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Los Nuyoricans, el Barrio, Loisaida, la esquina… sabor Boricua

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altalt(San Juan, 12:00 a.m.) La diáspora puertorriqueña radicada en los Estados Unidos ha creado múltiples manifestaciones artísticas como parte del proceso de su desarrollo sociocultural. La base de estas expresiones artísticas está enraizadas en el legado de sus ancestros isleños. Símbolos identitarios como los Reyes Magos, el machete, el jíbaro, el puño…, los próceres y los intelectuales puertorriqueños encontraron nueva vida en las comunidades migratorias puertorriqueñas. Adaptar los elementos identitarios fue el primer paso para concebir nuevas exposiciones de la hibridez que se cuajó en las calles neoyorquinas. Al final nació un hijo espiritual de la cultura puertorriqueña cuyo genoma es boricua, con excepción del idioma.

“Las expresiones creativas puertorriqueñas en el continente son boricuas”, afirma la profesora Vanessa Vélez Caruso. “Analizas la pictórica y el contenido de los escritos generada en Estados Unidos por la diáspora y descubres elementos identitarios que están presentes en las expresiones nacionales enriquecidos con la experiencia migratoria”.

El nacimiento de estas expresiones creativas se fueron gestando a lo largo de las últimas tres décadas del siglo decimonónico y los primeros 65 años dl siglo XX ya bajo la hegemonía colonial estadounidense.

“Los puertorriqueños hemos estado emigrando a Estados Unidos desde antes de 1898”, asevera Vélez Caruso. “Durante los primeros años hubo una creación literaria mayoritariamente expresada en español. Como ocurre con todos los grupos migratorios la producción literaria puertorriqueña era para consumo de la comunidad. Se escribía en Nueva York, se publicaba allí, pero existía la esperanza de que lo escrito formara parte del colectivo identitario isleño. El amor a la Patria y la conciencia de nación se plasmaba en toda obra”.

Un cambio radical ocurrió con la generación nacida y criada en el continente que alcanzó su madures para finales de los años 1960 y principio de los 1970. La pobreza y la discriminación proyectaban a los puertorriqueños y otros grupos minoritarios como perdedores, enajenados sociales que no tenían cabida en la sociedad estadounidense. La lucha por los derechos civiles, la necesidad de transformar las condiciones de vida y hastiados de la pobreza forzó a los jóvenes puertorriqueños a expresarse en el idioma que la clase dominante entendía, inglés.

“Eran tiempos difíciles. La migración de los 1940 y 1950 había alcanzado la plenitud, existía una generación que se formó en las escuelas estadounidenses que exigió su espacio en la sociedad de la metrópoli”.

“Estos jóvenes sintieron una fuerza que los impulsó a narrar su experiencia de vida como comunidad puertorriqueña migrante”, enfatiza la artista plástico, escritora y profesora universitaria.

“Se rompió con las limitaciones impuestos por la clase dominante. La creatividad fluía y buscaba como expresarse. Había llegado el momento de dejarle saber al mundo que los boricuas de Nueva York, Nueva Jersey, Filadelfia, Chicago y Cleveland eran una comunidad con una cultura ancestral, con elementos nuevos, pero puertorriqueños”, añade Vélez Caruso.

Primero surgieron las artes plásticas, haciendo énfasis en los muralistas. Luego explotó la literatura. La expresión escrita de mediados de los años 1960 recogió las luchas, las preocupaciones, las experiencias y las expectativas de las comunidades puertorriqueñas que residan en Harlem Hispano (Spanish Harlem), Loisaida (Lower East Side) y el Bronx. Esa literatura adoptó el nombre de “nuyorican”.

La palabra “nuyorican” está cargada de dolor, exclusión y rechazo. La gran migración de los 1940 y 1950 se acentuó en su mayoría en la Ciudad de Nueva York. Los hijos de esta migración fueron forzados a aprender inglés y se les castigaba corporalmente si hablaban español. Esta inmersión forzada los inhabilitó para ser proficientes en la lengua de sus mayores, dando nacimiento al “spanglish”. Cuando esta nueva generación vino en busca de sus raíces se encontraron con el rechazo de los isleños

“Esa generación venían en busca de aceptación. No se sentían estadounidenses, eran rechazados por ser boricuas y vinieron en busca de su gente, pero la elite cultural isleña los rechazó, los denigró y los desdeñó”.

“De momento se encontraron solos. El “spanglish” separó a la nación porque para ese entonces el idioma fue el bastión identitario de la puertorriqueñidad, si no eras fluentes en el español no eras puertorriqueño. Se acuño entonces el término desdeñoso “nuyorican” para referirse a la diáspora”.

La primera vez que la palabra “nuyorican” aparece en la literatura fue en el poemario del poeta y artista plástico Jaime Carrero, “Jet neorriqueño/Neo-Rican Jetliner” (1964). El gentilicio evolucionó hasta las variantes niuyorrican”, “nuyorrican” y “nuyorriqueño”, expresiones que recogen la heterogeneidad de los emigrados puertorriqueños en Nueva York. Hoy día muchos hijos de emigrados boricuas nacidos, criados o residentes en Estados Unidos se describen así mismos como “nuyoricans”. Empero, la referencia geográfica de “nuyorican” ha motivado el surgimiento de otros gentilicios para referirse a otras localidades de emigrantes puertorriqueños fuera de Nueva York tales como: “diasporican”, “chicagorican”, “orlandorican”. Sin embargo, la acepción “boricua” es la más empleada para identificar a todos los puertorriqueños residentes en los Estados Unidos.

El primer escritor “nuyorican” que capta la atención de los medios estadounidenses fue Piri Thomas. El autor expuso su experiencia de vida creciendo como mulato puertorriqueño entre obras autobiográficas publicadas en 1967, 1972 y 1975.

La literatura “nuyorican” se institucionalizó con el Nuyorican Poets Café (NPC), establecido en la Ciudad de Nueva York en 1973 por los poetas Miguel Algarín y Miguel Piñero. El NPC surgió como un encuentro casual entre escritores en el apartamento de Algarín en el East Village de Nueva York. Luego alquilaron un bar irlandés entre 1975 y 1980, en ese año el grupo se mudó a un antiguo almacén en “Loisada” (Lower East Side), Manhattan. Desde entonces el NPC es el enclave emblemático de la cultura puertorriqueña en Nueva York. En el café se presentan representaciones públicas de poesía, música, teatro y artes plásticas. Los iniciadores del café se apropiaron del término “nuyorican”, que una vez fue despectivo y enajenante, para subrayar el carácter bilingüe y bicultural de la comunidad puertorriqueña en Nueva York.

Precursores de la literatura “nuyorican” son Pedro Pietri, Tato Laviera y Sandra María Esteves. Para la década de 1980 la experiencia “nuyorican” quedó atrás para dar paso al movimiento que se conoce como “post-nuyorican” o “diasporican”. Los temas de esta nueva literatura no fueron el discrimen ni la dualidad cultural que marcaron a la “nuyorican”. La nueva temática literaria fueron los problemas que enfrentaba la comunidad dentro de la sociedad: el deterioro urbano, la violencia, el coloquialismo y el radicalismo. Exponentes de esa nueva vertiente literaria fueron la poeta “Mariposa”, Judith Ortiz Cofer y Esmeralda Santiago.

En abril 1983 la Dra. Asela Rodríguez de Laguna organizó el primer encuentro de escritores isleños y de la diáspora en la Universidad de Ruthgers en Nueva Jersey. El encuentro potencializó un entendimiento entre la literatura surgida en Estados Unidos y los intelectuales formados en el Archipiélago Boricua. En ese momento se inició la integración de las letras nacionales y sus vertientes en español e inglés.

Para la década de los 1990 la literatura puertorriqueña producida en Estados Unidos se alejó del núcleo neoyorquino para integrarse a temas más multiculturales, sin perder su esencia identitaria. En el siglo XXI la aceptación de la literatura continental como parte de la nacional ha permitido un intercambio constante entre escritores en ambos lados del océano. La nueva conceptualización de una sola literatura permite el fortalecimiento cultural y potencia una literatura más universalista, que aunque no abandona la experiencia sociocultural, se integra a un mundo globalizado.

“Somos una nación con pluralidad de expresiones artísticas y literarias, pero conscientes que es en la integración unitaria donde radica nuestra fortaleza como pueblo”, concluye Vélez Caruso.