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Soberanía y energía eléctrica

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(San Juan, 2:00 p.m.) La crisis que estamos enfrentando en Puerto Rico es una crisis de soberanía. El hecho de que a ochenta días del paso de María sigamos teniendo comunidades completas sin energía eléctrica es una prueba más de que es tiempo de alcanzar la soberanía. Al hablar de soberanía no me limito al concepto tradicional relacionado con la independencia o la nacionalidad. Entiendo la soberanía como una realidad mucho más amplia y profunda. Obviamente está relacionada con la idea de independencia y nacionalidad, pero va más allá de dichos conceptos.

Al hablar de soberanía en el contexto de la energía eléctrica me refiero a la posibilidad de cambiar el paradigma de producción, distribución y consumo de energía en Puerto Rico. Me refiero al problema del consumo de combustibles fósiles que aumentan el riesgo de que tengamos otra experiencia como María. Al hablar de soberanía en referencia a la energía eléctrica estoy hablando de cómo tenemos que reconstruir lo que tenemos, pero de manera más inteligente, eficiente y limpia. Lo sorprendente es que luego de este tiempo todavía nadie ha comenzado dicho diálogo. Nadie está hablando sobre cómo la reconstrucción tiene que ser diferente. Estamos levantando postes, colocando cables y generando energía, pero no estamos repensando cómo hay que hacerlo de manera que evitemos otra catástrofe. Ahí reside nuestra ausencia de soberanía. No somos partícipes, no somos consultados, nadie se interesa, en la Autoridad de Energía Eléctrica, FEMA o el gobierno estatal, de democratizar este proceso.

Mientras la reconstrucción sea un asunto de contratos, dinero, préstamos y técnicos nuestra soberanía energética seguirá siendo una ilusión. La realidad es que la única manera de comenzar de nuevo, y de que Puerto Rico se levante, según dice la propaganda que tanto me desagrada, es democratizando el proceso de reconstrucción, consultando a las comunidades e integrando la sabiduría del pueblo en dicho proceso. En este contexto la soberanía es un ejercicio de inclusión, de integración, sumando lo que saben las comunidades al proceso por medio del cual queremos restablecer la energía eléctrica.

El problema es que la realidad va por otro lado. No estamos politizando la reconstrucción, al menos no de manera saludable. En lugar de desafiar la creencia hegemónica sobre la producción, distribución y consumo de energía nos quedamos cruzados de brazos esperando que la restablezcan, para luego seguir como si nada hubiere sucedido. Pero sí sucedió, está sucediendo. Las comunidades siguen sin energía, los viejos siguen abandonados, los pobres siguen olvidados y a nadie se le está dando la oportunidad de canalizar constructivamente la frustración. Mientras que muchos siguen utilizando la crisis para construir una imagen de salvadores del mundo, tomándose selfies en comunidades a las cuales no le hacen ningún bien, otros están legislando tonterías que no corresponden a la emergencia que estamos experimentando. Probablemente es por ello que la sociedad civil ha tenido que recurrir a organismos internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos o el Relator de la Pobreza y los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, porque aquí nadie ha abierto el espacio para el debate, la conversación y la construcción de la soberanía energética que tanta falta nos hace.