Mar08142018

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Pese a todo, los cristianos deben celebrar la Semana Mayor

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alt(San Juan, 9:00 a.m.) Los cristianos celebramos esta semana la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret, el Cristo o Mesías, Hijo de Dios, acorde a la tradición que heredamos de los conquistadores españoles. La religiosidad que caracterizaba la Semana Mayor se ha ido transformando con el tiempo. La influencia estadounidense ha suplantado el recogimiento espiritual y las reuniones familiares por paseos a la playa y fiestas estruendosas.

La mayoría de los jóvenes nacidos a partir de la década de los 1970 asocian la Semana Santa con las vacaciones de invierno de los estudiantes universitarios estadounidenses conocido en inglés como el “Spring Break”. Estas vacaciones son famosas por los excesos, el consumo de alcohol, las fiestas ruidosas, las idas a las playas o cualquier cuerpo de agua y el sexo desenfrenado. Este periodo vacacional estudiantil coincide con el final del invierno y la llegada de la primavera, usualmente ocurre entre febrero y marzo. Solo en Puerto Rico el periodo vacacional concierta con la Semana Mayor.

En Estados Unidos es opcional de cada estado otorgar el Viernes Santo como feriado debido a la separación que existe entre la iglesia y el estado. Empero, más que la susodicha separación el Viernes Santo no es feriado porque es una celebración católica. Estados Unidos fue fundado por protestantes, muchos de los cuales sufrieron persecución por parte de los católicos. Para la cristiandad católica su fe se constituye primero en la muerte del Salvador como expiación de los pecados de la humanidad luego en la resurrección. Contrario a los católicos las denominaciones protestantes depositan su fe en la resurrección, símbolo de la victoria del Cristo sobre la muerte y esperanza de una vida eterna.

La transición en las costumbres se acentuaba ya en mi generación. El Concilio Vaticano II modificó costumbres ancestrales como la de cubrir las imágenes en las iglesias con paños morados, el ayuno obligatorio y la de ir a misa con mantilla las mujeres. La migración que retornó a la Isla en la séptima década del siglo XX influyó grandemente en la transición de una religiosidad restrictiva a una más abierta donde la primera salió perdiendo y el asueto ganando.

Durante mi infancia la solemnidad de la Cuaresma y la Semana Santa impactaban la vida de todos. El temor a romper con la tradición y recibir el flagelo divino anidaba en todos los corazones. La Cuaresma era un periodo de preparación para la inmolación del Cristo. Los viernes solo se comía pescado. No se tomaba alcohol. El Viernes de Dolores se sacaba a la Mater Dolorosa (la Virgen María como madre acongojada) en procesión por las calles del pueblo para recordarnos el sufrimiento que el sacrificio de su hijo por nosotros le causó a su corazón.

Nadie faltaba un Domingo de Ramos a misa. Tomar las hojas de palma bendecidas significaba salud y bienestar durante todo el año. La gente evitaba hacer fiestas durante la Semana Mayor. La programación televisiva incluía programas y películas religiosas. La programación radial se volvía más solemne y meditativa; la música alegórica al sacrificio del Cristo y su resurrección inundaba las ondas radiales.

El Jueves Santo la mayoría de la gente no trabajaba. Al atardecer se asistía a la iglesia para el lavatorio de pies. El Viernes Santo se podía cortar la congoja con una tijera. La gente no hacía ningún tipo de trabajo. La comida incluía pescado en escabeche para evitar el esfuerzo de cocinar en exceso. La gente llenaba las iglesias para escuchar el sermón de las siete palabras. Los más fieles visitaban siete capillas para demostrar su celo religioso. A la 1:00 de la tarde era la procesión del crucificado y a las 6:00 p.m. el santo entierro.

La angustia terminaba el Sábado de Gloria. Ese era el día del baile, la fiesta y la algarabía. Cristo iba a resucitar. Algunos creyentes asistían a misa y esperaban hasta la medianoche para anunciar la resurrección del Salvador. Mientras tanto, la gran mayoría, hastiados de los cuarenta días de abstinencia carnal, celebraban con música, alcohol y sexo el milagro de la resurrección. El Domingo de Pascua la gente se engalana con sus mejores galas para ir a misa.

Desde la llegada de los estadounidenses se iniciaron los cambios en la religiosidad del puertorriqueño. Las iglesias protestantes comían carne durante la Cuaresma y el Viernes Santo, siendo este el primer cambio importante en la tradición religiosa. Comer carne durante la temporada era considerado un pecado mortal. Rotos los mitos sobre el comer carne se abrió la puerta a la desaparición de costumbres asociadas a las creencias heredadas de los conquistadores españoles.

La transición paradigmática alcanzó su cenit en los 1990. Las películas, las redes sociales, la promoción turística de la Isla como paraíso fantasioso para el “Spring Break”, la necesidad económica y la perdida de los valores religiosos son las causas principales para que las iglesias se vacíen y las playas se llenen en la Semana Santa.

Todavía existen personas que abogan por mantener la tradición. En San Juan por ejemplo se ha instaurado una ruta de peregrinación a las siete capillas de la capital que se recorre el jueves y viernes Santo. Pero, a pesar del fervor de algunos de los peregrinos, es más un acto de promoción turística que de fe. La capital cuenta con hermosas capillas siendo las más antiguas las de la Iglesia San José, cuya remodelación está casi terminada, pero que abrirá al público en horario restringido durante la Semana Mayor.

Las tradiciones evolucionan porque la cultura es un elemento con vida propia que se transforma y amolda acorde a los tiempos. Lo importante es mantener la esencia de lo que nos hace puertorriqueños. Esa esencia radica no en la religiosidad sino en el ¡Ay bendito! que nos caracteriza y nos hace el país con el corazón más bondadoso, empático y dadivoso en el Caribe.

Aprovechemos el feriado de la Semana Mayor para meditar sobre Puerto Rico y su futuro. ¡Bendecidos!