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Rotos de Luis Rodríguez Martínez

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alt“Están aquí. Aunque no pueda verlos, lo sé. Ellos fueron haciéndose invisibles poco a poco. En su lugar dejan un bulto hueco con sus facciones desgastadas. Lo que fueron una vez, ya no eran. Se los llevó el monstruo que vino aquella noche de septiembre”.

Inicio del cuento Invisibles,

Rotos (Ed. EDP University, 2019), pág. 9.

(San Juan, 3:30 p.m.) El 20 de septiembre se cumplieron dos años del paso devastador de aquella bestia de viento y agua llamada huracán María. Todos tenemos nuestras historia y secuelas, todos tenemos nuestros duelos e insomnios impregnados en la carne de la memoria. Todos tenemos Rotos provocados por el huracán, por la incertidumbre. Hay rotos sociales, rotos políticos, rotos en los recuerdos que necesitamos preservar y entender por nuestra necesidad de reconstruirnos, de no cometer los mismos errores, pues después de la destrucción, la esperanza y la empatía son la última la semilla de la vida, si las perdemos, desaparecemos como seres creativos y como seres humanos. Esa maldad de los gobernantes, el abandono del pueblo, versus la solidaridad entre compueblanos que se torna en una utopía alcanzable. Todo esto lo plantea magistralmente en su narrativa el escritor y docente puertorriqueño Luis Rodríguez Martínez, como confirma su nueva publicación Rotos de la Editorial EDP University, editada este año por el profesor y editor Edgardo Machuca.

Son siete cuentos los que componen este libro muy breve, pero intenso, implacable como redondo temática y estructuralmente desde su primer cuento Invisibles donde la destrucción material y humana de la isla va llevando a la desesperanza, a la muerte, recorriendo en un ritmo in crescendo cuento a cuento para cerrar con el relato titulado Rotos, donde nos da una respuesta tan humana, como dolorosa y esperanzadora, cuando no se puede caer más, siempre está la querencia y la solidaridad para salvarnos. Son cuentos de una realidad tan puertorriqueña, sin despreocupar las expectativas literarias. Su dominio del lenguaje eficaz, preciso y claro en esta colección de cuentos y la naturalidad en su redacción nos seducen y nos toman insomnes de la mano para inquietarnos y reflexionar sobre la vida en nuestra nueva cotidiana casi distópica vida postMaría en la isla.

Entramos con los dos primeros cuentos Invisibles y Suicidas, que quien no vivió la desgracia del huracán María, bien puede apreciar una atmósfera de soledad tan cercana con Pedro Páramo de Juan Rulfo, donde sin duda Luis Rodríguez Martínez conversa en esta colección de cuentos, la soledad, la muerte que rodea a sus protagonistas en algunos relatos de Rotos, es tan dolorosa, que el protagonista –un menor–tiene hasta que matar a su perro a falta de comida, y al final el chico siquiera puede distinguir si él mismo está vivo o no. Acaso ya los personajes se encuentran en una apocalíptica vida de no-muertos o de sobrevivientes casi zombificados, deshumanizados o ciegos por la necesidad, por su falta de visión social, o del juego gubernamental conversando con las novelas El ensayo sobre la ceguera de José Saramago y The Stand de Stephen King, en ambas los sobrevivientes buenos están en peligro ante el lado oscuro de la humanidad. También en Rotos vemos otros referentes literarios, como el cuento de José Luis González La noche que volvimos a ser gente), pero en este nuevo Puerto Rico que vivimos y que narra Luis son Los meses que dejamos ser gente (Rotos, página 29). Esto no debe sorprendernos a los que ya conocemos libros anteriores de nuestro escritor vegabajeño, para nombrar por ejemplo Historias para beberse de a poco, también publicado por la Editorial EDP en 2017, aunque es un libro mucho más gótico.

En ese libro de cuentos anterior, Historias para beberse de a poco, la violencia, desde un ambiente de misterio, es de persona a persona. Citando a la Dra. Maribel Acosta: “En estas narraciones plagadas de violencia, crimen, pesadilla y locura habitan seres malditos y perversos que en su mayoría se esconden tras la apariencia de normalidad. Así el padre, el amante y el anciano recurren a sus instintos más obscuros y terminan convirtiéndose en monstruos, asesinos, pedófilos, incestuosos”.

O en su novela Obsesión o la farsa de Julián Solevan, publicada en 2018, de la que la profesora Miriam González Hernández comenta: “Sus personajes respiran, amasan y viven en miseria y en prevaricación dándole rienda suelta al lado tenebroso y corrompido del ser humano. En esta sangrienta historia, el amor lacera y la supuesta amistad rasguña, hiere y mata”.

Por el contrario, aun conservando su estilo narrativo y atmósfera trágica (que siempre implica crítica social), en Rotos las tramas son aún más orgánicas, la violencia es de la naturaleza (un huracán), la violencia es la cruel soledad, la violencia es provocada por la desesperación. Y es que sus personajes (digamos, nosotros, la gran mayoría de los puertorriqueños isleños) están desesperados, abandonados entre los escombros y la muerte. Y es que, como bien señala el cuentero profesional argentino José Luis Gallego: “Narrar cuentos es un asunto de relación íntima, de observación interna y particularidad”. Esa es la relación íntima y empática de nuestro Luis Rodríguez Martínez con las víctimas de nuestros males sociales, y por más dura o cruda que sea la situación que describe, sus palabras destilan una ternura, una humanidad que nos conmueve, y nos salva. Son esas pequeñas cosas las que nos despierta la sensibilidad a nosotros como lectores.

“Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.” Flannery O’Connor narradora norteamericana.

Y es que este libro, a modo de crónicas del huracán, está narrado con humana y amorosa creatividad desde la distopía y una marcada denuncia sociopolítica. Hay cuentos desgarradoramente tristes sobre cumplir una promesa a sus hijos de ver las estrellas a través de un techo roto, revivir los horrores del huracán María, tantos muertos demasiados muertos, donde el suicidio es la alternativa ante la impotencia, al fin de cuentas “[l]a ciudad, poco a poco, se había quedado sin habitantes” (este cuento es Suicidas, página 15, uno de los más impactantes, con frases magistrales para una ciudad que se ha aferrado al epidemia del suicidio.)

En fin son siete relatos sobre nuestra invisibilidad, el abandono y la soledad bajo los escombros provocados por el huracán y los provocados por las marcadas diferencias socioeconómicas del país como por la ineptitud del gobierno. O como vemos en el cuento Invisibles, donde se llega a plantearse que solo nos queda soñar que todo es un sueño, y que en algún momento despertaremos de la tragedia, no sea que esa inminente invisibilidad irremediablemente nos atrape, o tal vez, en el mejor de los casos, sea la propia muerte la que nos recuerde quiénes pudimos ser. Estas son algunas de las terribles y hermosas condenas de esta colección de cuentos.

Al fin de cuentas, como expresó el gran Gabo, Gabriel García Márquez: “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”. O como bien escribió Julio Cortázar (de quien seguramente Luis también tiene una marcada influencia): «El cuento es una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”.

Luis Rodríguez Martínez es un excelente narrador y hace que la historia fluya con naturalidad, provocándonos ese temblor, pues la lectura de estos cuentos permite identificarnos a tal modo que según vamos leyendo nos engancha con visceralidad casi asfixiante y cuando ya no podemos respirar más, sus sorprendentes e inevitables finales nos jamaquean el alma y caemos de golpe a la dura realidad.

“Qué si vi lo que pasó? Claro que lo vi todo. […] Vi rostros de terror cuando anunciaron su categoría. Vi llanto cuando caía la noche y los vientos arrasaban todo. Lo vi, lo juro, lo vi”, del cuento Escombros y nada más, página 35.

Sucede que en el libro Rotos, el espanto es lo vivido, lo paranormal es un evento atmosférico y el monstro el gobierno. No se trata de contar cuentos desgarradores, también es fundamental poner el dardo en la palabra y desnudar el conformismo.

“Vi una isla que se hizo mierda en una noche. […] Vi todo volverse escombros. Vi muertos abandonados en sus casas. Vi otros miles olvidados en vagones, y suministros que nunca se entregaron, pero el gobierno no vio nada”. Escombros y nada más, página 36.

Este libro de cuentos bien podría ser una historia de terror, pero no... lo vivimos, Rotos pudo ser un drama gótico, pero no... lo experimentamos. Recordamos aquel niño, que según la prensa, corrió cuando su casa fue cayendo barranco abajo y quedó sepultada junto a los cuerpos de sus padres... pero aquí en Rotos y en Puerto Rico, repetimos el monstruo fue el abandono y la apatía de los poderosos, las mentiras y el silencio del gobierno de aquí y de allá (léase Trump, FEMA, et al...)

Sin embargo, también hay una utopía o más bien una nota optimista, y es tanto su manejo de una atmósfera dura, pero provocando empatía y llegando al amor que sentimos al final con el cuento que da nombre a la publicación Rotos, cuando el protagonista (Ramón), ya no puede más, esa gota que no solo derrama la copa sino que hace vibrar la última resistencia humana, justo ahí se le revienta una goma del carro, no tiene dinero ya ni para reparar su espíritu, lo peor no va a poder cumplir la promesa a sus hijos de dormir viendo las estrellas a través de los rotos del techo de las casa; justo antes de destruirse como hombre pasa un gruero y le brinda gratuitamente su ayuda.

“Ramón casi no puede creerlo. Se monta al carro, lo enciente, y ahora todo se ve más claro. Una lágrima de felicidad recorre su mejilla por primera vez, en meses. […] Ni siquiera el nuevo ruido del carro en el tren delantero puede opacar este momento”. Rotos, página 41.

Ciertamente este relato es un gran final de libro y nos da la clave de nuestra esperanza y salvación que son la unidad como pueblo. La empatía deja de ser utopía, cuando somos desinteresadamente solidarios, humanitarios y cuando los lectores nos dejamos habitar de palabras, y estas nos hacen ponernos en el lugar del otro, sentir afinidad y compasión, ser luchadores y libres. Unidos somos invencibles como pueblo. Leer buenos libros y escribir creativamente nos da las alas hacia la libertad. Gracias a Luis Rodríguez Martínez por este necesario libro.