María 3

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(San Juan, 1:00 p.m.) Hoy es el décimo día de la devastadora visita del huracán María a Puerto Rico. He pasado por los sinsabores que aquejan a todos los residentes del país. Hice largas colas para comprar gasolina y pan; sacar dinero del banco; adquirir medicamentos… Me preparé para una semana, no para meses. La situación se complicó con un problema de salud que me llevó al hospital. Tuve que ser recluido en el Hospital del Maestro, Hato Rey, por un problema circulatorio. Llevo cinco días enclaustrado entre cuatro paredes, unos más difíciles que otros.

Como es de conocimiento general, el hospital está sin energía eléctrica como la mayoría del país. Para evitar el cierre de la facilidad hospitalaria, la alcaldesa de la capital, Hon. Carmen Yulín Cruz, contribuyó con una planta generadora de electricidad para que alternara con la del hospital. Esto se hizo con la intención de evitar el colapso del servicio eléctrico. El plan funcionó, pero no contaron con la escasez del combustible que utiliza la planta para generar la electricidad. El diésel se terminó en una de las plantas y la otra se dañó.

El fallo en las plantas sumió el hospital en las tinieblas. Se apagaron los aires, las luces, las máquinas… Fue un evento terrorífico tanto para pacientes como para el personal médico.

Los pacientes se pusieron nerviosos. Las enfermeras no sabían lo que estaba pasando. Iban de cuarto en cuarto, aluzando con una linterna de mano. Preguntaban cómo estaban los pacientes, pedían calma. La noticia llegó al fin. Las plantas habían colapsado.

El problema se inició en la madrugada del martes y duró un día y medio. El servicio fue devuelto por etapas: primero los aires acondicionados, luego las luces y para finalizar los enchufes en las paredes. La situación es peor para las enfermeras, los pacientes tenemos aire acondicionado en las habitaciones, pero ellas trabajan bajo un calor intenso.

La administración del hospital fue rápida. Los cuidados y servicios de los pacientes no cesaron. Se trajeron abanicos. Las medicinas llegaron a tiempo. Las venopunciones se efectuaron bajo la luz de las linternas; los sueros se conectaron; las muestras de sangre se sacaron... Las comidas se subieron por las escaleras, siempre calientes (estoy en el tercer piso). Las palabras de aliento, las muestras de afecto y la sinceridad del personal calaron profundo.

El personal de enfermería y los pacientes forjamos un nexo profundo.

“Se portaron como campeones con nosotros, a pesar de sus problemas y situaciones personales han mantenido una actitud profesional en cuanto al paciente en todo momento”, afirma el educador Samuel David Maldonado, quien está hospitalizado en la institución.

“Nos atendieron y velaron por nuestro bienestar. Estos son tiempos difíciles. Tenemos todos que poner de nuestra parte para pasar este trago amargo”, añade.

La situación condujo a conversaciones profundas sobre el impacto de María en la vida de todos. Las historias te nublaban los ojos con lágrimas. Algunas enfermeras lo perdieron todo, pero estaban allí para cuidar de otros. La falta de gasolina, las rutas alternas por parajes desconocidos, la ansiedad ante familiares desaparecidos, el dolor y el temor eran parte del diario vivir del personal hospitalario, pero estaban allí, presentes, cumpliendo con su deber.

Otros hospitales pasaron por experiencias similares. La solidaridad puertorriqueña y la inventiva humana evitaron que el evento se convirtiera en una crisis humanitaria.

Los puertorriqueños no habíamos sufrido una devastación tan inmensa en 89 años. El último gran huracán había sido San Felipe II en 1928. Mi generación escuchó historias sobre San Felipe, pero las generaciones nacidas después de1960, en su mayoría, no tiene idea de lo que significó ese huracán para los puertorriqueños.

“San Felipe fue desbastador”, dice Mercedes Acosta, 97. “Yo tenía siete años. Recuerdo vívidamente como el viento le arrancó el techo a la casa de mi hermano Alejandro. Muchas de las estructuras de la finca desaparecieron. Las cosechas de tabaco y café se perdieron. La destrucción fue absoluta”.

“Ese día el mundo se acabó”, asegura Félix Rodríguez Irizarry. “Tenía 13 años. La gente presagiaba la tormenta. Las aves y los perros actuaban extraño. Los hombres temblaron y las mujeres lloraron”.

“El cielo se nubló. El viento comenzó a silbar. La gente intentó asegurar sus techos. Cerraron puertas y ventanas. Otros corrieron hacia las tormenteras”.

“La lluvia cayó torrencialmente y los vientos asolaron monstruosamente. Los ríos se convirtieron en brazos de mar que lo arroparon todo. Nada quedó en pie”.

“No hubo tiempo para organizar las cosas. Los avisos llegaron tarde. Las sirenas en los pueblos sonaron, pero no en los campos. Fue un día de pérdidas para todos”.

“Recuerdo un padre al que un golpe de agua le arrebató a su mujer e hijos. Aún me parece escuchar sus gritos desgarradores, sentir su impotencia. No pudimos ayudarlo. El agua se lo llevó todo a su paso. El viento destruyó árboles, casas, edificios…”

“Parecía el fin del mundo, pero nos levantamos. Cuatro años después llegó San Ciprián. Muchas familias lo perdieron todo, pero la vida continuó y reconstruimos la Patria”.

“El tiempo continúa su paso y el pasado queda atrás”, dice Alejandro Santana, 95. “San Felipe, San Ciprián y mucho antes San Ciriaco, destruyeron el país en su momento, pero al final fueron fuerzas que nos estimularon a seguir adelante. María es una oportunidad para reconstruir el país, un nuevo comienzo”.

Los boricuas seguiremos adelante.

“Esto pasará”, afirma Maldonado. “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. No hay varitas mágicas, pero solo el tiempo demostrará la resiliencia del pueblo puertorriqueño”.

“Yo apuesto a los míos”, concluye.