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El Instituto de Formación Literaria, una apuesta a la letras

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Resultado de imagen de El Instituto de Formación Literaria(San Juan, 10:00 a.m.) ¡Nadie sabe de cuántas maneras les han salvado la vida! Me refiero a poblaciones desventajadas: aquellos privados de su libertad; mujeres y niños maltratados; vecinos de residenciales públicos. ¿La herramienta liberadora? Las palabras.

El Instituto de Formación Literaria (IFL), una organización sin fines de lucro que estimula el amor por la lectura y la escritura creativa en lugares marginados, se convirtió en el medio benefactor.

La idea se gestó en la mente inquieta de Mara Daisy Cruz, acostumbrada a socorrer a los que carecen de medios para procurarse una vida digna. “Desde muy joven comencé a hacer labor voluntaria en hogares de niños y ancianos. De adulta, con diferentes organizaciones, visitaba residenciales, comunidades desventajadas y cárceles para llevar ropa, comida y artículos de primera necesidad. En el 2007, cuando culminé una maestría en Creación Literaria, me pregunté qué podía hacer con las herramientas aprendidas. Sabemos que la escritura es una excelente terapia que ayuda a conservar el equilibrio emocional y hasta puede salvar vidas. Con eso en mente, fundé el Instituto de Formación Literaria para que, a través de la escritura, los participantes puedan enfrentar en el papel sus experiencias traumáticas, padecimientos, temores, alegrías o darle rienda suelta a su inventiva”, expresó Mara Daisy.

El proyecto tomó forma en el 2008 cuando se organizaron los primero talleres. Mara Daisy invitó a un puñado de escritores dispuestos a ofrecer talleres de cuento en el Hogar Sor María Rafaela, Iniciativa Comunitaria, La Perla de Gran Precio, Lucha contra el SIDA, Casa la Providencia, Teen Challenge, Égida del Ingeniero y en la Sociedad Americana del Cáncer.

Los participantes se enfrentaron con la lectura de cuentos de la literatura clásica. Se crearon discusiones que promovieron el aprecio por la buena lectura y por el pensamiento crítico. Se les motivó a que crearan cuentos propios. ¡¿Cómo?! Sin computadoras ni diccionarios, con lagunas gramaticales, el reto se impuso. Echarían mano de su imaginación y destrezas para comunicarse por escrito. Y quién sabe, de las realidades de sus propias vidas. En ambos casos, se adentraban en el trabajo reflexivo y responsable. Con toda probabilidad, ¡ni siquiera imaginaban cuánto poder les daba acercarse a las palabras!

“Cuando culminan los tallares se les entrega un certificado de participación a los estudiantes. En la medida que podemos les regalamos libros y materiales para que continúen escribiendo. Fue en uno de los primeros talleres que se ofreció en una institución que alberga jóvenes por uso y abuso de sustancias controladas, que una muchacha de algunos diecisiete años le comentó tímidamente a la compañera del lado “que era la primera vez que le regalaban un libro”. En ese momento me encontraba de espalda a ella entregándole un libro a otra de sus compañeras. Aquellas palabras me apretaron el corazón, cuando me viré la jovencita acunaba entre sus brazos cicatrizados por un vicio que dejó atrás, el libro como si tuviera una muñeca nueva. Lo que para muchos es algo normal, tener un libro, para ella, que vivió muchos años en la calle, era un tesoro. Ese día reafirmé que esa era mi misión”, expresó la fundadora y directora ejecutiva.

En el 2013 Mara Daisy decidió sumar al proyecto del IFL las instituciones carcelarias. Ese año los talleres comenzaron en Bayamón y en la cárcel de mujeres en Toa Alta. Ocho sesiones de dos horas cada una los adentrarían en un mundo distinto de aquel con paredes grises de hormigón y alambres de púa en las rejas. Viajarían a lugares mágicos, inventarían mundos exóticos, visitarían su niñez, revivirían el abrazo de una madre sufrida, bailarían un vals con su hija quinceañera vestida de princesa, pedirían perdón a un padre…a través de las palabras. Sin ser conscientes, reconstruían la vida rota. Se encontraban en algún personaje literario, se confrontaban con alguna manera distinta de resolver conflictos, de mirar al otro, de sentir la vida.

Los privados de su libertad, marcados por la vida, muchos de ellos provenientes de hogares impactados por la miseria, drogas, alcoholismo, prostitución, y falta de respeto por la existencia humana, se sentaban a crear algo positivo.

Las palabras ejercían su magia. Se transformaron en herramienta de reflexión honda; en instrumento de superación; en alas para volar fuera de los confines grises. Pero también se alzaron, sorpresivas, como protagonistas de algún anhelo artístico. Más de un estudiante descubrió que se abría ante ellos la puerta enorme de la creatividad.

Ese fue el caso de uno de los confinados de la cárcel Anexo 500 en Guayama, quien le solicitó a la profesora Dalia Stella González que se convirtiera en su mentora literaria. “Aunque solo fueron ocho días, para mí fueron una vida”, escribió en la evaluación final. Conmovido, el aspirante a escritor añadió que “escribir se ha convertido en mi vida, en mi sueño, en mi última oportunidad de lograr ser alguien en esta vida”.

Ignacio “Nacho” Borges, quien ya ha publicado un libro de su autoría desde la prisión, y cuyos textos se han incluido en antologías, revistas y blogs, afirma con orgullo: “Yo soy producto del Instituto de Formación Literaria”.

Nacho participó de dos ciclos de talleres en los que aprendió técnicas de creación cuentística y realizó ejercicios literarios que pulieron su destreza para escribir obras literarias.

La labor comprometida de los profesores caló hondo entre los estudiantes vestidos de azul o de kaki. La graduación de su trabajo como talleristas retrataba rostros de felicidad, besos, abrazos, y palabras de elogio y agradecimiento al Instituto y sus profesores. Les nacía por dentro la sensación de saberse apreciados.

“Los profesores y escritores puertorriqueños Rubis Camacho y Emilio del Carril han sido excepcionales”, afirmó Borges, y añadió que, desde su encarcelamiento, deseó capacitarse en el campo literario, según él, “que tanto me gusta”, para afinar los poemas, cuentos, anécdotas y hasta una novela.

“Como en ninguna o muy pocas ocasiones he tenido el privilegio y la bendición de encontrar en mi camino un ser humano que no solamente creyó en mí y en todos los aquí presentes, pero también buscó la manera de que cada uno de nosotros sacáramos de nuestro interior lo mejor de nosotros”, escribió uno de los estudiantes acerca de la profesora Dalia Stella González.

Cuenta el escritor y profesor Antonio Ramos que, al llamar por su nombre a uno de los confinados del Centro de Detención 501 de la Cárcel Regional de Bayamón para entregarle el certificado de logro, el joven miró el documento y luego al profesor, y le dijo: “Es la primera vez en mi vida que alguien reconoce que tengo algún talento y algún valor como ser humano”. Ramos se excusó, salió al pasillo, y lloró por largo rato.

“Con mis ‘hombres de añil’ confirmé que la vida es un concierto de posibilidades, que esas posibilidades aumentan en la medida en que se articula un pensamiento de bien. La escritura los dirigió a mirarse por dentro. Algunos solo vieron la oscuridad, y de ella escribieron. Otros atisbaron alguna llamarada de la infancia, y a ella se aferraron. Como sea, fue la palabra escrita el medio para atisbar algo de felicidad”, sostuvo la escritora Rubis Camacho al rememorar la satisfacción que le produjo entrar en el mundo de los confinados a cadena perpetua en una de las cárceles del país.

La escritora Yolanda López López asegura que, lejos de sentir desagrado frente al grupo de hombres encadenados, sintió “empatía”. “Al final del curso me despedí con un abrazo a cada uno. Se me olvidó que eso está prohibido, pero habíamos alcanzado una unidad de afecto por el amor a las letras y en ese escenario todo lo demás quedó excluido”, agregó.

En realidad, se trataba de una experiencia de éxito; una emoción inesperada. Entonces Mara Daisy pensó en llevar el proyecto a un nivel de mayor desafío. Compilaría los escritos de los estudiantes y los publicaría. Fue así como salieron a la luz las antologías: De adentro hacia afuera: antología de cuentos y cartas desde las prisiones, (2015). Donde el tiempo se detiene: antología de cuentos desde las prisiones, (2016), Cicatrices de mi encierro: antología de cuentos y otros escritos desde las prisiones, (2017) y El añorado sabor de la libertad: poemas escritos desde las prisiones, (2018).

El Instituto de Formación Literaria recibe el valioso patrocinio de la Comisión Especial Conjunta de Fondos Legislativos, la Fundación Ángel Ramos y desde este año del Fondo Flamboyán para las Artes, esto gracias a la alianza entre la Fundación Flamboyán y del reconocido actor y filántropo puertorriqueño Lin-Manuel Miranda.

“Este proyecto es muy importante para mí, recluto profesores que se identifiquen con la causa, esto es un trabajo que se tiene que hacer con amor y respeto. Cuando estoy en las prisiones no veo las faltas de los estudiantes y no me importa por qué están presos. Veo a hombres y mujeres que necesitan que se les devuelva su dignidad, que se les reconozcan sus talentos y se les estimule a seguir un camino positivo en la vida”, concluyó Mara Daisy Cruz.