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La gran cacería de Oscar Correa [Autor]

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altOscar Correa Agosto (Puerto Rico, 1937), sociólogo -al igual que yo, egresado del Colegio de Mayagüez-, escritor, y maestro en teología y divinidad. Es, a su vez, autor, de entre otros tantos escritos, de una novela que es la que nos trae aquí hoy: La gran cacería, 2017. Se trata de una novela que nos trae al presente meridiano personajes de nuestro pasado que si bien es cierto sobreviven al tiempo muerto, no compartieron todos entre sí ideas ni períodos históricos de vida. Oscar, sin embargo, les pone a cazar y, tras cazar, a hablar entre y junto a Luis Muñoz Marín (1898-1980). Los principales personajes en cuestión son cuatro: Papa Pío VII (1742-1823), Samuel Sharpe (1801-1832), Eugenio María de Hostos (1839-1903) y Julia de Burgos (1914-1953).

Se trata de una obra que nos remite a una época de nuestra historia, aquella vivida por el propio organizador de la que sería la gran cacería a la que estarían los antedichos cuatro personajes de invitados especiales, de colaboradores del Máster, don Luis. Muñoz Marín se hace asistir por, sobre todo, Quique, su asistente personal en todo momento. Se vale don Luis también de varios de sus colaboradores al sur de Puerto Rico, entre estos Luis García, y la familia de Juan Correa. La descripción del paisaje y la ambientación del escenario de la obra coincide con aquel que nos surge en una que otra estampa del Puerto Rico que regentara a las órdenes de don Luis. La obra se ambienta y desarrolla desde Jájome, Cayey, hasta el entorno de la Cruceta del Vigía, Ponce. Se viajaba, todavía, de tren en tren. Y la soberanía, nos dirá don Luis no quiere decir independencia.

Oscar se vale, a su vez, de la memoria o, bien de su cruce con la realidad histórica de la que es sujeto y objeto de la imaginación narrada en palabras. Así, entre un texto y otro contexto, Correa Agosto nos relata sus memorias de la resistencia al proyecto de país que regenteara don Luis. Lo hace a través de lo que deviene en ser la otra y verdadera cacería, sobre todo aquella que tiene y tuvo su base en Naranjito y sus alrededores. Es a partir de ello, que Oscar construye un relato alterno en el que busca reconstruir el presente no desde lo que fue, sino que desde aquello que puede ser lo mejor de la cosecha de un ser humano nuevo y bueno que le recoja y haga suyo.

Correa Agosto busca así retomar los bríos que sirvieron a un pueblo, aquel que llevó a don Luis a proclamar que el país se lograría por un nuevo camino, no por camino andado por tantos otros pueblos, sino que por todos los pueblos de nuestra América. Los interesante es el rol que Oscar le asigna a De Hostos en tal tarea. No perdamos de perspectiva varias cosas. En especial, si tenemos presente que fue De Hostos el padre de la libre asociación, tal como se le conoce hoy, en la que devino en ser la principal propuesta de acción social y política de la Liga de Patriotas entre el 1898 y el 1900. Se trata de una tarea que retomó el “socialismo” boricua tras el colapso del que sería su principal proyecto político, el Partido Socialismo Puertorriqueño entre el 1988 y el 1993. Así que, si éste necesitaba de una novela que le sustentara, y que le sirviera de aliciente para el debate y relato imaginario de lo que podríamos lograr, la novela de Oscar les podría ser de gran utilidad. No soy ni pretendo ser cínico, sólo realista.

La novela de Oscar se vale, a ratos, del pensamiento de Pedro Albizu Campos (1891-1965), las palabras y el imaginario poético de Julia de Burgos -según Correa Agosto-, la poesía de Muñoz Marín y las ideas de su padre, Luis Muñoz Rivera (1859-1916). Son sus muletillas, las de Oscar Correa Agosto. A su vez, creo que le sirven de filosofía vida y de razón para legarnos su visión de mundo. De don Pedro nos recuerda: “Sólo una concepción espiritual de la vida nos eleva a la ofrenda de lo que poseemos por una causa justa…”. Por otra parte, de Muñoz Rivera, nos comparte: “…dadnos nuestra independencia y apareceréis entre la humanidad como los más grandes entre los grandes; lo que no fueren nunca Grecia ni Roma ni Inglaterra: una nacionalidad creadora de nuestras nacionalidades y de un pueblo libre, redentor de pueblos oprimidos.”

La gran cacería, según narrada por Oscar, se construye así entre el ten con tan de las ideas que transitan entre el independentismo de don Pedro y el autonomismo del padre de don Luis. Transita a su vez por la propuesta de libre asociación de Eugenio María de Hostos, y ese cúmulo de manos a la obra que representó Muñoz Marín, “el panfletista de Dios”. Y Oscar, creo que -por conocimiento de ello-, monta su relato en don Luis como Máster mientras a su vez le desmonta en él, y su fracaso, bien el suyo, pero más que suyo, el de sus colaboradores en una cacería de Guarnición, aquella que no se vale de perros de agarre. Preciso es decir que, si algo refleja el final de la conversa entre don Luis y sus colaboradores, es que la conversación entre el gran patriarca de la generación del treinta, “El agitador de Dios”, sólo pudo agitar una [conversa] en la que o de la que a lo sumo fue mediador de palabras.

Correa Agosto divide su novela en once partes, unas conducentes a la otra. De la parte nueve es que la novela de Oscar toma su título: “La gran cacería”. La primera parte se desarrolla en la residencia del patriarca en Jájome, lleva por título “El Vate, adentro”, y sirve para advertirnos su trama, y su drama. En las palabras del propio don Luis, su trama sería:

“Regresaré a mi plan. Escribiré una novela de cacería. Me sentía agraciado por mi experiencia literaria en los años veinte. El imaginismo había sido una de ellas. Ahora abría una ventana a un mundo literario que no había disfrutado.

[…] […]

- ¿A cuántos invitaré? Los que sean tienen que representar, en lo más posible, la sociedad presente. También deben ser lo suficientemente competentes porque de mi parte no les voy a hacer la travesía fácil. Entendiendo, por su puesto, que todo lo que hablen pasará primero por mi mente. En realidad no es lo más difícil; aunque cualquier engaño sería para mí primero. Diálogos sinceros, satisfacción completa. No habría otra salida.

En aquel momento, entendí que debía dar un salto literario para integrarme a la novela. En ésta yo sería un personaje más. Aparte de todo, debo traer mis protagonistas en impulso imaginista.”

No obstante, ya antes el propio don Luis nos había advertido su drama:

“Cazar es un instinto natural. Cuando alguien lo hace es para su beneficio. En este pequeño mundo que es nuestro Caribe, existen personas que por sus posiciones políticas se convierten en gente poderosa y han hecho de la cacería un privilegio.

Por desgracia esto ha dado lugar, queriéndolo o no, a que muchas vidas hayan sido perseguidas y sacrificadas; cazadas como animales. Eso se podría catalogar como cacería. De esta acción nadie está exento. El poder embriaga aturdiendo los sentidos y la dirección. A cualquiera le pasa; sin escapatoria.”

Con esas palabras, o con esas advertencias, Oscar encarna a don Luis, se posiciona en su justo lugar, y fiel a la balanza, nos relata su historia política, la historia de un país imaginario o por imaginar, pero con invitados que “tienen que representar, en lo más posible, la sociedad presente”. También son personajes que tienen que representar su imaginario, y, a su vez, su propio fracaso colectivo. Leedle si no queréis volver a perder su tiempo muerto, y más vale que para bien, a ver si aprenden y, de una vez, la emprenden desde cero. Demás no está adelantarles que su última parte lleva por título: “Cero no es Jájome (Y soy…)”. Tampoco que ya se llega a Ponce en tren. Se debe preciso es a que se debe, se debe, sí, una deuda real de país. Un país al que la novela de Oscar invita a olvidar, y que en Ponce se puede observar desde la Cruceta del Vigía, y con mirada de próspero. Tal vez así entendamos de una vez a don Luis: “Soberanía no quiere decir independencia”. Cuánta verdad en tamaña mentira. En fin, que vale la pena leer La gran cacería de Oscar.