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Natalicio de Juan Mari Brás 2 de diciembre

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alt“La Resolución 1514(XV) parte de las premisas muy categóricas: el colonialismo no tiene justificación alguna; el derecho a la soberanía es inalienable, no puede renunciarse. Por tanto, los requisitos son igualmente categóricos: transferencia de todos los poderes a los pueblos coloniales, para permitirles gozar una libertad y una independencia completa. Por primera vez se hace claro que la independencia es requisito previo a la libre determinación. La independencia no es un posible resultado de la libre determinación, sino su causa. Un pueblo no puede auto determinarse si primero no se la ha reconocido plenamente su independencia.”

Epístola de paz a Juan Mari Brás

¿No ha de haber un espíritu valiente,

siempre se ha de sentir lo que se dice,

nunca se ha de decir lo que se siente?

Francisco de Quevedo y Villegas

Dígame, Juan, usted que se conoce

esta Patria al derecho y al revés,

¿por qué hemos de sufrir viviendo el roce

de la muerte y saberlo y a la vez

ser como somos, valerosos, buenos,

pueblo que se reafirma en lo que es?

pese a que la barbarie de los truenos

hizo de Vieques un sifón de vidas,

el trágico jardín de los venenos.

Aquí sigue de pie en las redimidas

playas la dignidad; el desafío

de Rubén; de Ismael, las encendidas

redes de los Zenón; el poderío

de los niños, ancianos y mujeres

inmenso, frágil, invencible trío-,

convocado en la noche de los seres

de la mar, en la cruz de la tormenta

o el ritual de los amaneceres.

Con Monseñor Corrada y la contenta

comunión de las misa al descampado

en pleno blanco de la acción violenta

de la Marina, territorio ajado

por las bombas, las crueles balas vivas,

que matan con efecto retardado,

ahora por unos meses inactivas

gracias a la presencia persistente

de las fuerzas del pueblo redivivas,

en actitud tenaz, desobediente,

frente a la fuerza torpe del coloso

airado ante el abismo del valiente.

Mueve el pueblo sus signos cautelosos,

listo para avanzar si es necesario

presto a sufrir si el animal vicioso

impone la barbarie del corsario

sobre el derecho a paz de la inocencia

en otro vietnamítico escenario.

Dígame, Juan, usted que, en su decencia,

detuvo el plomo vengador de su hijo,

cuando era el plomo la crucial sentencia,

ante aquel crimen como trueno fijo

entre las sienes del dolor sin tregua,

dígame usted, si no es acto prolijo,

imperioso, fecundo y, a la larga,

justo, volver a Albizu en otro plano,

de la historia pensada como yegua

de la mar, como quiso aquel hermano,

Juan Antonio a luz de su Alabanza*,

cuando describe el golpe soberano

para un hombre cabal que verse patria,

en medio del horror de un pueblo inerte

que desconocía el arca solidaria.

Por eso, Juan, usted que es firme y fuerte,

dígame sí no es justo disparate

disponerse a la llama de la muerte.

Ahora que la traición y el acicate

del miedo ajustan la peor oferta

al pueblo que reclama su combate.

Dígame, Juan, usted que vive alerta,

Si no es mejor echar el resto ahora

que aguardar sin pasión la mala hora,

sin lúcida reyerta

dígame, Juan,

que ya se abre la puerta…

Edwin Reyes

1ro. de febrero de 2000

San Juan