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¿Debemos crear Cátedras Nacionales de la Cultura?

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altLos puertorriqueños estamos en un barco a la deriva cuyo capitán y timonel se niega a llegar a un puerto seguro donde podamos hacer uso de nuestros conocimientos para construir una sociedad donde la identidad sirva de basamento para construir una sociedad autosustentable. Estamos en un tiempo donde ser puertorriqueño nos avergüenza, los líderuchos que nos gobiernan nos desacreditan y los medios de comunicación nos venden como una sociedad mantenida, degradada y sin esperanzas.

Hemos caído en un periodo abismal donde el baile, la baraja y la botella son reyes absolutos de una nación que es sorda a los gritos de angustia de sus más necesitados y se prostituye en busca de dineros, no para el pueblo, sino para mantener el estilo de vida de la oligarquía que nos destripa, deshumaniza y nos despuertorriqueñiza. Somos víctimas de nuestro propio fanatismo, divididos entre tres tristes tribus ideológicas que no son otra cosa más que sostén de un andamiaje que perpetúa el colonialismo.

Condenamos la corrupción, siempre y cuando la cometan los otros. Si es de los nuestros, culpamos a la oposición, a la prensa colonial, al imperio que nos persigue, al vecino, pero somos incapaces de aceptar la responsabilidad de los actos cometidos y exigirles a los políticos compromiso cívico y lealtad patriótica.

Tenemos una cultura que se desangra, no por que evolucione, sino porque muchos se avergüenzan de su grandiosa riqueza.

La cultura es un conjunto de elementos que evolucionan y se transforman, pero mantienen unas características que los identifican y diferencian de los de otros acervos, convirtiéndolos en vínculo de unidad representativa de un pueblo. La forma más sencilla de desmantelar un pueblo o nación es destruyendo sus raíces culturales, ocultando su historia, sus logros y bombardeando constantemente su autoestima. Se degrada el fenotipo, el color de la piel, el idioma, la forma de expresión, las instituciones educativas, la comida que consume, la religiosidad, en fin, todo lo que se hace material e inmaterialmente. Tarde o temprano, un complejo de inferioridad se va apoderando de las nuevas generaciones, pero, ¿qué hacemos cuando ese pueblo se abochorna de ser lo que es?

Analicemos nuestra realidad antes de contestar la pregunta. Primero debemos reconocer que la sociedad puertorriqueña, como la conocemos, está en proceso de transformación. La Internet, el cable de televisión, el cine, la media impresa… atentan contra quienes creemos que somos para desarrollar una baja autoestima. Esto se refleja en el incremento de las nuevas generaciones que buscan expresarse en inglés, aunque nunca hayan salido fuera de la Isla, ni en su familia haya miembros que hablen la lengua de Shakespeare. Es una mutación reciente, a tal grado, que en un taller sobre escritura creativa hace unos días, cinco (5) de 24 estudiantes escribieron sus trabajos en inglés y entre ellos mantenían conversaciones a lo “Robert Bacon”, aunque no tenga ni idea quién fue el genial inglés. Eso equivale a un 20.83 por ciento o casi un 21% de los participantes prefiere escribir y expresarse en inglés, a pesar de no tener ningún tipo de relación directa con la metrópoli.

Segundo debemos aceptar que el neoliberalismo, la globalización y la erosión de los valores ético-morales han secuestrado a nuestros líderes convirtiendo la corrupción y el enriquecimiento fácil es su sino de identidad. Muchos de estos líderes están formados en escuelas privadas y cursaron estudios en universidades extranjeras. No tienen compromiso con la educación, con la puertorriqueñidad y mucho menos con la gente que supuestamente representan. El caso más claro que tenemos es la Comisionada Residente, Jennifer González, que en su intento por ser aceptada como “wanna be white” y la estructura del Partido Republciano ha dejado a un lado su deber con los puertorriqueños para congraciarse con Donald Trump y sus secuaces.

A este grupo debemos sumarle los “millenials” o niñatos de Fortaleza y la rencillas por poder entre las filas del Partido Nuevo Progresista. Son fagocitos capaces de comerse entre ellos mismos en busca de su enriquecimiento personal. Son reflejo de la enfermedad que nos corroe el alma porque el consumismo y el hedonismo se han apoderado del país, lo que se refleja en un aumento en los problemas socioeconómicos y un incremento desmedido en la criminalidad. La nación está en el borde de un colapso que requiere de medidas drásticas.

A esto debemos señalar la imagen de mantenidos que nos venden y repetimos como cotorras porque según algunos mal intencionados $1 por persona diarios para una familia de 4 que recibe asistencia para costear sus gastos nutricionales los hace ricos y explotadores del sistema, como si un $1 diera para mucho.

Tercero, el colapso del autogobierno, el fracaso del partidismo colonial, la falta de liderazgo y la búsqueda, según una reciente encuesta, de una figura autoritaria que no gobierne y libere de la lucha diaria en busca del sustento, son indicios de que nos sentimos huérfanos, sin dirección, ni con deseos de tomar el control porque todo y todos nos dicen que somos incapaces de autogobernarnos y desarrollar una economía autosustentable. Por supuesto, nadie acepta que esto fue maquiavélicamente orquestado para fracasar. Bueno, excepto los anexionistas que ahora repiten el discurso que por años han denunciado los independentistas: los federales juegan con las elecciones, son carpeteados, perseguidos… por su ideal.

Cuarto, el imperio ha iniciado una nueva ola de “americanización” de la colonia. Solapadamente fomentan la mudanza al continente, ahorcan la economía colonial y hacen virtualmente imposible para los naturales vivir en la Isla. Este ejemplo es tan fácil de señalar como que la mayoría del alrededor de nueve (9) millones de puertorriqueños más de cinco (5) millones reside en el continente y su idioma principal es el inglés.

La salvadora Junta de Supervisión Fiscal, cuyos miembros de origen puertorriqueños se identifican tanto con la isla como el “apple pie” y “los hamburgers y hot dogs” aspiran a tener facultades omnímodas para desmantelar municipios, reestructurar la Constitución del difunto Estado Libre Asociado y determinar que se enseña en las escuelas, los salarios y al final, quién vive o no en el archipiélago. El juego del gobernador Ricardo Rosselló Nevares con la Junta nos llevó a tener una Julia Keleher como secretaria de Educación, la misma que ahora es investigada por los mal manejos de los fondos federales, pero no lo es por destruir el sistema educativo, fomentar una imagen negativa del magisterio y de las escuelas públicas en favor de las privadas.

El huracán María, al igual que lo hizo San Felipe II en 1928, creo conciencia de la pobreza y los problemas sociales y mentales que aquejan la sociedad e impactan negativamente nuestro sentido identitario. Miles se han rendido y se han marchado del país en busca de un mejor bienestar. Las canciones del compositor aguadillano, Rafael Hernández Marín, Lamento borincano y Preciosa, en 1928 recogieron la desesperación del dolor puertorriqueño y hoy la irónica “Estamos Bien” de Benito alias Bad Bunny se burla de nuestra ceguera colectiva.

Son muchos los cuestionamientos que tiene el país. La incertidumbre económica y la campaña del miedo basada en la falacia de la pérdida de las ayudas federales, obviando el exceso de recursos empleados en la compra de mercadería que llega solo a través de barcos con bandera estadounidense, incrementan los problemas psicosociales y económicos que tiene el país. Los planteamientos de la politiquería nacional solo contribuyen a formar un sentimiento de dependencia e incapacidad productiva, afectando la autoestima nacional.

La manipulación política llega al grado de utilizar el amor de los puertorriqueños por su identidad cultural para empoderar a ladrones que nos humillan y roban. Esto queda claro cuando el partido que aboga por la anexión y la erradicación de la puertorriqueñidad se apropia de los símbolos nacionales, especialmente de la bandera, y de la palabra “PATRIA” en su empeño por ganar las elecciones.

Como hemos visto, existe una campaña constante para desarraigarnos de nuestra identidad como puertorriqueños que no tiene nada que ver con la evolución natural de las culturas. La mayoría de los puertorriqueños, tanto en el archipiélago como en los Estados Unidos, nos identificamos con la bandera. Cada vez son más los que reconocen el azul verdadero de la Monoestrellada que fue cambiado por Muñoz Marín para favorecer a la metrópoli.

Algo importante es que el ¡WEPA! y el “¡Yo soy boricua pa’ que tú lo sepas!” son gritos de guerra que fomentan la unidad. Una unidad que busca en la negritud de la cultura su verdadera esencia. Los negros del continente son ejemplo de resistencia y sobrevivencia ante condiciones extremas; desarraigados de sus orígenes supieron construir nuevas sociedades y desarrollar identidades nacionales latinoamericanas y aún continúan luchando contra el discrimen.

La cultura puertorriqueña del siglo XXI, es diferente a la de 1970. Hoy reinan sobre el folklore la bomba, la plena, se habla de un Betances negro de un Miguel Enriquez, corsario y el hombre más rico del continente en los albores del siglo XVIII, se realza la figura de don Pedro Albizu Campos. Buscamos conectarnos con el Caribe negro.

Pero, ¿cómo podemos ayudar a salvar nuestra identidad? Educando. Se necesitan educadores conscientes sobre quiénes somos los puertorriqueños, qué es nuestra cultura, cuál es nuestra verdadera historia, nuestras aportaciones a la humanidad. Necesitamos folcloristas, rescatadores de la historia oral y combatientes de las prácticas que nos vejan y desarticulan como puertorriqueños.

Es hora de crear cátedras de cultura, apoyar los centros culturales y fomentar la identidad colectiva más allá del procerato. Conozco de muchas iniciativas. Estamos en guasábara y sé que los cimarrones saldremos victoriosos.