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¿Negros o afrodescendientes?

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alt(San Juan, 10:00 a.m.) Recientemente ha surgido un movimiento entre las comunidades afrodescendientes en Latinoamérica para la erradicación de ese término en referencia a las comunidades negras de América. El movimiento, surgida en Venezuela en el 2011, se basa en la participación que tuvieron otros grupos africanos en la venta de sus hermanos a los europeos, desarraigándolos de África y convirtiéndolos en negros.

“La historia que nos han vendido sobre la esclavitud excluye la participación de los africanos en la trata esclavista”, indica la socióloga y escritora Esther Pineda. “Los africanos vendieron a sus congéneres a los europeos dando paso a la deshumanización de millones de seres humanos”.

Antes de entrar en el debate sobre si somos afrodescendientes o negros debemos recordar los orígenes del vocablo. El termino afrodescendiente fue adoptado en el año 2000 por la comunidad latinoamericana durante el encuentro regional celebrado en Santiago de Chile en preparación para la III Conferencia Mundial Contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y otros, auspiciada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se celebró en Durban, Sudáfrica en el año 2001, donde el vocablo fue adoptado por la comunidad internacional.

En concordancia con lo aprobado en ambas conferencias el vocablo afrodescendiente describe a la población descendiente de africanas y africanos víctimas de la trata transatlántica y la esclavitud, traídos forzosamente a América durante el período colonial, víctimas históricas del racismo, la discriminación racial, la marginación, la pobreza, la exclusión y la consecuente negación reiterada de sus derechos humanos.

Basado en la terminología adoptada por el organismo internacional. El Banco Mundial en su informe Afrodescendientes en Latinoamérica: Hacia un marco de inclusión, publicado en el 2018, describe a los afrodescendientes como una población diversa que va desde los Garífuna en Centroamérica hasta los pardos de Brasil, pero que comparten una historia de discriminación y exclusión. El informe indica que la población afrodescendiente en América Latina es de 133 millones de habitantes lo que implica que 1 de cada 4 habitantes de la región clama tener ancestros africanos. El 91 por ciento de los afrodescendientes viven en Brasil y Venezuela y un 7 por ciento adicional está distribuido entre Colombia, Cuba, Ecuador y México. El restante 2 por ciento se distribuye entre los otros países que integran Latinoamérica. La población afrodescendiente de Brasil asciende a 105 millones, la segunda conglomeración de habitantes con ancestros africanos más grande del Mundo luego de Nigeria.

Desde el principio, surgieron desacuerdos con el vocablo, pero no es hasta el 2011 que un movimiento organizado principalmente por venezolanos comenzó a combatir su uso por considerarlo “racista” y “excluyente”.

Los sociólogos venezolanos Antonio José Guevara y Brunilde I. Palacios Rivas en su ensayo “En Venezuela no nos gusta que nos llamen afro descendientes” afirman que el termino afrodescendiente atenta contra la verdadera identidad del negro o moreno venezolano porque los desarraiga de su verdad histórica. Negarles la negritud a los negros es no reconocer su trauma esclavista, la traición de sus congéneres que los vendieron a los europeos y la maldad de los humanos que los deshumanizaron.

“Es en fin una negación absoluta de la inteligencia y capacidad de los negros que pudieron crear una nueva geografía espacial, alimentada por un realismo negro que no se puede negar en los nuevos espacios donde tenían presencia, al cual hay que aceptar y estimular, porque proviniste de esa realidad, donde quien te dio cobijo en tierras distintas, fueron unas culturas distintas a las africanas, mientras éstas, se estaban usufructuando lo adquirido por tu venta, donde allí te hiciste, procreaste y te desarrollaste, tan igual que los criollos y los indígenas”, afirman los reconocidos estudiosos de la negritud.

Guevara y Palacios Rivas aseguran que la palabra afrodescendiente es una forma engañosa para fortalecer los nuevos espejos ideológicos que ahora reflejan con vehemencia la lógica de la dominación, en el que dicho discurso se legitima la violencia y la aculturación en base a la lógica de producción, circulación y consumo que origina la dinámica del mercado. Afirman en su ensayo

“Una cosa es decir…, soy negro y otra…, soy africano o afro descendiente” que, donde las diferencias se hacen muy notables, convirtiéndose una herramienta para ese sistema de castas creada por los africanos y europeos para controlar a su interior las distintas culturas africanas, en el que no existió un gesto de humanidad, porque eran considerada por el europeo, como culturas muy híbridas y con un conocimiento muy pobre, acerca de la importancia de la vida…”. Insisten los investigadores que a la postre de África solo salieron negros, una mercancía humana que vino a fortalecer las haciendas que producían materia prima para el capitalismo europeo. La patria de esos negros es Nuestra América, no el Congo, Dahomey, Guinea…Esa patria la hicieron los negros con su sangre y su sudor.

La palabra afrodescendiente invisibiliza el proceso histórico, emite un juicio peyorativo en cuanto a sus formas originales de existir. El vocablo debe ser desechado porque es una propuesta incoherente, antipatria, antihistórica que tiene una alta carga transculturizante que adopta la modalidad básica de la aculturación. El término no explica la resemantización de los rasgos culturales como una respuesta a la presión aculturadora, es en sí un intento de borrar de un plumazo la participación en la construcción de la estructura social latinoamericana.

La investigadora Claudia Cristina Márquez Olmos en su ensayo “Categorías de afrodescendencia y sus significados en Venezuela” señala que el vocablo afrodescendencia también es un rechazo al movimiento de la negritud que surgió en el Caribe francés en los años 30 y a la grandiosa aportación de otros grupos a la cultura de sus respectivos países. Chile en el 2000 y luego Durban en el 2001 fueron un intento de subsanar heridas profundas, pero solo lograron perpetuar el discrimen racial y el rechazo a una realidad histórica.

El conflicto generado por el vocablo afrodescendiente está intrínsecamente asociado a la participación de tribus africanas en la trata esclavista. Existe un rechazo a lo que es visto como una imposición de elementos africanos a las culturas desarrolladas por los negros americanos. Palacios y Guevara en su trabajo “Vivir era lo único que les quedaba a los negros para vivificar su reconocimiento a tener ciudadanía y nacionalidad” atestan que los africanos por quinientos años se dedicaron a desarraigar a su propia gente y a imponerles el termino de negros y negra para dejarlo sin identidad, puesto que los consideraban animales para el trabajo duro, olvidándose del dolor de esos seres humanos que tuvieron capacidad de demostrar su coraje y de convertirse en sujetos libertarios. La identidad del negro americano es un proceso único donde lo africano dejó de ser parte integral desde que sus hermanos los vendieron en esclavitud.

Existe un movimiento de reafirmación identitaria que nada tiene que ver con África, pero si mucho que ver con aceptación y reivindicación de la valía del negro americano. Es también un rompimiento con los patrones étnico-sociales europeos impuestos durante 500 años en menosprecio de las capacidades y la hermosura física y espiritual del ser humano negro. El cambio de palabra no pone fin a las diferencias raciales que siguen dividiendo nuestras sociedades y privilegian algunos mientras que a otros nos desfavorece en mayor o menor medida. Es innegable que el arcaico concepto de raza y el género van de la mano para imponer limitaciones en la libre expresión del ser humano. Es necesario entablar un diálogo para modificar conceptos equivocados que solo buscaban menospreciar al ser humano negro. Identificar al negro americano con lo africano es negarle su participación en la formación de las sociedades donde residen.

Esther Pineda señala que lo “negro” en nuestras sociedades latinoamericanas y caribeñas permitió la construcción de una identidad, fundamentada en la experiencia racializada común lo que debe motivar una reflexión profunda sobre las implicaciones ocultas tras la sustitución del término por afrodescendiente. La congruencia definitoria entre negro y afrodescendiente está en conceptualizar el significado oculto en el uso del vocablo y definir si la modificación lingüística constituye una diferenciación liberadora o una resignificación excluyente.

Imponer la afrodescendencia como identidad única y absoluta constituye una transgresión, similar a la dinámica operativa del europeo esclavista y explotador. La afrodescendencia debe presentarse como una invitación para investigar los orígenes de los pueblos que fueron desarraigados de sus raíces, pero supieron constituirse como una nueva identidad que se autoreconoce como parte esencial de la conformación de las sociedades americanas. No hacerlo así, implicaría que la dignificación de la negritud y la descendencia africana se convertiría en la tiranía de la afrodescendencia.

Asumir la negritud debe ser un proceso liberador y placentero. Romper con el yugo colonizador, el eurocentrismo y afrocentrismo debe provocar la conformación de un ente que valida su experiencia y su aportación a la formación de un pueblo nuevo.