Que Fortuño es un liber.. qué?

Por poco dejo caer el teléfono cuando leí que ahora, el administrador colonial Luis Fortuño, se declara como un “libertario” que gobierna para “el individuo”.

Hace unos días, el periódico de Guaynabo citó al primer funcionario de la Isla diciendo: “Creo en la libertad individual de la gente”. De igual forma el rotativo le citó diciendo: “Porque yo no lidero el gobierno, lidero el individuo, y aquí la grandeza de Puerto Rico es la gente, no su gobierno. Eso es un cambio de filosofía. Si tú miras, esa es una constante en mi gobierno”.

¿Cómo dijo, que dijo? … La verdad que si no fuera tan serio, se pudiera ver como un chiste de mal gusto.

Es impresionante que una persona titulada en Leyes diga tantas aberraciones y no le dé vergüenza.

La verdad es que al leer las expresiones de Fortuño recordé aquella máxima de que el coloniaje convierte al colonizado en una caricatura del colonizador.

Según parece, buscando promover su figura entre los sectores menos intelectuales y más recalcitrantes del Partido Republicano estadounidense, nuestro principal funcionario ahora decidió repetir el ignorante discurso de gente como Sara Palin y como los integrantes del movimiento conocido como el “Tea Party”.

Cuando se habla de Libertarios, se habla de una filosofía cuyo principal valor son las libertades personales y las protecciones de los individuos frente al Estado, según la publicación libertaria en la web, Le Québécois Libre:

“En pocas palabras, -los libertarios- creen que la libertad individual es el valor fundamental que debe subyacer a todas las relaciones sociales, intercambios económicos y al sistema político. Creen que la cooperación voluntaria entre individuos en un mercado libre siempre es preferible a la coerción ejercida por el Estado. Creen que el rol del Estado no es perseguir fines en nombre de la comunidad – tales como distribuir la riqueza, "promover" la cultura, "apoyar" al sector agrícola, o "ayudar" a pequeñas empresas – sino el limitarse a sí mismo a la protección de los derechos individuales y dejar que los ciudadanos persigan sus propios fines de un modo pacífico.

Los libertarios esencialmente predican la libertad en todos los campos, incluyendo el derecho a lo que uno quiera con su propio cuerpo mientras esto no infrinja la propiedad e igual libertad de otros. En este sentido, creen que la gente que quiere tomar drogas, ver pornografía, prostituirse o pagar por una prostituta, o comprometerse en cualquier clase de actividad sexual consensual, debería poder hacerlo sin ser importunada por la ley y asediada por la policía.”[1]

Si tomamos como cierta la forma en que los propios libertarios se identifican, obviamente tendríamos que concluir que Fortuño no tiene idea de lo que está hablando y que repite acríticamente los estribillos de la derecha estadounidense. Pues como dijo aquél carpintero de Galilea: “por sus hechos los reconocerás”.

Los hechos están claro.

En la administración de Fortuño se caracteriza por medidas altamente anti-libertarias como el uso excesivo de las fuerzas del Estado, en el constante ataque a las libertades individuales, como la limitación al derecho de expresión que se incluye en el propuesto Código Penal y la búsqueda de recortes a las protecciones constitucionales como el derecho absoluto a la fianza.

Ni siquiera en sus posturas electorales Fortuño puede decir que es un libertario. Ni siquiera apoyó la candidatura de Paul Ron, único aspirante verdaderamente libertario a la nominación presidencial por el Partido Republicano.

En lo que si concuerda Fortuño con los verdaderos libertarios es en dejar que la economía funcione darwinistamente y que los ricos se traguen y exploten a los pobres. Según la publicación libertaria arriba citada:

“Los libertarios apoyan la igualdad formal de cada uno y de todos ante la ley, pero se preocupan poco sobre las desigualdades entre ricos y pobres, que son inevitables y que sólo pueden ser reducidas afectando la libertad personal y reduciendo la prosperidad general. Para ellos, el mejor modo de combatir la pobreza es garantizar un sistema de libre empresa y libre intercambio y permitir que las iniciativas de caridad privada vayan en rescate de los necesitados, las que son más efectivas y mejor justificadas moralmente que los programas estatales de transferencia de riqueza.”

Si bien Fortuño abraza el liberalismo para abrirle el espacio para que los ricos abusen de los trabajadores en nombre de la libre empresa, vuelve a traicionar la visión libertaria cuando su administración alimenta con fondos públicos a los y las religiosos que han montado imperios económicos para allegadamente hacer la caridad y ayudar a los necesitados, después de cobrar los costos de manejo, por supuesto.

En fin que si el carpintero tenía razón y por los hechos se reconocerán, Luis Fortuño lejos de libertario, es una fascista social, como diría el gigante de Boaventura de Sousa Santos.

Un fascista social es un nuevo fascista que no surge del totalitarismo político que, “en lugar de sacrificar la democracia a las exigencias del capitalismo, trivializa la democracia hasta el punto que ya resulta innecesaria, ni siquiera conveniente sacrificarla a fin de promocionar el capitalismo. Se trata de un tipo de fascismo pluralista producido por la sociedad en lugar del Estado. El Estado es aquí un testigo complaciente, cuando no un culpable activo. Estamos entrando en un período en el que los Estados democráticos coexisten con las sociedades fascistas” nos explica De Sousa Santos.

De esta manera, expone el pensador portugués, en todas sus expresiones “el fascismo social es un régimen caracterizado por relaciones sociales y experiencias de vida bajo relaciones de poder e intercambios extremadamente desiguales, que se dirigen a formas de exclusión particularmente severas y potencialmente irreversibles”[2].

En fin que al examinar a Luis Fortuño desde sus hechos y no sus palabras, lejos de un libertario se presenta como un fascista social que pretende utilizar la fuerza de la ley y el Estado, que alega despreciar de paso, para garantizarle el espacio de lucro a los sectores más ricos y poderosos, que son a los que él realmente sirve.

Como dije al comienzo de este escrito, si el juego de palabras de Fortuño no fuera tan serio, sería para reír.

El problema es que mientras él juega a ser caricatura de “Tea Party”, llamándose libertario y comportándose como fascista social, nuestro pueblo paga con sangre en las calles el costo de las medidas neoliberales de exclusión que ese juego le provoca.

 

[1] http://www.quebecoislibre.org/philo3.htm

[2] Boaventura da Sousa Santos, Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho. Trotta, Madrid, 2009, pp. 560-563.

 

Habiendo estudiado justicia criminal, algunos de mis allegados me preguntan sobre la consulta en torno al derecho a la fianza.

Ante la interrogante de mis compañeros y compañeras viene a mi mente un mensaje electrónico donde mi suegro me advertía a no discutir con necios o ignorantes.

El mensaje explicaba que cuando uno discute con necios o ignorantes, uno termina bajando a su nivel y regularmente perdiendo la discusión pues ellos tienen más experiencias hablando necedades.

Sobre la palabra necio, el diccionario de La Real Academia de la Lengua Española (RAE) nos ilustra: “necio, cia. (Del lat. nescĭus): 1. adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. U. t. c. s.[1]; 2. adj. Imprudente o falto de razón. U. t. c. s. ;3. adj. Terco y porfiado en lo que hace o dice. U. t. c. s.; 4. adj. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.”.

Al leer desde estas definiciones las propuestas que pretenden reducirnos los derechos como forma de luchar contra con la criminalidad, sólo las puedo catalogar como una necedad sostenida por la ignorancia.

Aquellos que proponen estas reducciones en derechos como estrategia para atacar la llamada criminalidad se basan en el miedo a la violencia social que abruma el país, que no es lo mismo que criminalidad.

Violencia social que ellos pretenden minimizar definiendo la misma como un simple problema de criminales desviados que necesitan control y mano dura, obviando así las causas estructurales y sistémicas que producen la misma.

De esta manera, su discurso de pánico está dirigido a los sectores más conservadores del país, que son los que más participan de las elecciones y también los que desconfían de los pobres y sub-proletarios.

Un miedo que les lleva fácilmente a creer que renunciando a las protecciones y garantías constitucionales, el Estado podrá ser más eficiente contra “el criminal”. “Después de todo, la gente decente no necesita derecho a la fianza”, es el entrelineas del discurso.

Sin embargo, lo que hace este simplista discurso es jugar con las emociones evitando usar la razón para buscar alternativas al problema. De esta forma los gobernantes de turno evitan tener que dar explicaciones u ofrecer prueba de que su teoría de renunciar a los derechos funciona para hacer frente a la criminalidad.

Esos gobernantes que se esconde tras esta propuesta para no admitir su fracaso manejando la criminalidad tienen, sí tienen la obligación de contestar: ¿Si en alguna instancia esta estrategia de cortar derechos a la población funcionó y alivió la criminalidad?

Mientras no contesten esas preguntas con pruebas verdaderas y estudios académicos, la propuesta es una necedad que me niego a legitimar debatiéndola.

Que yo recuerde, la renuncia a los derechos civiles y las garantías constitucionales sólo produce dictaduras fascistas o de izquierda.

El sólo discutir esa propuesta es bajar al nivel de aquellos y aquellas que llevan sobre treinta años proponiendo una mano dura y un castigo seguro que no funcionó ni funciona para detener la violencia que sufre el país.

Discutir si la reducción de los derechos baja la criminalidad es una necedad igual a discutir si la Tierra gira en torno al Sol. Esas cosas no se discuten, simplemente se les dice que “no”.

Por tanto aquellos que quieran argumentar sobre tal necedad, tienen el peso de la prueba, mientras tanto; no, no voy a discutir sobre la fianza.

Me limitaré el 19 de agosto a votar que “NO”, porque mis derechos no son la causa de la criminalidad.

Paz y anarquía…

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[1] Usado, usada o usadas también como sustantivo.

Llegó el verano, corregidos todos los trabajos y entregadas las notas, regreso al desempleo.

Como miles de puertorriqueños que dependen del sub empleo, empleos chatarras,  trabajitos “part times”, o de chiripitas, los que enseñamos a tiempo parcial en las universidades del País también pasamos tiempos de “invernazos”.

Claro en el caso de los profesores universitarios es más bien “veranazo”. Pues es en verano que menos oportunidad de dar clases aparecen.

Como desempleado al fin, me paso los días buscando formas de entretenerme sin gastar.  Es decir de “comer sin trabajar”,  usando la lírica original del Gran Combo de Puerto Rico.

En mi caso, los libros acumulados en la mesa de noche son un buen refugio para parecer ocupado y escapar a los posibles proyectos caseros que puedan surgir de la mente de mi compañera de más de 30 años.

Otra forma de entretenerme es ponerme al día con los acontecimientos del país, escuchando las noticias de la radio y leyendo los periódicos en línea.

Así me expongo, no sólo a las propuestas gubernamentales para resolver los problemas, sino al sentir de ese sector poblacional que participa activamente de la discusión pública y que le interesa votar en las elecciones.

La experiencia no pudo ser más deprimente.

Varios días escuchando diferentes estaciones de radio y siguiendo las noticias publicadas en los periódicos digitales, me lleva a pensar que en el Puerto Rico de la segunda década del siglo XXI, cuando viene al crimen y la criminalidad, la población aparenta ser cada día menos educada y cada vez más conservadora.

El discurso de “ley y orden” desarrollado en Estados Unidos por los sectores más conservadores y trogloditas como respuesta a las protestas de la contra cultura durante la década de 1960, parece ser la norma aún de los llamados líderes de la oposición en Puerto Rico.

Parece como si la norma entre los que opinan en estos medios fuera que los criminales vienen de otro planeta o como si fueran seres endemoniados a quien se le debe tratar con la mayor severidad posible y contra quienes la única respuesta es la mano dura y el castigo severo y público.

Para estos conservadores boricuas, “los puertorriqueños” son vistos como una raza inferior a quienes sólo el total control del Estado puede elevar a la civilización del hombre blanco, capitalista que asegura ser heterosexual y cristiano.

De paso, escuchando o leyendo a estos “comunicadores silvestres” parecerían que no son puertorriqueños, pues siempre hablan de los boricuas en tercera personas: “los puertorriqueños son vagos o puercos”.

Para estos conservadores, la sociedad puertorriqueña se polariza entre los que tienen o creen tener, es decir “la gente decente” que debe protegerse de los marginados o excluidos, es decir los vagos y delincuentes.

Esta situación termina generando miedo e inseguridad en los que creen “tener”, es decir la llamada clase media que en Puerto Rico que realmente es clase pobre trabajadora –working poor- y que cada vez más ve reducirse sus recursos y espacios de influencia.

Es aquí donde radica el verdadero peligro, pues aprovechando esos miedos, los verdaderos poderosos aprovechan para pasar leyes de control social dirigido a limitar a los delincuentes, pero que termina limitando a todos los ciudadanos a un rol de meros productores disciplinados de riquezas y derrochadores consumidores de baratijas producidas por otros iguales que ellos en algún país lejano.

Es de esta manera que las medidas de mano dura, castigo seguro o cualquiera otra medida punitiva, termina produciendo más crimen y violencia que las que intentan combatir pues termina excluyendo social y económicamente a más personas.

No sé si es lamentable o doloroso, pero lo que si tengo claro es que en este momento histórico donde los políticos intentan justificar sus fracasos quitándole derechos al pueblo, es una situación peligrosa.

Es peligroso porque los pueblos si se equivocan.

Basta con mirar la Alemania de Hitler, la Unión Soviética de Stalin o el Estados Unidos de Reagan para darse cuenta de que los pueblos, no solo se equivocan, sino que pagan caro sus equivocaciones.

La visión de mundo de los nuevos conservadores estadounidenses, producto de los años del 1980, parece instalada en la sociedad puertorriqueña del siglo XXI, donde se impone esa visión de que el país tiene que ser uno de “ley y orden”.

Estos conservadores de nuevo cuño en Puerto Rico olvidan que cuando los pueblos se autoimponen esta visión de “ley y orden”, es porque fracasaron en desarrollar la convivencia y la tolerancia en la diversidad.

De igual forma olvidan que los pueblos que progresan son los que aprenden a convivir y a tolerar la diversidad, mientras que los que compraron el discurso de “ley y orden” terminan enjuiciados por la historia.

En fin que si madura como pinta, espero que la historia sea piadosa con nosotros…