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Madre hoy te celebro

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altaltaltHoy es día de la madre. Estoy triste. No puedo evitarlo. Soy huérfano. Mi madre partió a la eternidad hace casi dos años, y aunque sé que está bien, la extraño profundamente. Nunca me preparé para su partida, creo que nadie se prepara para eso. El ciclo de la vida nos lleva a aceptar la transición, pero el vacío que queda en el alma es nos hace imposible llenarlo. Los afectos y los recuerdos se sienten con más pasión ante la falta de los actores que una vez nos prodigaron amor y hasta nos dieron una buena paliza como reprimenda a nuestra conducta alborotada.

El tiempo pasa y con su fluir se acrecienta la nostalgia. Ahora entiendo claramente porque decimos que todo tiempo pasado fue mejor. Las etapas de la vida nos marcan de tal manera que cuando los grandes personajes de nuestra efímera existencia se han marchado es cuando más les extrañamos. Envejecer nos da una nueva perspectiva de los porqués, que cuando éramos más chicos no comprendíamos.

El día de madres en mi casa siempre fue una mezcla de alegría y nostalgia. Mi bisabuela falleció un domingo día de madres en 1955. La fiesta se convirtió en llanto. Desde ese momento, la festividad tenía un dejo de solemnidad que nunca vi en otros hogares. Mamá, mi abuela, vistió siempre de luto. Con la partida de mamita, nombre con que nos referimos a las bisabuelas en la familia (mita son las tatarabuelas) todo el afecto se volcó hacia mamá. Mamá y mamita eran una. Madre e hija estuvieron siempre juntas, hasta el final. Así estuvieron mi madre y mamá. Ambas cerraron los ojos de mamita. Mami cerró los de mamá y mi hermana Estela y yo cerramos los de mami.

Hoy rememoro aquellos días de madres que fueron tan especiales para mí cuando era chico. Ese domingo de mayo, la casona familiar en Lajas se convertía en un parador. Entraban y salían familiares con regalos para mamá. Las otras madres familiares ocupaban un segundo plano.

Ese día se sacaba una hermosa colcha de almohadones cocidos con hilos de oro y plata que había pertenecido a mamita. Se vestía la cama de mamá con la colcha y sobre esta se depositaban los regalos. Llegaban primero los tíos abuelos y los sobrinos de mamá. Luego los hijos y nietos. Hoy me doy cuenta que estaba todo organizado por una jerarquía que ene se entonces no entendía. Los nexos sanguíneos, desde los más viejos hasta los más jóvenes, seguían un orden ritual que nos llevaba a los clanes ancestrales del cual todos descendíamos.

Lo que nunca podré entender era porqué todos los regalos iban a un armario. Mamá los guardaba como tesoros para ser mirados, pero nunca abiertos. No es hasta su partida a la eternidad que mami y mis tías los sacaron para ser repartidos entre los familiares. Nunca sabré si mamá guardaba sus regalos porque su madre nunca disfrutó de los suyos aquel triste día de madres…

Durante mi infancia y juventud, el día de madres era un día de mucho trabajo en la finca. Desde muy temprano las mujeres de la casa se preparaban para el aluvión de parientes. Hoy día se gastaría una millonada para alimentar a 90 o 100 familiares en un día. Siempre se cocinaba arroz con gandules, arroz blanco con tocino y arroz con guinea. No faltaban los gandules guisados con boyas y las habichuelas con jamón. Había lechón asado, pollo guisado y carne guisada. Pasteles y empanadas de yuca. No faltaban las viandas y la deliciosa harina de maíz guisada con gandules. Los postres eran los tradicionales: pasta de guayaba con queso de hoja; dulce de papaya, dulce de grosellas, coco en almíbar, besitos de coco y una deliciosa pasta de coco. Todo terminaba con una taza de aromático café pilado en casa.

El día de madres era una fiesta de amor. La familia conversaba sobre multiplicidad de temas. Las tertulias incluían las historias familiares, las vivencias de los hijos en un mundo cambiante, la política, el futuro del país eran los temas predilectos. Nunca se habló de religión. Siempre hubo un rosario a la memoria de mamita (María Matea Acosta y Ortiz). La música siempre estuvo ausente. Hoy comprendo que era una fiesta en honor a la matrona familiar que se nos fue un día de madres.

La tradición familiar era muy importante. La casona era el centro de la familia, el hogar de todos. Esa finca, que aún es propiedad familiar, representaba seguridad, porque no importaban los avatares de la vida, siempre había un lugar a donde llegar en busca de refugio. La casa y la tierra representaban la unidad familiar.

La reunión familiar también era un día para aprender sobre la línea matrilineal que nos unía a las madres arahuacas de las cuales desciende mi familia materna. Mi clan vivía orgulloso de su raíz arahuaca y hasta mi generación se nos educó sobre lo importante que era esa conexión especial que nos hacía hijos verdaderos de Boriquén. Recuerdo repetir aquello de “Yo, Félix, soy hijo de Carmen, nieto de Carmela, bisnieto de Matea, tataranieto de Ramona, chorno de Gregoria… hija de Atabey”.

Hoy atesoro esos recuerdos. El mundo cambia demasiado rápido y las memorias se olvidan para dar paso a nuevas tradiciones. La tecnología nos aísla y corta ese vínculo que nos une a la tierra y a los ancestros. Nos desnaturalizamos por no conversar. Desconocemos a los ancestros. Nuestros hijos muchas veces ni siquiera saben quiénes fueron nuestros abuelos.

Cada día se hace más importante rescatar las memorias familiares y compartirlas. El día que nos olvidemos de nuestros seres queridos que han pasado a la eternidad nos olvidaremos de la Patria porque ella no es más que la suma de sus vivencias.

Los pueblos se sostienen sobre el legado de sus ancestros. Hagamos un día diferente de madres y rescatemos los recuerdos de nuestros ascendientes para compartirlos con nuestros descendientes. ¡Feliz día de madres!