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La mujer Boricua, guerrera de nación

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alt(San Juan, 1:00 p.m.) Hoy se conmemora el Día Internacional de la Mujer. Pocos saben que en realidad conmemoramos el sacrificio de mujeres trabajadoras que se inmolaron para lograr mejores condiciones laborales, justicia salarial y el derecho a cuidar de sus hijos cuando estuvieran enfermos. Han logrado mucho, pero todavía no existe igualdad. En una sociedad mundial machista, la mujer es siempre relegada. No importan los títulos y el poder adquirido, aparecen hombres insipientes que claman superioridad, pero que carecen de la capacidad y valentía de ser hija, madre, esposa, trabajadora, consejera, guerrera… y hacerlo todo magistralmente.

A pesar del discrimen por género la mujer se las ha ingeniado a través de los siglos para mantener su hegemonía e impregnar la historia con su legado. No importa que los hombres hayan intentado mancillar la presencia femenina acusándolas de brujas, malvadas, infieles, prostitutas…nadie puede negar que sin la mujer no tendríamos sociedad. Son las mujeres las que paren, aconsejan y educan a los hijos. Sin ellas no tuviéramos historia, en muchas ocasiones solo son las mujeres las que sobreviven guerras y desastres naturales tocándoles el rol de reinventar la sociedad y la historia a través de sus hijos. Honrar a la mujer a diario y reconocer su valía y aportación social es un deber de todos los seres humanos. Erradicar la violencia de género y el machismo es responsabilidad de todos y todas.

Provengo de una familia de mujeres fuertes, descendientes de arahuacos. Desde niño me enseñaron a ver a la mujer como un ser sagrado que emanaba del espíritu de Atabey, la diosa madre. Mi abuela materna, María del Carmen Acosta, nos sentaba a mi hermana y a mí en su regazo y nos contaba la historia de la familia. Recalcaba que descendemos de una línea de Madres Ancestrales que se hicieron cargo de preservar la cultura taína en las Indieras, ese territorio entre Maricao, Mayagüez, Añasco, Utuado, Adjuntas, Jayuya y Las Marías que sirvió de hogar a los últimos aborígenes puros.

Las mujeres preservaron la tradición cultural y se hicieron behiques, sustituyendo a los hombres en las funciones sacerdotales y en la conservación de la historia oral. También fueron curanderas y parteras.

Atabey en su sincretismo de Nuestra Señora de la Monserrate, es el espíritu cohesivo del oeste insular. Podemos entrevistar a los ciudadanos y todos concurrirán en que la patrona de Puerto Rico es la Monserrate, Virgen de piel oscura. Pocos conocen a la Providencia, de piel blanca e impuesta como patrona por pedido de Luis Cardenal Aponte Martínez, es la patrona de la Isla de San Juan Bautista de Puerto Rico.

Mamá, como llamaba a mi abuela, nos enseñó que la línea matrilineal es los que nos hace puertorriqueños, hijos de indios. Soy hijo de Carmen, nieto de Carmela, bisnieto de Matea, tataranieto de Ramona, chorno de Gregoria, hija de Atabey. Nunca olvidó a los varones y nos llevó en el tiempo hasta la llegada del primer ancestro europeo. Por ella supe que por línea paterna desciendo de canarios, castellanos, corsos, holandeses, judíos, franceses… La tradición familiar, el contacto con el mundo espiritual y la reverencia hacia los ancestros es parte integral del ser humano que soy.

La madre de mamá, mamita Matea o María Matea Acosta y Ortiz, fue un ser fabuloso. Partera, curandera y sacerdotisa de los misterios sagrados de la madre divina fue siempre un gran misterio. La reverencia que todos en casa sentían hacia ella me hizo difícil el camino para averiguar las interioridades de su vida. El silencio imperaba a la hora de tocar temas como ¿era mamita bruja?

Matea era de piel cobriza, facciones finas y pelo lacio. Era mestiza, hija de canario y de mestiza de arahuaca y canario, nació en Maricao. Aprendió de su madre y de su abuela los secretos de la tradición familiar. Una tradición hermética que debía permanecer secreta “porque a los indios los matan”. Hija y nieta de parteras, curanderas y sacerdotisas, junto a sus hermanas Jovita e Inés, continuó la herencia de sus mayores.

La familia emigró a Lajas. Trajeron desde la altura un almacigo, conocido como indio desnudo, símbolo de la familia. Descendiente de ese árbol es el que se yergue frente a la ceiba acostada en el sector Cañitas del barrio Sabana Yeguas en Lajas. En ese lugar se celebraba el batey en honor a Atabey. Aprendí sobre la ceremonia y el rol de las tres hermanas a través de una prima que es monja. A sus ochenta y cinco años recuerda vívidamente la ceremonia y aún puede recitar algunas de las oraciones, que cuando estudió historia y fue profesora e investigadora, antes de entrar al convento, descubrió que eran en arahuaco.

Matea era propietaria, algo raro en tiempos españoles. Dicen que mi bisabuelo, hombre acomodado, se enamoró perdidamente de ella, pero siempre fue un picaflor. En una de esas andadas embarazó a una mujer de una familia aristócrata y tuvo que casarse, pero siempre durmió con mamita. Solo los hijos mayores que tuvo con mamita llevaban su apellido, los otros, ella no permitió que los reconociera. Ella crio los hijos de la otra como suyos. Todos crecieron como una gran familia.

Cuando llegaron los estadounidenses, mamita perteneció a la primera clase de parteras que graduaron. Los nietos la recuerdan vestida de blanca, con su maletín de médico. Los vecinos del barrio la llamaban madrina y comentaban que era mágica. Los cuentos sobre sus manos santas y sus poderes curativos son infinitos. Desde niño, la gente mayor decía que heredé la forma de sus manos, dedos largos y finos. La compasión y su apoyo a las familias necesitadas han sido historias de velorios familiares desde mi infancia.

Hoy medito en estos recuerdos como una forma de honrar a las mujeres de mi familia, a mis amigas, a las mujeres. Bendigo a mis Madres Ancestrales y conservo viva la tradición.

“¡Que la bendición de Atabey (Madre Tierra) de los aráguacú (ancestros sagrados) y aracoel (abuela) este siempre con todas las mujeres de la tierra!