadera capacidad destructiva. La categoría cinco es la más destructiva en cuanto a vientos se refiere, pero la cantidad de lluvia que acompaña al fenómeno atmosférico es otra historia.

Solo tenemos que recordar la reciente devastación que ocurrió en Texas, donde el huracán se estacionó sobre la ciudad de Houston depositando más de 90 pulgadas de agua. Imagínense si eso ocurre en las islas borincana, el área que ocupa la ciudad de Houston es dos veces y medio el tamaño de Puerto Rico. Nueva Orleans es otro caso aún vivo en la memoria colectiva donde las aguas destruyeron los diques que protegen la ciudad entrando con fuerzas semejantes a un maremoto (tsunami).

En Puerto Rico se recuerda a Hugo y a Georges por la destrucción que sus vientos dejaron a su paso. Empero las mayores tragedias en nuestra historia están asociadas siempre a las aguas. Solo recordemos la tormenta Eloísa y la tragedia de Mameyes en Ponce. Eloísa inundó las partes bajas del país como ningún otro evento huracanado en la historia moderna.

Los taínos consideraban a Juracán una manifestación de la furia de la diosa de los vientos, Guabancex. Los españoles convirtieron a Juracán en una deidad representativa de la destrucción, nada que ver con la mitología arahuaca. Los taínos conocían el patrón de espiral que forman los vientos en un huracán y lo representaron en sus dibujos de la diosa. Para ellos Guabancex, “la que con su furia lo destruye todo”, generaba los huracanes agitando sus manos. De hecho, la mayoría de los cemí asociados a la diosa la representaban como un rostro aterrador moviendo sus brazos.

Para los españoles los huracanes fueron desbastadores. Los vientos de tormenta destruían las cosechas, las casas y las aguas de llevaban todo a su paso. Para los tainos reconstruir sus villas y volver a la normalidad era fácil. Los bohíos eran hechos con palmas y yaguas, elementos dispersos por todas partes, solo había que recogerlos y volver a comenzar. Cuando la furia llegaba los tainos se refugiaban en cuevas, se alejaban de los ríos y dejaban atrás sus posesiones materiales. La yuca, alimento principal de los taínos, era un tubérculo. Enterrado en las profundidades de la tierra, lejos de los ríos, la yuca siempre estaba disponible para alimentar a los habitantes originales de Las Antillas.

Los españoles empero querían construcciones sólidas y perdurables. Sus cosechas estaban sembradas sobre la tierra. Eran amantes de las posesiones materiales. Para los conquistadores, los huracanes implicaban un armagedón.

Los taínos buscaban señales en la naturaleza que les indicaban que un huracán se aproximaba. El comportamiento de los animales, una disminución súbita en la temperatura ambiental y las predicciones de los behiques eran los principales métodos empleados por los taínos para vaticinar la llegada de un huracán.

Los hijos de los conquistadores adoptaron las tradiciones taínas como métodos certeros para predecir la cercanía de una tormenta.

“Cuando era niño solo las gallinas y los viejos nos avisaban de un huracán”, dice Félix Rodríguez Irizarry, 102. “Las tormentas eran desbastadoras. Destruían los sembradíos. San Felipe (1928) y San Ciprian (1932) destrozaron el país y llevaron a la pobreza a muchas familias”.

“En las fincas habían tormenteras. Eran un hoyo en la tierra cubierto por una construcción de zinc muy baja. Prácticamente tenías que añangotarte o acostarte. Eran muy incomodas”, recuerda Rodríguez Irizarry, quien trabajó como ingeniero agrícola y maestro.

La destrucción de un huracán es terrible.

“No hay palabra para describir el terror que causa un huracán”, asevera Mercedes Acosta, 97. “Sobreviví San Felipe, San Ciprian, Hugo y Georges y tormentas como Eloísa. Las pérdidas materiales se recuperan, pero la muerte de seres queridos y las heridas emocionales dejadas por un monstruo huracanado no las sana el tiempo”.

“Recuerdo ver los techos volar, casas explotar, árboles ser arrancados de raíz, personas ser arrastradas por las aguas o arrancadas por el viento… Destrucciones indescriptibles”, narra Acosta. “Pero nada se asemeja al sufrimiento por la muerte de un hijo, de un padre, una madre y la impotencia de no poder hacer nada para evitarlo”.

“No te puedes imaginar la agonía que causa ver a un hijo arrancado por el viento de los brazos de una madre o que las fuerzas de las aguas arrastren a toda tu familia y seas el único sobreviviente”.

“He visto y sentido mucho dolor en mi larga vida”, afirma Acosta. “Sin embargo la gente es temeraria y no aprenden. Hoy nos avisan con tiempo y la gente se queja si el huracán no llega. No conocen lo monstruoso que puede ser un huracán”.

Hoy nos preparamos para le llegada del Huracán Irma. Confiamos que su fuerza mayor se quede en el mar. Hemos tenido tiempo para preparamos, no hacerlo es poner no solo nuestras vidas en riesgo, sino la de los servidores públicos y los rescatistas que están listos para ayudarnos en momentos de crisis.

“No juguemos con la vida”, aconseja Rodríguez Irizarry. “Hay que ser precavidos y proteger el mayor tesoro que tenemos”.

“He vivido una larga vida. Conozco las alegrías y el dolor. He conocido gente arriesgada que no escucha consejos. No es momento de juegos. Estemos preparados para la peor esperando que ocurra lo mejor”.