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Conmemoremos hoy al Resucitado

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alt¡Resucitó! ¡Aleluya! ¡Resucitó! La cristiandad basa sus dogmas religiosos en la resurrección de Jesús de Nazaret, que según la tradición resucitó al tercer día, en la mañana del primer día de la semana.

Fue enterrado el viernes antes del oscurecer porque se iniciaba el Sabbath o sábado que en este caso coincidía con la Pascua o la primera luna llena de la primavera. Durmió dos noches en los brazos de Tanatos y en algún momento de la madrugada del domingo resucitó en concordancia con el Nuevo Testamento.

María Magdalena fue la primera en recibir la noticia de la resurrección. Llegó al sepulcro junto a un grupo de seguidoras de Jesús para terminar de embalsamar el cuerpo, pero lo encontraron abierto y vacío Lloró desconsolada por lo que consideró el robo del cuerpo de su Maestro hasta que un ángel le habló y le dio la buena nueva. Nadie creyó en la historia de la ciudadana de Magdala. Es más, aun cuando Jesús se presentó a sus discípulos lo hizo en un cuerpo nuevo donde solo las marcas de sus heridas lo identificaban. Les tomó tiempo reconocer a su Señor.

Sea lo que haya sucedido en ese momento algo ocurrió que fortaleció la fe de un grupo de judíos y los motivó a llevar el evangelio o buena nueva a través del mundo conocido. Al principio, los cristianos mantuvieron las tradiciones judías. No es hasta que Pedro y los otros apóstoles deciden abrirse a los extranjeros que cambian las tradiciones judías abriéndose a nuevas vertientes para facilitar la entrada de neófitos a la creencia del Cristo resucitado.

La fe cristiana prosperó en el amor y las enseñanzas de Cristo hasta que Constantino el Grande la convirtió en la religión del imperio. A partir de entonces las tradiciones cambian. Jesús un maestro, profeta y ser humano es deificado. El Dios único de los judíos se transforma en un Dios trino, acentuando la creencia romana de una trinidad de dioses. María es ascendida al cielo porque la nueva religión necesitaba de una madre divina, pues se hizo imposible erradicar las creencias en la diosa o la energía femenina de los antiguos cultos. El cristianismo dejó de ser una religión de amor y paz y se convirtió en una de espada, fuego y muerte. Los cristianos hicieron con los paganos no conversos lo mismo que estos habían hecho con ellos. Hubo destrucción de la memoria histórica antigua y se impusieron restricciones sobre la sexualidad en un afán por controlar a los nuevos conversos.

La nueva religión adoptó las costumbres de la antigua religión romana que el eran afines y las casó con tradiciones judías. Luego sumó los mitos de Mitra y añadió aspectos del zoroastrismo. Eliminó la reencarnación de la tradición porque no concordaba con su enseñanza de sufrirás en esta vida, pero luego disfrutarás de las bonanzas del cielo. Aunque se creó el infierno y el purgatorio, mitos grecoromanos que nada tenían que ver con el judaísmo, para imponer la doctrina, juzgar y condenar a otros.

Para el siglo III de la nueva era, el cristianismo original había sido transformado en una religión prostituida, cargada de tradiciones ajenas a las enseñanzas del Mesías, marcada por la injusticia, la persecución y la muerte. La reforma protestante intentó hacer modificaciones para volver al amor de Cristo, pero terminó siendo una cuna de fanáticos tan injustos como los otros.

Esa es la religión que llegó a América. La conversión de miles de aborígenes estuvo marcada por el dolor y la muerte. Fue una religión impuesta a espada. Los nativos se las ingeniaron para mantener sus creencias vivas. El sincretismo, que luego sería empleado por los afrodescendientes, fue su salvación. Añadieron sus creencias a las de la Iglesia Católica haciendo pasar sus dioses por santos y sus mitos por enseñanzas cristianas. El discrimen racial y clasista manchó las iglesias católica y protestantes. Ambos grupos despreciaron a los de piel más oscura y humillaron a los pobres en favor de los pudientes. Las sociedades cristianas, una vez símbolo de inclusión y perdón se convirtieron en prisiones de desprecio, rechazo, opresión y odio.

El cristianismo que conocemos hoy, nada tiene que ver con el de Jesús y sus apóstoles. El odio que emana de algunos predicadores no es de Cristo. Jesucristo es amor. El cristianismo tiene buenos preceptos que han sido sepultados por la avaricia y el deseo de control de los líderes religiosos. El verdadero cristiano demuestra los nueve frutos del Espíritu Santo expuestos en la Carta de san Pablo a los gálatas: Gálatas 5:22-23 Reina-Valera 1960 (RVR1960) 22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, 23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Hoy conmemoro al Resucitado, no al Jesús de la cristiandad. El Maestro que nos enseñó a amar, respetar y valorar la diversidad humana, ¡vive! Jesús está presente en nuestros corazones esperando ser rescato de la prisión en que lo han sumido el egoísmo y el odio de la humanidad. Bien dijo el Maestro, “mi reino no es de este mundo”, pero podemos hacerlo realidad. Es hora de ponernos a trabajar para rescatar el amor de Cristo y comenzar a vivir acorde a sus principios de respeto y tolerancia, parte integral de su mensaje de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Jesús está vivo. ¡Libéralo! ¡Qué el amor de Cristo transforme tu vida y te guie a construir un mundo mejor para todos! ¡Bendiciones!