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Frida, ¡Viva la vida! Por Alba Nydia Díaz

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alt(San Juan, 11:00 a.m.) Recientemente un grupo de “cuates” mexicanos me convidaron a ver la puesta en escena de “Frida, ¡Viva la vida!”, un monólogo por la primera actriz Alba Nydia Díaz. Me auguraron que iba a disfrutar el soliloquio, escrito por el mexicano Humberto Robles, que expone la vida tormentosa de la pintora mexicana Frida Kahlo (1907 a 1954).

La realidad fue que no solo disfrute de la magistral interpretación de Díaz sino que me transporté a los días en que estuve por primera vez en México en 1974. La producción transformó la sala experimental del teatro santurcino Victoria Espinosa en un rincón de Coyoacán, Casa Azul. Coyoacán es una de las delegaciones más bellas y antiguas de la Ciudad de México. Es sitio de peregrinación para los amantes de las artes desde 1958 cuando Casa Azul fue convertida en museo, cuatro años después de la muerte de la pintora. El Museo Frida Kahlo es una prolongación de la vida misma de la artista plástico. Un templo impregnado con la esencia creativa de la genial artista que nació y murió en ese rincón al que siempre consideró su hogar, sin importar dónde viviera. En la hermosa casona se encuentran algunas de las obras importantes de la artista: Viva la Vida (1954), pintura que le da nombre al monólogo de Díaz; Frida y la cesárea (1931), Retrato de mi padre Wilhem Kahlo (1952), entre otras pinturas icónicas de la artista latinoamericana más reconocida internacionalmente.

La escenografía principal lo constituyó la cocina de Casa Azul. Este es el espacio central de la vida diaria en el México tradicional. La utilería no dejó fuera ningún artefacto importante en una cocina tradicional mexicana. El tequila, los cigarrillos y la marihuana también tuvieron su espacio en ese ambiente idílico y protegido donde yace el fuego hogareño.

Díaz nos presenta una Frida que ansiaba sentir las caricias afectuosas de su esposo, el muralista Diego Rivera. Cocinaba y pintaba para complacerlo. Lo idolatraba, pero este se entretenía en las camas de sus múltiples amantes. No estaba sola. Conversaba con sus eternas compañeras, las calaveras de dulce tan importantes en la conceptualización mexicana sobre la muerte, una constante en la vida de Kahlo.

La obra es una introspección de Frida sobre Frida. El parlamento recoge los quebrantos de un ser atormentado. Las tres calaveras que la escuchan son leales y solidarias. La visión cosmogónica de la muerte, la resistencia a una transición a un mundo desconocido sin luchar no es una opción. Frida es ejemplo de lucha. Los sufrimientos del alma superaban los de su cuerpo físico. La artista plástico era una amalgama de angustiosos dolores y piezas desencajadas a consecuencias de la poliomielitis y de un aparatoso accidente. Al final, la gangrena se comió la carne como los gusanos que le corroían las entrañas. El dolor no detuvo su vida, solo la impulsó a construirse varias vidas…

Díaz captó y pudo transmitirle al publica la profundidad creativa y la esencia emocional de Frida Kahlo. El acento cantadito de los chilangos, las frases coloquiales y los refranes que tanto distinguen a los mexicanos del Distrito Federal enriquecieron la magistral actuación de Alba Nydia. La actriz se convirtió en Frida y la pintora se encarnó en Alba Nydia para regalarnos una presentación emotiva y reflexiva.

Frida es producto de una sociedad machista donde la mujer está subyugada a la voluntad de los hombres. La idolatría por Diego trasciende la conceptualización actual de lo que deben ser las relaciones de pareja. Empero, Frida no era sumisa, solo amaba y se entregaba. Aprendió a buscar el placer en otros, pero su amor y su esencia eran solo de Diego Rivera. Frida y Diego de complementan. El uno es el alter ego del otro. Unidos son parte de un musaico con colores explosivos y grises dolorosos.

La obra capta ese sentimiento especial, íntimo y muy de Frida para su marido. El más leve de los ruidos la ilusionaba con la idea de que Diego había llegado a la casa para despertar la flor de su cuerpo y llenarla hasta la saciedad. Kahlo vivió enamorada de un hombre que le era constantemente infiel. Lo fue hasta con su hermana más querida, Cristina Kahlo. Los perdonó, pero su alma se sumió en un calabozo solitario del cual fue incapaz de salir.

Frida Kahlo alcanzó la gloria en vida, pero su existencia se iba extinguiendo. El éxito fue incapaz de subsanar los tormentos del cuerpo ni la multitud de admiradores y amigos pudieron erradicar el abandono en que la sumió el desamor.

Los personajes masculinos importantes en la vida de Kahlo no son más que maniquís colgantes que suben y bajan del techo según son nombrados por la actriz. Diego Rivera, figura cimera, era un hombre obeso con un libido descontrolado que vivió infinidad de infidelidades que llevaron a la pintora a experimentar con la bisexualidad en busca de una respuesta del por qué era imperativo para el muralista tener tantas mujeres. El cubista catalán Pablo Picasso, amigo y admirador de Frida, le regalo unas argollas en forma de manos que recordaban la genialidad creativa de la artista. La pasión la conoció en las caricias del líder revolucionario ruso, León Trotsky. La artista plástico se burla de su amigo André Bretón quien quiso encajonarla en el surrealismo cuando ella sabía que sus pinturas no eran sueños sino una muestra real de su terrible soledad. No podía faltar el disímil a sus ideales comunistas, pero mecenas de las artes, el capitalista estadounidense, Rockefeller.

Solo Tere, una de sus amantes, comparte físicamente con ella una escena amatoria hedonista, pero tierna y esperanzadora. Tere fue encarnada por la actriz Ana Marta Arraiza, quien también es la voz cantante en la obra.

El otro personaje que deambula por el escenario es la muerte, Bryan Villarini, quien además fue el coreógrafo de la producción. La obra es enriquecida con la participación de un cuerpo de baile que actúan como sombras fantasmales o personajes de la memoria que le recuerdan la brevedad de la vida y lo efímero de los logros. Las calaveritas o bailarines fueron: Wilorys Alonso, Nahielis López, Anthony Rivera, Giusseppe Sabater. Karlo Martínez.

Los acordes musicales llenaban los espacios vacíos como olas emotivas que acarician dulcemente los pies o un maremoto que arrasa todo a su paso. La musicalización estuvo a cargo de Aidita Encarnación. Los músicos fueron: Ángel Trinidad, bajo; Yabey Marcano, percusión; Yamuel Marcano, trompeta; Fernando Marcano, piano.

La escenografía, originalmente de Toni Hambleton, pero actualizada por José Díaz, cambiaba constantemente para ubicarnos en diversos espacios que iban desde el dormitorio y el estudio de arte hasta visitas a Nueva York y París o hasta una tumba donde la muerta se integra a la inmortalidad mientras su carne se corroe. No hubo detalle que se le escapara a la producción para lograr el efecto deseado, desnudar el alma de Frida en su entorno.

La obra fue una producción del carolinense Florentino Rodríguez Cruz y la dirección estuvo a cargo de Sonia Valentín.

Alba Nydia Díaz demostró en este regreso a los escenarios teatrales su poderoso dominio escénico y su pasión por la vida.

Frida es símbolo de vida más allá de las limitaciones físicas y emocionales. La pintora es una versión femenina del Quijote. Ambos en la genialidad de su locura creativa construyeron mundos eternos para el disfrute de los mortales que constantemente andamos en busca de héroes o de ídolos con pies de barro. “Frida, ¡Viva la vida!” es una oda a la vida misma que en su brevedad puede superar las expectativas cuando nos liberamos de conceptos y prejuicios limitantes.

No puedo terminar este escrito, y para beneficio de los neófitos en la cultura mexicana, sin explicar el término “chilango”. Chilango es el sobrenombre con que se conoce a los nacidos y criados en la Ciudad de México y zonas aledañas. Existen varias versiones sobre el origen etimológico del término chilango. Entre todas la más admitida es la que establece que aquel procede de cilanco que hace referencia al charco salado que deja un río al secarse. Con esto se afirma el hecho de que la ciudad de México se fundó sobre lo que quedó del lago de Texcoco. Como bien dice aquella canción de Jorge Negrete: “Guadalajara es un llano y México es una laguna. Me he de comer esa tuna aunque me espine la mano”.