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¿El día de acción de gracias, es una fiesta jíbara?

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alt(San Juan, 9:00 a.m.) Acción de Gracias y las navidades eran las fiestas favoritas de mi madre, Carmen H. Jusino Acosta. Ella creció y se educó en la época en que la americanización fue intensa, lo que contribuyó a hacer suya el famoso Thanksgiving de los invasores estadounidenses.

El almuerzo de gracias siempre se ordenaba en Sanoguet, una casa de abastecedores (caterer) famosos en el Mayagüez de mi infancia. El almuerzo incluía pavo, viandas, arroz con gandules y pastel de calabaza. Por la tarde la cena era en la finca familiar en Lajas donde se comía pavo guisado, lechón asado, pasteles, arroz con dulce, harina con coco y otras delicias tradicionales.

Lo cierto es que la festividad de Acción de Gracias, desde sus inicios, fue tomando una identidad puertorriqueña. Por supuesto, la llegada del pavo generó cambios en la culinaria nacional. El pavo se comía bajo el régimen español, pero nunca fue una de las aves preferidas de la cocina local. Los boricuas de principios del siglo XX preferían la guinea, el pato y el faisán antes que la carne de pavo.

Mi abuelo decía que el pavo era “desabrido”, “insulso” y “jincho” como los gringos. Papá, Juan H. Jusino Rodríguez, contaba que los evangelizadores protestantes gringos hacían comelatas para Acción de Gracias y la gente se aprovechaba de la abundante comida y el día feriado. La plazoleta del soberao de la finca se les prestaba a todos los grupos religiosos y políticos que llegaran por aquellos lares. Se prestaba, pero nadie se integraba, algo así como la relación que tiene la colonia con la metrópoli.

Para entender cómo se adoptó la festividad con tanta rapidez, debemos recordar la inmensa pobreza de la primera mitad del siglo XX, la esclavitud laboral que representaba trabajar 12 y 14 horas diarias seis y hasta siete días a la semana y la “jaibería” característica de nuestros campesinos.

Acción de Gracias representaba un día de asueto con comida gratuita para todos a cambio de escuchar a un “sanano” predicando una religión ajena a la tradición católica. Luego, los sacerdotes españoles fueron sustituidos por curas estadounidenses celebrantes también del día en que unos peregrinos llegaron a Plymouth Rock en el estado de Massachusetts (plimu rok en Machachuchet).

En las escuelas se repetía la cantaleta de los peregrinos, los estudiantes montaban obritas teatrales vestidos a la usanza inglesa ortodoxa del siglo XVII, se adornaba con hojas de un otoño lejano, calabazas anaranjadas y mazorcas de maíz. Los maestros repetían el cuento de amerindios comiendo junto a los religiosos perseguidos que llegaron al Nuevo Mundo en busca de libertad religiosa en el barco Flor de mayo (Mayflower). Terminada la celebración, los pupilos se olvidaban de los dichosos peregrinos y volvían a su rutina. El viernes seguido, hoy negro, era entonces el Día del Árbol y todos los chicos esperaban ansiosos para sembrar su arbolito.

Desde el mismo inicio, el que podía, integraba la comida tradicional con la estadounidense. Mami me contaba que, en su infancia, durante de la Segunda Guerra Mundial, el único lugar donde siempre había comida en el barrio (Sector Christian del Barrio Ancones, división entre Lajas y San Germán) era en casa. La gente iba con tres latitas, una para el arroz, otra para la habichuela, las habas, los gandules, los guisantes, garbanzos o guisantes y la mestura, usualmente mondongo, patas de cerdo, carne cecina o bacalao. A veces se mataba una res o un ternero y ese día era fiesta nacional.

Los que recibían la ayuda alimentaria enlatada de la Puerto Rico Emergency Relief Administration (PRERA, establecida en1933) y luego de la Puerto Rico Reconstruction Administration (PRRA, establecida en 1935), usualmente vendían los alimentos a cambio de dinero para poder comprar otras cosas. Los vendían por la necesidad y porque eran alimentos ajenos a la dieta puertorriqueña.

Fueron las geniales amas de casa boricuas las que se las ingeniaron para crear nuevos platos con los alimentos de la PRERA. El huevo en caja se hacía con bacalao y guingambós (quimbombó), el cerdo, el pollo y el pavo enlatados se guisaban. Por supuesto, los alimentos más codiciados eran el queso y la mantequilla.

En casa se compraban los alimentos de la PRERA, el nivel económico de mis abuelos era superior a los renglones establecidos por el gobierno. Me imagino que el acto delictivo de comprar mercadería en la economía subterránea de entonces implicaría cárcel como lo era el hacer pitorro, otra industria familiar.

Pero volviendo al pavo, el jíbaro de mi barrio lo prefería guisado. Eso de ensartar el pavo en la vara era muy complicado, aunque se hacía, la gente prefería dedicar el tiempo a asar un lechón, preparar pasteles y dulces con coco.

Retomando el cuento familiar, el día de Acción de Gracias íbamos a misa a las 6:00 de la mañana. Luego desayunábamos en la cafetería de unos amigos para más tarde almorzar en casa. El año en que a mi hermana y a mí nos tocaba estar con papi, Miguel A. Cruz Vega, (la historia de hijos de padres divorciados) nos íbamos por los campos de la Isla cargando un pavo asado, arroz con gandules, guineos y arroz con dulce o tembleque. Como buenos boricuas, nos estacionábamos a un lado de la carretera a comer.

Para concluir este relato, solo puedo añadir que el viento se llevó a los peregrinos y nos dejó un pavochón que más boricua no puede ser. La tradición ya es parte integral de nuestra idiosincrasia, pero un estadounidense de aquellos tiempos se aterrorizaría al ver en lo que se convirtió su “americanization plan”. ¡Feliz Día de Acción de Gracias!