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Luego de María se impone la cultura de “reinventarse”

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(San Juan, 2:00 p. m.) Los puertorriqueños somos un pueblo que tiene la habilidad de reinventarse en los momentos más difíciles. El huracán María nos ha dado la oportunidad de volver a ser creativos y demostrar que ningún evento natural o gubernamental puede limitar nuestro dese de salir adelante. Esto quedó demostrado este pasado fin de semana cuando revisité el Viejo San Juan.

La semana anterior cuando visité la ciudad me encontré con una polis abatida, doblegada, agónica. No podemos negar el daño que la falta de energía eléctrica le ha causado a la ciudad capital. Han cerrado muchos comercios. Los locales vacíos proliferan por la una vez atestada metrópolis.

“Las rentas son muy altas, los gastos se han triplicado. Los negocios pequeños no podemos poner generadores, solo los dueños de los edificios pueden sacar los permisos”, dice Jaime Vázquez. “Solo resta cerrar y asumir las perdidas. Están asesinando a cuchillo de palo al comerciante puertorriqueño. Están destruyendo el casco histórico”.

El panorama se percibe tenebroso y la desesperanza ocupa el lugar que una vez tuvo el empeño por el éxito. Hay pocos viandantes. Sin embargo no todo es sombrío. Este pasado fin de semana San Juan reafirmaba su legado como una de las ciudades más curtidas de este hemisferio. Percibí señales de que San Juan está poniéndose de pie, lista para dar la batalla y luchar por su existencia.

Transitaba por la ciudad cuando observo en una esquina a un violinista interpretando los acordes de la canción “Piel canela” del grandioso Bobby Capó. Una pareja madura bailaba, tal vez recordando tiempos felices porque sus rostros reflejaban alegría y el profundo amor que se tienen. El caballero estaba en la gloria; bailaba con los ojos cerrados mientras su compañera, más atenta al qué dirán, mantenía los ojos abiertos percatándose del rostro iluminado de su pareja. Ella sonreía y de vez en cuando le daba un beso tierno a su compañero. Al finalizar la pieza, el hombre toma a su amada por la cintura y le estampa un sonoro beso en los labios. Ella se ruborizó. El violinista sonreía. Continuó sus interpretaciones con melodías de Sylvia Rexach, Pedro Flores, Rafael Hernández, Roberto Cole y otros grandes compositores borincanos.

Continúo mí peregrinar y me ubico en la esquina de la calle Cristo con la San Sebastián. Disfruto contemplar la Capilla del Cristo al final de la calle. De momento visualizo a un grupo de diez turistas subiendo la cuesta de la calle del Cristo para entrar al antiguo Seminario de San Ildefonso hogar del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, uno de los pocos edificios históricos abiertos al público. Me emocioné. Aplaudí al verlos, eran señal de que mi ciudad capital y mi país renacen.

Sonará infantil mi respuesta al ver a los turistas, pero mi alegría corresponde al sinnúmero de cuestionamientos sobre el futuro incierto de los comerciantes, los trabajadores de restaurantes y comercios. Ver a los turistas me llenó de esperanzas de un mañana mejor.

Hablando al respecto, algunos restaurantes y comercios estaban abiertos, más que la semana anterior. Pocos negocios, pero es una buena señal. Ya comenzaron a verse las mesas en las calles. Los bares estaban atestados y los restaurantes tenían bastantes comensales.

“Trabajar con generadores es sumamente costoso”, dice José Soto, empleado en un restaurante. “No sé cuánto tiempo más pueda el jefe pagar $200 diarios por diésel. Tuvo que reducir horas a todos los empleados para no despedirnos. Todos tenemos familia. Es un tiempo crítico”.

“La gente se retira temprano, la ciudad no tiene energía eléctrica. Y aún si tuviera no se van a quedar hasta tarde por miedo de que les pase algo en el camino o al llegar a su casa, añade.

El domingo era una visión diferente. La ciudad estaba atestada de autos. Familias puertorriqueñas que iban en busca de su sentido identitario en medio de los monumentos que engalanan la ciudad.

“Vine con mis hijos a ver la ciudad”, indica José Ferrer de Sabana Grande. “Queremos disfrutarla antes de que vuelvan la luz y los turistas. Ahora es nuestra ciudad, nuestra capital, nuestra historia”.

“San Juan es San Juan”, señala Ana Montes de Salinas. “No hay mucha gente, podemos leer las tarjas, caminar sus calles y soñar con otros tiempos cuando los grandes, los próceres andaban por estas calles”.

“Quiero que mis hijos conozcan a la capital”, afirma Felipe Sánchez de Arecibo. “Esta ciudad es poema de historia, legado de conciencia patria, sentido identitario, reafirmación de puertorriqueñidad como usted escribió una vez en uno de sus escritos”.

Ver a tantos niños y adolescentes correteando por las calles sanjuaneras era un canto de alabanza a la Patria.

“Mi papá me habla mucho de San Juan”, dice Juan Colón, 14. “Somos cuatro hermanos. Estamos disfrutando caminar por las calles de la ciudad. Habíamos venido antes, pero siempre encontrábamos multitudes caminando. Ahora vamos despacio, saboreando la esencia de esta gran ciudad”.

Poco a poco la ciudad histórica va recobrando su fortaleza. La economía está golpeada, pero la ecuanimidad de los boricuas es poderosa.

“Somos indestructibles”, señala Soraya Pérez de Caguas. “Nos han dado duro. María destruyó el país, el gobierno colapsó junto a energía eléctrica, pero nosotros seguimos en pie de lucha”.

La gente se ve feliz. Caminan con paso lento. Descubren una ciudad mística, henchida de historia y con grandes tesoros arquitectónicos.

“Me gusta ver a San Juan así, sin gente, sin prisa”, asegura Nancy Robles de Fajardo. “No me mal interprete, estoy deseosa de volverla a ver llena de turistas, me refiero a que podemos ir a paso acompasado, sin las premuras y empujones de calles repletas”.

El Viejo San Juan es sin duda la ciudad de todos los puertorriqueños. No solo por ser la capital de Puerto Rico sino porque desde pequeños nos enseñan a amarla. Existe un romance que va desde tiempos inmemorables que alcanzó su punto máximo cuando la canción “En mi Viejo San Juan” de Noel Estrada nos identificaba en todas partes del planeta.

Las calles de San Juan están listas para ser tomadas por los turistas. A pesar de la nefasta nube que cubre la ciudad, los pocos restaurantes abiertos han iniciado a ofrecer sus menús de costumbre.

“Tenemos de todo menos plátanos para los mofongos, pero esos llegarán y volverán a ser reyes de nuestra cocina porque como dijo el poeta le debemos la mancha que nos hace boricuas al plátano”, concluye el chef Carlos Sánchez de Añasco.