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La muerte de José Martí según el libro “Memorias de la Guerra”

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alt(San Juan, 10:00 a.m.) En su libro “Memorias de la Guerra”, el general Enrique Loynaz del Castillo, relata su viaje al sitio en que murió José Martí en Dos Ríos, en la confluencia de los ríos Cauto y Contramaestre, el 19 de mayo de 1895. En este, según Loynaz, se relata el siguiente episodio:

“...Como quien llega a tierra consagrada nos aproximamos al bohío ocupado por la familia del Capitán y Prefecto José Rosalía Pacheco, fanático adorador de Martí. Él me llevó, de inmediato, al sitio fatal. "Aquí -me dijo- aquí mismo recogí la sangre de Martí. Vea todavía la huella del cuchillo por donde arranqué a la tierra todo el charco de sangre coagulada en un pomo. No había posibilidad de duda; en todo el campo de combate, no había otro charco de sangre, no podía haberlo porque fue sólo Martí el único muerto. Ningún herido dejó, ni podía dejar, ningún charco de sangre. El coronel Bello -Bellito- apasionado de Martí, fue herido y retirado inmediatamente, y de resultas se pasmó y murió. Aquí permaneció Martí, tendido en tierra desangrándose, hasta que terminado el combate fue recogido por los españoles. ""Besé la tierra santificada con la sangre del Maestro".

"Mientras el capitán Pacheco preparaba una cruz para allí fijarla escribí un acta, en cumplimiento del encargo del Marqués, la encerré en una media botella y la enterré bajo la cruz. […] "Ahí se levantaba la cruz entre un dagame seco y un inmenso fustete tendido en tierra por alguna tempestad: las gigantescas raíces al aire, y en parte en la tierra, que conservaba el verdor al coposo ramaje. Sobre estas ramas intrincadas había alzado sus patas delanteras el caballo blanco montado por Martí cuando recibió en tal posición la bala que le entró por el vientre y le salió por el anca.

Observando el caballo -que logró sobrevivir- confirmé el trayecto de la herida y la deducción consiguiente de haberse encontrado parado en dos patas delante de las bayonetas españolas que asomaban entre la ramazón en el funesto instante en que Martí disparando su revólver, fue derribado por la descarga, ensangrentado el noble rostro en que fulguró la noble estrella de la Patria. […] "Me refirió la señora de Pacheco que la columna española no estaba en marcha sino acampada: que al dispersarse la avanzada, el empuje de los pocos cubanos, acompañantes de Martí, que por allí atacaron, ella, refugiada bajo la cama, en su casa, con sus hijos, sintió el tropelaje junto a la puerta del bohío y el paso de los perseguidos y perseguidores por la sala derribando muebles, el tinajero y la vajilla: que no se atrevió a asomarse, pero que oyó la voz de Martí, que le era familiar: que enseguida, abandonado el bohío, Martí fue a estrellarse sobre la línea española tendida entre el dagame y el fustete, mientras otra línea, que arrancaba de la misma barranca del contramaestre, también fusilaba a los pocos cubanos que hasta allí llegaron: que fue muy breve el fuego y que ya terminado, ella salió de su refugio y vio a Martí en una hamaca, en cuyo fondo había un manchón de sangre, y que por el vocerío enemigo se enteró, con el natural sufrimiento, de que el muerto envuelto en la hamaca, cuyo rostro no le era dable ver, era José Martí y me señaló con tristeza el pilón de madera en que se sentaba Martí cuando fue huésped de su casa, en la espera de Gómez, el pilón donde se sentó a consolar la niña que lloraba del dolor de la guerra. Ella acompañó a su esposo a recoger la sangre del Apóstol, y ya no volvió la antigua alegría a la casa de Rosalía Pacheco..."