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A días del huracán María en Puerto Rico

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(San Juan, 11:00 p.m.) Escribo estas letras a cinco días del desastroso huracán María. No sé siquiera si alguna vez serán leídas porque entre las cosas que María se llevó fueron las telecomunicaciones. La telefonía inalámbrica está descalabrada y la Internet es un lujo accesible a aquellos que tienen en sus casas (o pueden ir a comercios) WIFI de la compañía que compró la antigua telefónica.

Estuve en tres restaurantes y una oficina que operaban con plantas de energía tras el colapso del sistema eléctrico, pero tristemente se les terminó el combustible y con este murió mi acceso a la Internet.

Mientras almorzaba o chachareaba le prestaba atención a los comentarios de la gente sobre la situación y los males que nos dejó María. Me llamó poderosamente la atención comentarios como: “Las únicas líneas de teléfono vivas son las de la antigua telefónica”; “Nunca nos explicaron esto cuando vendieron la compañía de teléfonos”; “Una vez más el gobierno nos cogió de pendejos con la telefonía. Sí, más barata, más frágil y más inservible”.

La realidad es que María nos enfrentó a nuestras peores pesadillas. Ya sabemos lo que ocurre en un mundo dependiente de la tecnología cuando los sistemas fallan. Pasamos los sinsabores de no tener acceso telefónico ni Internet. Nadie nos puede hablar de la desesperación por conocer información sobre los seres amados y la impotencia de no poder hacer absolutamente nada.

La sociedad puertorriqueña se había subyugado a los teléfonos móviles (celulares). La dependencia era tal que muchos no podían dormir sin tenerlos cerca. Se usaban para conversar, chequear las redes sociales, buscar información, guardar agendas, jugar juegos electrónicos, mirar la hora, en fin, era un accesorio indispensable, casi un absceso del cuerpo humano. Pero eso fue un ayer.

El hoy es que los móviles nos fallaron cuando más los necesitábamos. María demostró que las compañías de los celulares no están capacitadas para enfrentar un fenómeno tan destructivo. Ahora sabemos que la telefonía en el país es competitiva y más barata porque está conectada por cables terrestres, no a los satélites. Además, descubrimos que sus antenas dependen de combustibles fósiles como el resto de las estructuras modernas del país. Los vientos huracanados destrozaron las antenas de las telecomunicaciones. De las pocas que quedaron el pie su función llegó hasta que se terminó el suministro de combustible ya fuera por el uso o porque los vándalos se lo robaron.

La radio se señoreo sobre el país, aunque al final solo quedara una estación al aire en el área metropolitana. En muchos pueblos del interior las estaciones radiales locales han sido su única comunicación con el exterior. Llamó poderosamente la atención la falta de teléfonos satelitales en Puerto Rico.

El colapso energético nos dejó en tinieblas. En un instante pasamos de ser un punto lumínico en la tierra para convertirnos en un territorio invisible y desolado. Los vientos de María hicieron trisas los postes del tendido eléctrico. No se sabe cuándo el sistema vuelva a estar operacional en su totalidad.

La Autoridad de Acueductos y Alcantarillados por otra parte, pudo recuperarse con mayor rapidez. Muchos hogares comenzaron a recibir agua a los dos días de la tormenta.

La crisis de la gasolina es espeluznante. Las filas kilométricas por obtener $20 de gasolina pululan por todas partes, digo, en las pocas gasolineras que funcionan. La realidad choca con el discurso gubernamental. El gobierno asegura que existe combustible para 15 días, sin embargo, este no llega a los garajes para ser dispensado. El diésel para las plantas escasea. Lo último que escuche es que el gobierno federal se hará cargo de la distribución del combustible.

La desesperación y la desolación comienzan a calar profundo en los puertorriqueños. El miedo a quedarse sin comida llevó a un grupo de ciudadanos a rodear los almacenes de distribución de una conocida cadena de supermercados. La solución de la empresa fue llamar a las autoridades.

La criminalidad y la violencia, producto de la desigualdad social, afloró a las pocas horas del ojo de María haber salido de territorio puertorriqueño. Hubo robos, asaltos, peleas por combustible, bueno en fin todo lo negativo que surge en momentos de crisis en cualquier país del mundo.

La solución salomónica, fue imponer un toque de queda, que por supuesto, en un país donde se perdió el respeto por la autoridad, nadie obedece. Ahora hablan de una ley marcial indefinida y la militarización de las calles para controlar a la ciudadanía. Al final de cuentas esto solo conducirá a una violencia mayor porque a la gente le gusta retar la autoridad y detesta que se les restrinjan sus movimientos (especialmente a los jóvenes).

Lo peor de todo fue escuchar los comentarios de personas allegadas a mí. “Ojala los acribillen a todos”; “Qué traigan tanques”; “Qué los metan en campos de concentración”, “En Cuba nadie violaría la ley marcial”, “Al pobre hay que darle poquitos de cemento para que se muera pronto”, “Son unos malagradecidos”…

Los comentarios lastimaron mi sensibilidad como ser humano y ente pensante. La gente juzga y comenta, pero son incapaces de ponerse en los zapatos de otros. No apoyo la criminalidad, pero en vez de condenar busco soluciones a las causas que dividen nuestra sociedad y enferman el alma de los puertorriqueños.

No es tiempo de divisiones, es tiempo de solidaridad. Mis vecinos y yo hemos creado un grupo para limpiar la calle de escombros, recoger la basura, ayudar a los enfermos y una hermosa pareja del mismo sexo se ha convertido en los cocineros del barrio. Todas las tardes jugamos dominó, parchís, damas y otros juegos de mesa. Los mayorcitos le hemos podido enseñar a los jovencitos, que no llegan al cuarto de siglo, que existió una vida divertida antes de Facebook y Twitter. Las risas son escandalosas. Por supuesto, nos alumbramos con quinqués y una que otra lámpara de baterías, tal y como lo hacían nuestros padres y abuelos.

Un mal que María no se llevó fue la politiquería. El gobierno quiso hacer del desastre un evento mediático, pero los periodistas supieron frenar las relaciones públicas para exigir respuestas claras y precisas. El gobernador Ricardo Rosselló atacó a la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, a la que visualiza como su rival en los próximos comicios electorales, sin averiguar bien los detalles sobre un incidente que envolvía a unos refugiados. No era el momento, esto le quedó muy feo al Gobernador.

Al final de cuentas, deja mucho que desear del gobierno su falta de preparación para un evento catastrófico de la magnitud de María. Los medios de comunicación le fallaron también al archipiélago. Los corresponsales extranjeros informaron al mundo del desastre boricua, mientras el país lloraba en una noche lóbrega donde la desinformación era el orden del día.

El gobierno ha intentado imponer el orden, pero ha demostrado su incapacidad para manejar crisis de esta magnitud. Los federales tampoco han sido efectivos. Los hijos de la Patria extendida han tenido que exigirle al presidente Donald Trump y al Congreso acción para intentar evitar una crisis humanitaria que ya existe.

La colonia ha vuelto a conocer el desapego de la metrópoli como les ocurrió a los boricuas allá para 1899 cuando San Ciriaco arrasó con las islas borincanas.

Estamos en proceso de reconstrucción, no solo de la infraestructura sino de nosotros como nación. María develó muchas falsas verdades y nos sumió en los años 1930. Tomará mucho tiempo reconstruir la infraestructura que conocimos antes del huracán y más aún sanar las profundas heridas emocionales que hemos sufrido. El futuro de Puerto Rico está en nuestras manos, solo nosotros podemos determinar cómo queremos que sea ese nuevo Boriquén.

No dudo que saldremos adelante, “¡Somos boricuas pa’ que tú lo sepas!”.