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Don Nito artesano de los Santos Reyes

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altaltalt(San Juan, 10:00 a.m.) Con la llegada del Día de los Tres Santos Reyes, mi memoria evoca al genial artesano puertorriqueño don Juan Cruz Avilés. Cuando lo conocí ya era una leyenda de la talla de santos de palo. Don Juan Cruz Avilés, a quien todos conocían como don Nito falleció el 20 de febrero de 2009. Con su partida de cerró otra página más de la historia de nuestra artesanía. Se llevó consigo múltiples relatos sobre la vida del santero, el que iba de casa en casa pintando las figuritas que hechas de cedro o cualquier otra madera adornaban los altares familiares y con los que se recordaban a los santos, objetos de promesas y rezos de agradecimiento.

Por un favor recibido, por ser el día del santo, había que ponerle una pintura al “santito” para darle gracias. Fue así como de adolescente, don Nito aprendió el oficio de santero, mirando a los que iban de casa en casa y… así tomó un buen día el San Antonio de su abuela para darle unos toques de pintura y restaurarlo a su manera. Esa imagen fue parte integral de su altar familiar hasta inicios de este siglo.

Lo vi por primera vez, allá en la casa que compartía con su adorada compañera, doña María Luisa Acevedo. El letrero en la verja anunciaba: “Aquí vive el artesano Nito Cruz”. Uno había llegado a su casa, fuera en Pezuela, Bartolo o en el Barrio La Torre, sector Arana en Lares. El olor de madera llenaba siempre la marquesina, la sala y el comedor. Sobre las tablillas siempre había plantillas, santos en proceso, herramientas y pinturas.

“La sobrina de Toño Lassén, visita mi casa, un honor” y con esa frase se abrió la entrevista a uno de los maestros consagrados de la talla puertorriqueña de santos. De la mano de, promotor artesanal, Walter Murray Chiesa llegamos hasta allí. Ya habíamos conocido a don Carlos Vázquez, don Manuel Rodríguez y cuando al salir de casa de don Nito íbamos a ver a don Carmelo Soto. Hoy todos ellos están de tertulia, integrados a nuestro panteón de talladores y al amparo de los cientos de ángeles que una vez tallaron.

De técnicas casi no hablamos, más bien conversamos de la encomienda que recibiera para comenzar a trabajar la artesanía. Fue un llamado, al que accedió. A los pedazos de madera le comenzó a arrancar formas que, según los estudiosos, eran de estilo tradicional y recordaban las tallas de las familias Rivera, Cabán. Sus santos no eran ni cachetones ni eruditos, pero tuvieron desde el principio, manos largas y ornamentos que hablaban de Puerto Rico desde su ruralía. Desde aquellas montañas de Lares, su padre lo llevó más de una vez a ver a mi familiar a su casa- centro en el Barrio Las Cuevas en Loíza.

Don Nito murió a los 90 años. Retirado como servidor público y organizador de las lides de la reforma política del país de los años 50. Trabajó con la Autoridad de Acueductos desde San Sebastian a Las Marías y llegó una vez hasta a ser alcalde interino de su pueblo de Lares. Formó parte del grupo de talladores que le dieron fuerza a los esfuerzos de don Ricardo Alegría para organizar bajo el Instituto de Cultura Puertorriqueña, la División de Artes Populares y recuperar la talla de santos de las manos del olvido. Fue la razón para las múltiples visitas del maestro promotor artesanal, Walter Murray Chiesa y para muchos de sus “volteos” por la zona central. Se llamaba a sí mismo: “el más económico de los talladores”. Insistía que a nadie le negaría una talla por falta de dinero ya que tallaba por devoción.

De sus manos salieron Vírgenes, santos, Reyes Magos y nacimientos que le llegaban por otros sueños. Sus Reyes se popularizaron porque los regalos que le llevaban al Niño eran símbolos de la puertorriqueñidad, entre ellos la bandera con el fondo de la estrella azul celeste. Iban a pie, a caballo, o en camello y cuando llegaban frente al pesebre, los recibía el canto del gallo que colocaba en el techo. Tallaba las caras con la expresión tosca del trabajador de la tierra que tanto veía en su pueblo. Enfatizaba que el caballo blanco era el de Melchor. Guardaba con recelo en su taller, desde las plantillas hasta sus instrumentos de talla. Hablaba con respeto de todos los talladores y se dolía cuando se enteraba de la muerte de uno de ellos.

A todos los que le visitaban, tanto en las casas de la altura con patios llenos de árboles frutales (donde pude ver por primera vez un anón) y de matas de plátano, como en la casa temporera en la urbanización, les contaba la manera en que aprendió a tallar. Siempre recordaba la manera en que comenzó pintando a San Antonio, las pinturas que usó, cómo observaba las piezas de otros santeros para aprender a tallar. Fue de gran impacto en su adolescencia la visita en sueños de la Señora que le pidió que tallara y de adulto lo fue su devoción por la Virgen del Rosario. Mantuvo precios económicos en sus piezas y se preciaba del apoyo que recibió de su compañera santera, doña María, con la pintura de las piezas. Lloró la muerte de su compañera y tal vez comenzó a apagarse poco a poco. Era admirado por la elocuencia de sus palabras al hablar de lo que le faltaba al país y al improvisar versos sobre cualquier tema. Hasta el último momento los improvisó. Esos versos se conservan en el archivo que se llevó consigo. Mantuvo siempre su altar familiar y compartió sus oraciones con un círculo de amigos, que se reunían semanalmente.

Sus piezas eran muy solicitadas y estaban bien cotizadas. Hoy son parte de colecciones privadas y públicas y se exhiben en museos dentro y fuera de Puerto Rico. No llegué a recibir el angelito que tanto me prometiera, pero conservo las plantillas de Reyes que una vez me diera, guardadas en un sobre, para que lo recordara.

Esta vez al visitarle encontraremos un letrero que dirá: “Aquí descansa el artesano Nito Cruz”. El maestro tallador fue enterrado en el Cementerio Municipal de Lares.

No dudo que don Nito está tallando ángeles y Reyes Magos en el cielo.