Mar08142018

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En camino… para estar con una amiga del alma (ensayo cultural a cuatro manos)

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alt(San Juan, 10:00 a.m.) Después de recorrer caminos anchos y voluptuosos, y oler como nos aconseja Cavafi, aquellas fragancias de los emporios de Fenicia. Después de también haber caminado por rutas estrechas y escabrosas nos hemos dado cuenta que viajar para ver a un amigo, a una amiga del alma, es la razón más válida que tenemos en estos tiempos para movernos de nuestra ciudad. Tomar un tren, un avión, un paracaídas o un parasubidas, o la humildad de un automóvil, fue la excusa para irnos de la Ciudad Capital de San Juan, ese domingo cualquiera.

Salimos rumbo a San Germán desde el Condado. Y nos sucederían eventos que nos adentrarían en un capítulo del realismo mágico que décadas atrás abarrotaría la literatura. Ahora mismo hacen ruido los candados del portón de mi casa pero no hay nadie. Y una lluvia de mariposas anaranjadas ahuyentan las amarillas del laberinto de Cien Años de Soledad hasta llegar a San Juan de Puerto Rico, esta extraña Isla flotante.

El viaje lo habíamos planificado con anterioridad, íbamos a visitar a una entrañable amiga que se encuentra afectada de salud. Salimos prestos a las 9 de la mañana. Conversábamos con humor extremo sobre los últimos incidentes culturales del país cuando nos enfrentamos con nuestro primer incidente del día. Las vías que nos daban acceso a la Autopista 52 estaban cerradas. Habíamos obviado totalmente que muchas de las arterias viales estarían cerradas debido a un maratón. La situación no nos amilanó. Nuestro chofer, conocedor de los recovecos capitalinos, nos llevó por un viaje enriquecedor a través de algunos de los sectores olvidados por los guías turísticos. Y cada tripulante de este viaje tenía una opinión distinta de cuál ruta tomar. Por aquí, no, coge por acá… ahí está cerrado, mira los guardias, por esta otra calle, dale… así supimos que el pobre chófer alquilado para estos oficios solo con el alimento del día, estaría mareado de tanta orden y especulación.

Ninguna vía parecía desembocar en la avenida que nos sacaría de este laberinto. Calle que tomamos, paso que estaba cerrado. En busca de una salida hacia la autopista nos adentramos por callecitas que nunca habíamos transitado. De momento, como una visión mágica de aquellas de las que hablábamos, nos encontramos de frente con un grupo de edificaciones Art Deco perfectamente conservadas y bien pintadas en una calle incómodamente estrecha. En el balcón del tercer piso de la estructura central se encontraba la imponente figura de una matrona enfundada en una bata roja y turbante de colores que cubría su cabellera enrolada. La dama degustaba un café mientras su mirada se perdía en lontananza. Quién sabe qué otra poción le habrá echado al café que aquella mirada no se recuperaba del olor de la taza. La visión nos llevó al tema del momento, las parceleras, tópico que no discutiremos en esta memoria de un viaje pletórico de risas, cuentos e historias, pero sobre todo de mucho amor.

Sin darnos cuenta, dejábamos atrás la ciudad y nos adentrábamos a traspasar las montañas en el expreso. Aún notamos la agonía de algunos árboles que no pudieron sobrevivir a la embestida de María. Los verdes tímidos que junto a los marrones de la tierra árida del Sur no adormecen la memoria terrible de meses pasados. Pero este sería un viaje más trascendental.

Paramos en Santa Isabel para comer harina de maíz. Un antojo que satisficimos copiosamente. Harina de maíz y canela, así la servía la abuela de todos. El olor de nuestra niñez. El sabor de la cocina, la humedad sudorosa de la abuela ante el fogón, o la estufa, porque ya Puerto Rico era otro que salía de la pobreza. La harinita de aquel domingo estaba deliciosa. Satisfecho el antojo, nos aprestamos a retomar el camino, pero, por supuesto, la tentación de probar la suerte se apoderó de dos de los viandantes que gastaron lo que no podían ni debían en comprar pedazos de la lotería tradicional a un billetero de Maunabo, o era Naguabo. Imaginamos la suerte que los llevaría a tomar un velero de 6 meses alrededor del mundo, o un parasubidas que escalonara de nube en nube para cumplir al menos un deseo. Creímos perder a los amigos en un futuro cercano. Mas luego supimos que nada de aquello sucedería.

Llegamos a San Germán a punto del mediodía. La entrada del majestuoso hospital parecía la entrada de una catedral. Silencio y frío. También miedo por nuestra amiga enferma. En aquella habitación desapareció el silencio sagrado. Nos encontramos con buenos amigos. Los abrazos, los besos, las carcajadas sonoras, los chismes y los temas culturales e históricos hicieron cortas las cinco horas que pasamos visitando a nuestra entrañable amiga Raquel Brailowsky. Esta vez la amiga, la hermana, que en su fragilidad se empeña con vencer la batalla. Porque el espíritu humano tiene una fuerza insondable.

Ya de regreso, con un nuevo compañero de viaje, paramos a comprar pan, queso, jamón y besitos de coco en Sabana Grande. Un poco más al Sur, paramos a cenar en un restaurante ponceño a la vera del mar Caribe donde el plato principal es el caldo de las siete potencias, recomendado por reconocidos urólogos como una alternativa natural a la viagra. También comimos surullitos de maíz, ah el maíz, ese alimento que sostendría a todo un continente. Viva la nobleza del maíz.

Llegamos al Condado a las 9 de la noche. Estábamos cansados, satisfechos y gozosos por un viaje inolvidable que ha abierto posibilidades a nuevos proyectos y aventuras futuras. Inolvidable la mujer que dejamos atrás y que volveríamos a ver tan milagrosamente días después leyendo poemas. Habrá un acto de más humildad ante la vida que la lectura de un poema, que aquella mirada definitiva que repite desde la mudez, estoy tan viva que ardo. Qué deleite haber viajado para visitar a una amiga. Tantos espectros que componen al amor.