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Pase lo que pase seré siempre Puertorriqueño

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alt(San Juan, 12:00 p.m.) El desapego a la puertorriqueñidad de los dos últimos grupos generacionales, los “y” y los “millenials” o nini, me quedó evidenciada esta semana pasada al conversar con dos jóvenes profesionales. Los comentarios de un varón de 24 años y una fémina de 37 me han hecho cuestionar el futuro de nuestra idiosincrasia como pueblo.

El primer incidente ocurrió mientras tomaba café con unos amigos cincuentones. Uno de ellos, al que llamaré Ángel, trajo a colación la invasión que nuestro glorioso guerrero, el coquí, ha hecho de Hawái y de California. Elaboramos sobre las noticias y las acciones que los gobiernos de ambos estados estadounidenses estaban tomando para erradicar esta supuesta “plaga”. Una joven asociada, a la que llamaré Janet, se sumó a la conversación y comentó que a ella le molesta el canto del coquí y que deberíamos exterminarlos aquí en la Isla también. Se me pararon los pelos, salí en defensa de nuestro batracio. La joven inmediatamente expreso que ella no se identifica con ese sapito como símbolo puertorriqueño.

“Mi generación rompió con patrones culturales arcaicos formados por una sociedad agrícola. Pertenezco a una sociedad globalizada”, expresó la joven profesional.

No pude contener una sonrisa sarcástica, no por las palabras de la “nini” sino por la cara sombría de mis amigos. Parecía que les habían arrojado un balde de agua fría. Todos me miraron, esperaban que despedazará a la criatura infame que atacaba a nuestro símbolo nacional. Fui condescendiente con la profesional, la despellejé, pero le deje el corazón latiendo.

“Querida, entiendo que desees ser globalizada, pero me puedes decir ¿cuántos idiomas dominas?”

“Hablo español y entiendo inglés”.

“Ósea que eres globalizada, pero solo chamuscas el lenguaje de Cervantes”.

“¿Quién es Cervantes?”

“No fue nadie, no te preocupes por Cervantes, pero te aconsejo que leas y aprendas otros idiomas, incluyendo sobre su literatura”.

“No me gusta leer. Bueno, estoy tomando clases de inglés”.

Inmediatamente le cambié la conversación al lenguaje de Shakespeare, al que me imagino tampoco conoce. La pobrecita se quedó en una pieza.

“No entendí lo que dijo”.

“No te preocupes, solo continua estudiando, tal vez en el proceso aprenderás algo más que querer sacar de ti la mancha de plátano”.

La pobrecita, se miró la blusa para ver donde tenía la mancha.

Terminamos la conversación, creo que más bien por compasión con la joven a la cual convertí en blanco de mi temperamento irónico y mi lengua mordaz.

Ángel salió conmigo. Iba pensativo. Me miró profundamente y me preguntó

“¿En qué fallamos?”

La otra experiencia me ocurrió con “Antonio” (nombre supuesto), joven profesional, experto en comunicaciones. Trabaja en publicidad. Tiene un programa radial de música del siglo pasado, digamos toca boleros, salsa, rumbas y merengues. Es ateo, aunque prefiere que no lo encajonen en conceptos sociales. Tiene una novia. No piensan tener hijos, van a adoptar un perrito.

El joven se sinceró al decirme que no le interesa su pasado. El y su novia quieren vivir lejos de sus padres. No se siente puertorriqueño. Prefiere hablar inglés o guardar silencio, a pesar de expresarse muy bien en español.

“No siento apego hacia Puerto Rico ni su cultura. No está en mí. Solo me tocó vivir aquí. Mi padre es sudamericano, mi madre nació en Nueva York. Lo más puertorriqueño que tengo es mi abuela que nació aquí. Desconozco sobre la familia de mi padre porque él y mi madre se separaron siendo yo un niño”.

“Sinceramente el pasado no me interesa. Vivo el hoy en camino hacia el mañana. Pertenezco a una generación que busca nuevas fronteras, alejada de nacionalismos y tradicionalismos, Hoy estamos aquí, pero mi novia y yo hemos contemplado irnos en algún momento. No nos hemos marchado porque ambos tenemos buenos trabajos” afirma Alejandro.

Alejandro y Janet representan a los grupos educados de la sociedad puertorriqueña que controlarán el futuro del país por los próximos 40 años. No todos en estos grupos generacionales encajan dentro del prototipo de estos jóvenes, pero, si es una sintomatología que está en incremento y que tendrá un efecto determinante en el futuro sociopolítico de Puerto Rico.

En antítesis de estos jóvenes está Sara Líah Acosta, joven universitaria, veinteañera, estudiante de empresarismo, poeta, modelo, gestora cultural y amante de su puertorriqueñidad.

“Yo soy puertorriqueña y me enorgullezco de mi identidad. Mis padres (padre puertorriqueño y madre colombiana) me enseñaron a amar mis raíces. La identidad cultural se aprende desde el vientre”.

La falta de apego a la Patria que adolecen estas generaciones radica en que sus niñeras han sido la televisión, los videojuegos y el internet. La ambivalencia política del país, los intentos de americanización de las administraciones del Partido Nuevo Progresista, un currículo educativo deficiente que ensalza lo extranjero y desluce lo autóctono, son otros atenuantes que han incrementado el desapego a la puertorriqueñidad.

“La identidad nacional se aprende a través de la familia y la educación. Antes, los hijos eran cuidados por las madres que se quedaban en el hogar o por miembros del núcleo familiar. Esta relación fortalecía los nexos familiares, los hijos aprendían de sus padres a ser puertorriqueños”, señala Sylvia Rosario, orientadora.

“Los niños desarrollaban gustos culturales similares a los padres, quienes lo aprendieron de los suyos. En la escuela los estudiantes aprendían la historia de la Isla, las canciones patrióticas y juegos infantiles que reforzaban la identidad. La industrialización y la modernidad rompieron con este patrón. Ambos padres tuvieron que salir a trabajar para poder ofrecerles mejores condiciones de vida a sus hijos. Los niños fueron a cuidos infantiles, escuelitas o a casa de parientes que los ponían a ver televisión para entretenerse”.

“Las nuevas generaciones comenzaron a identificarse con patrones ajenos a su identidad nacional porque era lo que veían en la televisión. Los medios de comunicación y sus campañas en menosprecio a lo puertorriqueño hicieron el resto”.

Lo puertorriqueño se convirtió en el patito feo, mientras que las emocionantes y glamorosas historias televisivas proyectaban una imagen idealizada de otras culturas, en su mayoría anglosajonas. Poco a poco los niños crearon un paradigma en repudio a lo “feo” y en favor de esas imágenes exitosas de gente de otras culturas.

En repudio a estas campañas negativas nació un movimiento de afirmación cultural e integración caribeña. Grupos de jóvenes iniciaron el rescate de la cultura negrista boricua y fomentaron las escuelas de bomba y plena. Hubo un resurgir de la décima, de los versadores y del cuatro como instrumento musical nacional junto al pandero, el barril, el güiro y las maracas.

Pero la lucha continua. Existen varios grupos con propósitos encontrados. El pueblo llano tiene su propia guasábara para preservar su identidad, el sistema educativo público y el español como idioma nacional. Los intelectuales organizan conversatorios y encuentros, con excelentes planteamientos, pero ninguna implementación. Los trabajadores luchan por subsistir en su Isla, mientras los universitarios se van a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades laborales.

Cuando analizamos objetivamente la situación llegamos a la conclusión que los problemas tienen similitudes con las ocurridas en el país en el siglo XX. Los jugadores son diferentes, las influencias se han incrementado, pero existe un grupo de resistencia que se siente orgulloso de enarbolar su bandera y gritarle al mundo que es boricua.

El sentimiento a lo patriótico es más palpable entre las comunidades que en las universidades. Empero lo mismo ocurrió en el siglo XX. Los “educados”, en muchas ocasiones, querían emular el estilo de vida de los estadounidenses (en ese entonces se llamaba pitiyanquis), mientras que los jíbaros se enorgullecían de su acervo identitario.

Hoy existen muchos profesionales que su único plan de vida es coger la maleta e irse en busca de un trabajo que les remunere salarios con cuatro ceros o más. Otros empero, intentan revivir la agricultura, estimular la creatividad artística, cantarle versos a la Patria, escribir microcuentos, rasgar las cuerdas del cuatro o y bailar al son de un pandero y un barril. Aunque a veces se nos haga difícil creerlo, estos últimos son los más.

Confío que al igual que sucedió en el siglo pasado, esta nación con una cultura de resistencia venza a los enemigos externos e internos. Por mi parte, hago y haré lo que esté de mi parte para fortalecer el sentido identitario nacional porque soy y seré Puertorriqueño.