La crisis económica, acelerada profundamente por la pandemia, ha agravado todavía más las diversas formas de violencias machistas y patriarcales que sufrimos las mujeres y ha visibilizado las consecuencias de las políticas patronales y de recortes de los gobiernos sobre nuestras condiciones de vida.

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El alto al fuego vigente en el Sahara Occidental desde 1991 ha saltado por los aires el 13 de noviembre. Luego de que la monarquía marroquí lanzara un ataque militar en contra de manifestantes saharauis que bloqueaban la carretera de Guerguerat, que atraviesa cinco kilómetros de una zona de separación. Contemplada en los acuerdos de la tregua, y comunica al Sahara ocupado por Marruecos con Mauritania. Los manifestantes protestaban desde el 21 de octubre por el uso ilegal del cruce fronterizo, una violación marroquí del alto al fuego, por el que circulan además mercancías producto del saqueo de recursos del Sahara Occidental como fosfatos y productos de la pesca en la plataforma marítima. Saqueo en el que participan transnacionales españolas, estadounidenses, francesas y de otros países.

Al atacar a los manifestantes civiles, las fuerzas represivas del régimen monárquico marroquí abrieron tres nuevas brechas en el territorio militar de exclusión. El Frente Polisario, el movimiento de liberación nacional del pueblo saharaui fundado en 1973, repelió el ataque marroquí, golpeando con artillería cuatro bases y dos puntos de vigilancia, y declaró la reanudación de la guerra. “Comenzó la guerra de liberación de todo el pueblo”, anunció el Frente Polisario, mientras se activaba la movilización general en los territorios liberados y los campamentos de refugiados en Argelia. También hubo manifestaciones en El Aaiún y otras ciudades saharauis ocupadas por Marruecos, duramente reprimidas por la monarquía.

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El 2017, con todo lo que ha pasado en estos últimos tres años, pandemia mundial incluida, parece quedar en la prehistoria. Recuerdo en ese entonces, más precisamente en el mes de enero, haber visitado el Congreso chileno, en Valparaíso, y escuchar al senador Alejandro Navarro. No puedo acordarme exactamente sobre qué tema estaba interviniendo en esa sesión del Senado –era la primera vez que lo veía en vivo– pero sí tengo muy presente que culminó su oratoria sentenciando: ¡Nueva Constitución, Patagonia sin represas, no más AFP!

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El carácter altamente contradictorio de la realidad del sistema capitalista mundial ha quedado bien dibujado en las varias y continuadas victorias democráticas alcanzadas por diversos pueblos de este continente americano en los últimos meses.  

Victorias que suceden en medio de una pandemia con sus 54 millones de infectados y 1.3 millones de muertos, con una crisis capitalista de proporciones bíblicas, en las que la patronal ha impuesto un ataque severo a los derechos laborales y al empleo, con 34 millones de nuevos desempleados en Latinoamérica, sumados a los que ya había antes de la pandemia, según la OIT. 

Victorias expresadas en el plano democrático electoral, pero que solo son explicables por las fuertes movilizaciones y luchas populares que les han precedido y les han hecho posibles. 

La primera enorme e inapelable victoria del pueblo boliviano en las elecciones del 18 de octubre pasado, en la que el candidato del Movimiento Al Socialismo, y del expresidente Evo Morales, Luis Arce, salió vencedor en la primera vuelta por un aplastante 55% de los votos, victoria reconfirmada por la mayoría absoluta en la elección a las cámaras de diputados y senadores.  

La victoria electoral del MAS ha sido posible por la resistencia obrera y popular contra el golpe militar apoyado por Brasil, Estados Unidos y la OEA en noviembre pasado contra el presidente Evo Morales. Victoria electoral que se explica por la resistencia frente a la dura represión del gobierno usurpador de Jeanine Añez, con su secuela de muertos, heridos y presos. Elecciones que fueron posibles porque el pueblo se echó a las calles y bloqueó caminos para evitar su postergación indefinida. 

La victoria en el Plebiscito Nacional en Chile, que por más del 78% decidió su pueblo poner fin a la Constitución Política pinochetista mediante la convocatoria a una Asamblea Constituyente; victoria que ha sido posible gracias al “estallido social” iniciado en 2019, a partir de una medida típicamente neoliberal como el alza del pasaje público, con la movilización de millones de personas, a cuya vanguardia marcharon estudiantes y la juventud. 

La derrota electoral de Donald Trump en las elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos, aunque peleada, expresa una victoria democrática de los sectores más explotados y oprimidos de ese país, quienes votaron contra el proyecto capitalista, misógino, racista y xenofóbico del candidato republicano. Biden y los demócratas deben su victoria electoral al masivo voto de la comunidad afronorteamericana, de las mujeres, de la juventud y, salvo Florida, al voto de los hispanos. 

Esta victoria contra el proyecto fascistoide de Trump no hubiera sido posible sin el amplio movimiento de mujeres que, desde el inicio de ese gobierno salieron a las calles por millones; sin la movilización de la juventud de izquierda norteamericana, que incluso estuvo detrás de Bernie Sanders en las primarias demócratas, tanto en 2016 como en 2019-2020; y sobre todo, esta derrota del proyecto racista se debe a la movilización de millones de personas en trono al movimiento Las Vidas Negras Importan (Blacks Lives Matter), que viene luchando desde hace años pero que tomó una enorme fuerza tras el horrible asesinato televisado de George Floyd, en Mineápolis en mayo pasado. 

A estas derrotas de los proyectos de ultraderecha hay que sumar la de los principales candidatos del presidente Jair Bolsonaro en las elecciones municipales de Brasil del 15 de noviembre. Sus candidatos perdieron en los grandes centros urbanos, por ejemplo, en San Pablo, capital económica del país, el bolsonarista Celso Russomano llegó en cuarto lugar con poco más del 10% de los votos; la elección a alcalde de esa ciudad se decidirá entre el candidato del PSDB, Bruno Covas, que sacó 32% de los votos de la primera vuelta; frente al candidato del PSOL y el MTST, de la izquierda, Guilherme Boulos, que obtuvo el 20%. 

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El exsenador José Ortiz Daliot afirmó hoy que “sobran las razones” para que los puertorriqueños voten No en el plebiscito de “Estatidad Sí o No” que, impulsado por el Partido Nuevo Progresista (PNP), se celebrará el próximo martes, 3 de noviembre, simultáneo con las elecciones generales del país.

Para el veterano político, quien se identifica con el ala soberanista del Partido Popular Democrático (PPD), coincidió con la postura del Departamento de Justicia de Estados Unidos de que la consulta está “sesgada a favor de una sola opción en prejuicio a las otras opciones de estatus”.

Para Ortiz Daliot, más allá del rechazo manifiesto del gobierno federal, “el efecto de la anexión seria devastador para la economía de Puerto Rico y su identidad nacional”.

En este sentido subrayó que “no se recibirán los $9.5 mil millones que alega el PNP y si solo $5.2 mil millones, aparte de que los puertorriqueños tendrían que pagar unos $2.3 mil millones en contribuciones federales más”.

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Es indescartable todavía la posibilidad de que la casta militar de Bolivia efectúe un golpe de Estado para evitar que Luis Arce. del Movimiento al Socialismo (MAS), advenga al poder tras su triunfo en las elecciones de ayer domingo en el país sudamericano.

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