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Luego María, vuelve la música al Viejo San Juan

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alt(San Juan, 12:00 p.m.) Un acordeonista estaba sentado frente al Seminario Conciliar de San Ildefonso en el Viejo San Juan. Interpretaba danzas. Era domingo en la tarde. El cielo estaba nublado, la lluvia se olía en la distancia. El tráfico era pesado, pero solo ocho personas caminabamos por la calle del Cristo.

Intenté conversar con el músico. No me dijo el nombre, solo que tocaba el acordeón desde los 12 años y ya estaba en sus 70.

Unos lentes oscuros cubrían sus ojos. Un sombrero lo cobijaba de las inclemencias del tiempo. La imagen bien podría representar la congoja de Puerto Rico ante un futuro incierto.

Más abajo, en la plazoleta frente a la Catedral se apostaba un violinista interpretando boleros y un poco antes de la esquina con la calle Fortaleza había un guitarrista interpretando canciones de Rafael Hernández, Pedro Flores y Mirtha Silva.

Al bajar por la calle Fortaleza percibí algunos locales abiertos, muchos tapiados y otros sumidos en la penumbra. Solo pude observar tres personas caminando por la ruta que conduce hacia las afueras de la ciudad amurallada.

A la salida de la ciudad vieja, en la esquina del glorioso Teatro Tapia, había un cuatrista tocando aires navideños.

Los pocos transeúntes se detenían momentáneamente a deleitarse con las interpretaciones. Los conductores bajaban las ventanillas de sus coches para escuchar algunos de los acordes. Pero el ambiente era pesado, sombrío. La morriña y la saudade aprietan el corazón, laceran el alma y hacen brotar ríos de los ojos.

Nadie puede negar el miedo que recorre las calles y senderos de Puerto Rico. Empero los boricuas nos negamos a rendirnos e intentamos recobrar una aparente normalidad, conscientes de que María se llevó el país que conocíamos.

“María nos enseñó cuan frágiles somos. El temor ante lo incierto ha obligado a muchos a irse, pero la mayoría estamos resistiendo”, afirma Carmen Ramírez de Mayagüez. “No es fácil resistir. Tenemos que sacar fuerzas de donde no tenemos para que nuestros hijos no se vean afectados”.

“La gente se refugia en su identidad cultural y busca en la memoria de sus ancestros las respuestas que el presente parece negarle. Solo es en los viejos donde encontramos solaz. Son sus palabras, su afecto, su fe, lo que nos mantiene en pie”, añade.

Puerto Rico ha descubierto a sus pobres y a sus envejecientes y ellos, sin proponérselo, nos están enseñando a reinventarnos, a retomar lo que es nuestro por derecho de conciencia.

“Los pobres son los que siempre dan la cara por este país. Los que tenían dinero y podían salieron huyendo. Los pobres sacaron el machete y la azada para limpiar caminos; la tabla de lavar ropa para irse al río y recogieron leña para encender el fogón o el anafre”, atesta Carlos Sánchez de Añasco.

Los pobres no le temen al futuro. Conocen la necesidad y como vencerla. El hambre es su amiga. Lo mismo pasa con los envejecientes cuya sabiduría y control ante el infortunio ha sido el sostén de las familias.

“No sé qué hubiese sido de mi sin mami. Creo que hubiese enloquecido”, afirma Marta Lugo de Lajas. “Ella tiene 89 años. Lo tomó todo tan calmada y me decía “Mijita no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, esto va a pasar, cógelo con calma”.

“Uno se ha acostumbrado a las comodidades que nos da la modernidad y nos olvidamos de lo duro que fue la vida para nuestros mayores”.

El país colapsó junto a sus sistemas energéticos y de comunicaciones. El país quedó acéfalo. La paralización fue total. El miedo se apoderó de todos. El oeste quedó completamente incomunicado con el resto del país. No se sabía de familiares y amigos.

Pero la resilencia del pueblo puertorriqueño tomo control.

“Somos un hueso duro de roer y bien sabes que hierba mala no se muere”, asegura Enrique Acosta de San Germán. “Aquí lloraron los pudientes, los pobres nos tiramos a la calle para sobrevivir”.

“No podíamos ponernos a llorar ni a pensar en lo que el huracán se llevó. Lo único importante es la vida, lo material se consigue de nuevo, la vida no. El pobre se puso a ayudar a su vecino, a ir detrás de sus seres queridos, a resolver y a buscárselas”, añade.

Pero la percepción de Acosta no es del todo correcta. El golpe de María afectó a todos, no solo los pobres tuvieron que enfrentar situaciones desastrosas en sus vidas.

Los cuentos de la urbanización Ocean Park en el Condado son aterradores. Una urbanización de clase media alta con hermosas residencias parece una ciudad fantasma.

“El mar entró a la urbanización y las bombas para sacar el agua fallaron. La gente se fue despavorida. Las ratas salían por los inodoros. Los ladrones entraron en kayaks a robar y se llevaron lo que les dio la gana”, dice Jeannette, una residente que pidió no se use su apellido. “Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Aun no me puedo sentar en un inodoro porque me parece ver los ratones”.

Un 45% de las viviendas de Ocean Park están desocupadas. Las propiedades han devaluado drásticamente. Un grupo de residentes quiere privatizar las bombas para evitar que vuelvan a fallar en caso de otro evento atmosférico.

“Las comodidades se perdieron. La gente se reúsa a regresar, pero los que nos quedamos estamos dispuestos a luchar. Hemos vivido aquí siempre y nos negamos a claudicar”.

“Mi papá se pasa escuchando música tradicional, alega que en la reafirmación del sentido de pertenencia a la Patria se encuentra la fortaleza necesaria para luchar”.

“Papi me recuerda que mis abuelos llegaron sin nada desde Comerío y que lucharon para darle a él y sus hermanos una mejor vida. Mis abuelos eran gente de campo y siempre escuchaban su música. Papi llora pensando en sus padres y me cuenta los pesares que pasaron y termina diciendo “Si mis viejos pudieron, nosotros también lo haremos. No más quejas aquí hay trabajo que hacer y este país se levanta, coño, porque se levanta”.

No me queda duda de que los puertorriqueños saldremos de esta. La ayuda de la diáspora ha sido esencial para salir a flote.

“La diáspora no existe, existen puertorriqueños que han tenido que emigrar por múltiples razones, pero su corazón y el de sus descendientes están en Puerto Rico bajo una palma real, entre las raíces de una ceiba o en la copa de un guayacán”, afirma Justo Méndez de Nueva Jersey.

Mientras tanto, Puerto Rico se prepara para las navidades. Las fiestas decembrinas probablemente serán a oscuras, pero nadie evitará que este país glorifique a Dios por el privilegio de haber nacido en este lar.

“Ya viene los Reyes Magos, símbolo de la nacionalidad puertorriqueña, para adorar al Niño Dios que este año estará solo con San José, que ahora es padre soltero porque hemos exiliado a María por estas fiestas”.