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El huracán María no nos destruirá… pero sí nos transformará

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(San Juan, 1:00 p.m.) La histeria se ha apoderado de los puertorriqueños. El miedo deambula por las calles de las islas borincanas en espera de lo inevitable. Los medios informativos y el gobierno han decretado el fin catastrófico de nuestra sociedad como la conocemos. ¡María viene con toda su furia huracanada!

Los mercados de alimentos, las ferreterías, las gasolineras, la politiquería y todos sus asociados están haciendo su agosto en este triste septiembre. Las personas discuten por un galón de agua; se van a los puños por una lata de conservas; se insultan por el último tanque de gas…

El consumismo desmedido nos obliga a comprar y la necesidad nos transforma en seres egoístas.

Sin embargo, dentro de todo, la adversidad nos une como pueblo. Aquí la única verdad es que no importa lo que suceda, Puerto Rico y su gente se levantarán. Nos tomaremos de las manos, compartiremos un bocado de pan y las gotas de agua que nos queden porque somos gente buena. Somos un pueblo solidario para con nosotros y los demás. Somos hijos de razas guerreras. ¡Somos un pueblo valiente!

Luego de lo que venga, sea lo que sea, volveremos a poner nuestras manos sobre la ceiba sagrada, la hija de Yaya (Gran Espíritu, principio de vida), hermana de Yocahú y doncella de Atabey, para obtener fuerza y resistencia.

Nos conectaremos con los ancestros porque en ellos encontraremos la fortaleza necesaria para reconstruir la Patria.

No es la primera vez que los puertorriqueños hemos vivido momentos catastróficos. Hemos enfrentado grandes batallas desde tiempos inmemoriales. Los habitantes originarios de esta tierra vieron ir y venir huracanes; se levantaron y continuaron con sus vidas.

El último huracán que afectó a la sociedad taína vino vestido de conquistador portando mosquetes. Todos sabemos el resultado catastrófico de ese monstruo. Arrasó con los arahuacos. Destruyó una sociedad. Empero sus mujeres, esclavizadas, forzadas y violadas, supieron sobrevivir e inculcar en los hijos mestizos salidos de su vientre el legado histórico-social de los ancestros.

Juracán no destruyó a un pueblo, lo transformó. La simiente taína vive en nosotros, en nuestro ADN. Vocablo arahuacos engalanan nuestro idioma; le tememos a los maboyas (espíritus malignos, fantasmas) que pululan en las noches borincanas; comemos yuca y cantamos en areitos. En momentos de angustia continuamos clamando por la ayuda de Yocahú Bagua Maorocoti (Señor de la yuca y el agua, sin predecesor masculino) y de su madre, Atabey (Madre de las aguas), la de los cinco nombres.

Los negros fueron arrancados cruelmente desde las entrañas de Madre África. Guerreros y guerreras orgullosos fueron esclavizados, azotados, encadenados, marcados con el carimbo, menospreciados… Los amos intentaron destruir su acervo identitario, pero su cultura sobrevivió. Una vez más las mujeres, violadas y ultrajadas, enseñaron a los hijos de su vientre a ser orgullosos y a cantarle a sus dioses ocultos tras santos cristianos.

La población española que se quedó en estas islas luchó contra toda adversidad. Resistió la tentación de “Dios me lleve al Perú”. Cambió el oro por la agricultura y la ganadería. Aprendió a sobrevivir con el contrabando…

Los tres pueblos se mezclaron. Cada cual aportó lo suyo. Por eso cuando el huracán invasivo llegó en el 1898 los hijos de esta tierra estaban listos para la resistencia.

Más de un siglo de lucha y seguimos hablando español, bailando bomba y comiendo yuca.

Somos un pueblo de hombres y mujeres valientes.

Sobrevivimos San Ciriaco, San Felipe II, San Ciprian, Santa Clara, Eloísa, Georges Hugo, Irma (o será Irene)… Sobrevivimos el terremoto de San Fermín en 1918. Hemos sobrevivido quinientos años de gobiernos militares, estamos haciéndole la peleíta a la Junta de Supervisión (Control) Fiscal y sobreviviremos María.

Los memes por las redes sociales son claros. El gobierno no está preparado para enfrentar una catástrofe mayor. La infraestructura eléctrica y de agua potable, que ya fallaron con uno vientecitos, no están en óptimas condiciones. La infraestructura es débil, proliferan las malas construcciones y las carreteras están en condiciones nefastas.

Empero el pueblo puertorriqueño está listo para continuar adelante y salir victoriosos.

Estamos cobijados por una inmensa fe. No solo la fe en los dioses, sino en nosotros como pueblo. Estamos conscientes de nuestra realidad, pero no estamos dispuestos a doblegarnos.

Unos se irán, lo hemos hecho a través del siglo americano. Otros nos quedaremos para reconstruir el país. Puerto Rico renacerá y su cultura fluirá como fuente cristalina para saciar la sed identitaria y reafirmar el sentido de pertenencia. Los hijos de la Patria extendida aportarán para sanar el dolor de sus hermanos.

La Patria es una nación inmensa con ciudades en más allá de las fronteras físicas. No hay duda de que somos un solo pueblo, una nación que continuará bailando bomba, rezando el rosario y comiendo plátano y yuca. Las fronteras no nos dividen porque el gran espíritu de Yaya nos une en la eternidad de los tiempos.

Espero que los pronósticos fallen, que María le siga los pasos a José y se vaya por los senderos de Yemayá para refrescar las temperaturas del Océano Atlántico.

Mientras tanto, reciban las bendiciones de los dioses y que al final de esta historia Puerto Rico se libere de sus ataduras coloniales…