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José Martí en el momento de su muerte [un enigma]

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alt(San Juan, 9:00 a.m.) La muerte de José Martí, la cual se cumplen hoy 125 años, ha sido objeto de debates por historiadores y profanos. No debe extrañarnos, puesto que la muerte de los grandes hombres a menudo provoca en los pueblos sentimientos tales de impotencia que inevitablemente conducen a leyendas y conjeturas.

¿Fue voluntariamente en busca de la muerte? ¿Se quitó la vida al verse acorralado por las tropas enemigas, prefiriendo la muerte a la prisión? ¿Fue asesinado por un cubano traidor? ¿Fue víctima de los celos que provocaba su liderato entre algunos jefes cubanos? ¿Trató de apartarse de la tropa para marchar al extranjero siendo muerto al alejarse solo de sus compañeros en armas? ¿O fue su muerte un hecho fortuito en medio de un combate en que se medían tropas desiguales?

Estas y otras versiones han sido planteadas por los que tratan de buscar una explicación a una muerte tan dolorosa como inesperada, ocurrida precisamente en su primera acción en el campo de batalla.

La tesis de que Martí fue voluntariamente en busca de la muerte se basa en sus premoniciones sobre lo próximo de su fin y en la hipótesis de que dolido por el apelativo de Capitán Araña con que algunos lo acusaban de dirigir la guerra desde lejos sin correr riesgos en el campo de batalla, su martirologio serviría como ejemplo de sacrificio y contribuiría a la unidad de los cubanos. Esa tesis, que en el pasado tuvo algunos adeptos, los ha ido perdiendo por lo descabellado de la idea y el hecho de que evidencia total desconocimiento de su carácter. Eso implicaría que la acción de Dos Ríos habría sido un arrebato de frustración porque lo hacían salir de la manigua, cuando a través de los años Martí se enfrentó a situaciones mucho más difíciles y nunca se dejó afectar por esos contratiempos.

La teoría del asesinato por un cubano traidor se basa en el testimonio del vil práctico Antonio Oliva, cubano traidor, que en aquel combate hizo disparos con su arma y desde aquel momento no cesó de proclamar que había causado la muerte de Martí, disparándole a boca de jarro.

La tesis de los celos entre los jefes cubanos, a todas luces infame, surge de las discrepancias que Martí había tenido con Máximo Gómez y Antonio Maceo en torno a la forma de conducir la lucha revolucionaria, y el recelo que despertaba su carismático liderato, en ocasiones impugnado por su inexperiencia militar.

Los que plantean que Martí se separaba de la columna cubana para marchar al extranjero a cumplir importantes labores se basan en especulaciones de que un acuerdo de este sentido se habría alcanzado en la histórica reunión de La Mejorana o que, dolido por las controversias allí surgidas, decidió volver al exilio donde podía ser más útil. Esta tesis se derrumba ante lo ilógico de que se marchase solo del campamento asediado por el enemigo y lo absurdo de que Gómez, que lo quería y lo admiraba no empece las veces que discreparon, lo hubiese dejado ir solo sin proporcionarle la escolta adecuada.

No hay dudas de que en La Mejorana Martí y Maceo discreparon agriamente en torno a sus respectivas visiones de la lucha: la civilista del Apóstol, la militarista del Titán de Bronce. También parece ser cierto que allí se discutió la conveniencia de que Martí regresara a Nueva York a recabar ayuda para la causa. La misteriosa desaparición de la hoja del Diario de Campaña de Martí correspondiente al 6 de mayo de 1895 ha contribuido a fomentar las especulaciones sobre lo ocurrido en La Mejorana. Pero el sentido común y la altura y responsabilidad que caracterizaban tanto a Martí como a Gómez echan por tierra las absurdas teorías sobre una retirada precipitada provocada por la indignación o una irresponsable falta de protección.

El investigador Roberto Pérez Acevedo descubrió recientemente un despacho de un corresponsal del New York Herald que entrevistó a Gómez después de la muerte de Martí donde cita al Generalísimo diciendo: “Si Martí se hubiese quedado conmigo quizás estaría vivo hoy, pero los intereses de la revolución requerían su presencia fuera de aquí. Había comenzado apenas el viaje hacia la costa para embarcar hacia Jamaica cuando cayó en una emboscada y fue traicioneramente matado, prácticamente ‘masacrado’ por las tropas del coronel Sandoval, que eran seis a uno”.

Sin embargo, ni en el Diario de Campaña de Martí ni en el de Gómez se menciona el supuesto viaje a Nueva York, y en el suyo, el Generalísimo describe así la muerte: “Cuando Martí cayó, me había abandonado y se encontraba solo, con un niño que jamás se había batido, Angel de la Guardia. Cuando ya íbamos a enfrentarnos con el enemigo, le ordené que se quedase detrás, pero no obedeció mi orden y no pudiendo yo hacer otra cosa que marchar adelante para arrastrar a la gente, no pude ocuparme más de Martí”.

Suponiendo correcta la teoría de que se hubiese acordado el viaje a Nueva York y que Martí se preparaba para marcharse, no es lógico suponer que lo hubiese hecho en momentos en que se avecinaba un combate, sobre todo con lo deseoso que estaba de hacer su bautismo en el campo de batalla.

“¿Arrebato épico? ¿Inexperiencia? ¿Codicia de su hora?”, se pregunta Jorge Mañach en su seminal “Martí, el Apóstol”.

La tesis de su albacea Gonzalo de Quesada me parece la que más se ajusta a los hechos históricos: “Martí desde que inició su vida de revolucionario militante no tuvo en ningún momento la ‘voluntad de morir’, de un ‘suicidio’, pero sí la inquebrantable decisión de nunca rehuir el peligro, de llegar al más grande de todos los sacrificios, de dar su vida, de ser necesario, por su patria, por ser fiel a sí mismo, y de asegurar con esta inalterable postura moral suya el más alto respeto y la permanente vigencia por su vida y su obra”.

Y por si alguna duda quedaba, ahí está el testimonio de Marcos del Rosario, el valiente dominicano que lo acompañó desde que partió de Santo Domingo y que en su lenguaje campesino atestiguó: “Martí era un valiente. Eso dígalo uté. Martí murió porque se metió peliando en medio del campamento español… y montaba su caballo y venía corriendo tirando tiro… Si Martí hubiera tenío siquiera tre mese de guerra no lo matan…”.

Mañana voy a analizar con mayor profundidad la tesis del suicidio, sobre todo a la luz del reciente libro Dos Ríos: a caballo y con el sol en la frente, en el que el historiador Rolando Rodríguez analiza los documentos inéditos sobre la muerte del Apóstol que descubrió en Madrid y en Cuba.