Yo lo veía fajao, en la cafetería, contestando el largo examen que la misi de la clase de español nos había dado para llevar. La educación debería ser como en Finlandia sin notas. Me pregunto si contarán la asistencia para aprobar las materias… Me propuse seducir al nerdo. Le haría un show de niña sufrida, pero sexy. Mi plan se iba concretando. Me gané la oportunidad de que me prestara su pen drive. Copié sus respuestas y para que el buscador de plagio no me arrojara a mí como la que se copió el 100 porciento del examen, dañé el dispositivo, colocándolo por breves minutos en la estufa.

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Tal vez porque me considero una mujer negra en un mundo dirigido por hombres blancos...  Tal vez porque me han tildado de “loca” en más de una ocasión...

Tal vez porque no me resulta extraño que se me niegue una oportunidad, un ascenso, un mejor turno de trabajo, un aumento salarial para dárselo a un hombre blanco menos cualificado o a una mujer blanquita, diminuta y delgada, más afín con la visión clásica de la belleza femenina...

Tal vez porque mis labios son carnosos, mi nariz ancha y mi pelo grueso y rebelde...

Tal vez porque soy una mujer fuerte, independiente, profesional, heterosexual, felizmente divorciada, sin hijos, sin marido...

Tal vez porque me considero feminista, dueña y ama de mi vida y de mi historia...

Tal vez porque soy netamente puertorriqueña...

Tal vez porque soy hija de un líder obrero y una historiadora independentista...

Tal vez porque soy una de muchas carolinenses que ha escuchado hablar unas mil veces de Julia de Burgos, pero nunca de Cecilia Orta...

Tal vez porque mis lecturas son de tono médico y no tanto social, histórico o antropológico...

Tal vez porque no me resulta desconocido el sentirse ignorada, menospreciada, invisibilizada...

Cualquiera que sea la razón, este libro “Historias de Mujeres Puertorriqueñas Negras” le habla a mi corazón y hace retumbar el alma y gritar:

¡Celestina! ¡Juana! ¡Pura! ¡Cecilia! ¡Agripina!

¡Ancestras! ¡Eternas! ¡Omnipresentes!

La profesión de abogado/a, según la conocemos en los tiempos modernos, puede encontrarse en su fase final.  Puede ser una larga agonía o una profunda transformación. Una cosa o la otra, es el resultado   del impacto  de la revolución de la información.

Como todo trabajador -  físico o intelectual -, la relación del abogado con la máquina y la tecnología determina su relación social, su producción y su desarrollo.

Toda revolución económica – desde los inicios de las civilizaciones, pasando por las industriales, hasta ésta que se denomina  de la información – implica vínculos estrechos entre las personas y las máquinas.

Las invenciones de máquinas para cultivar la tierra, recoger sus frutos y luego convertirlos en materia prima para las industrias, acompañan y definen cada evento revolucionario. A la par de toda revolución, hay progreso y también desintegración. Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista, lo expresaron en una oración magistral: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

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¿Cómo sigue mi enfermera favorita?

Hay un niño que veo a diario. Hoy es ese día del calendario donde se conmemora su nacimiento. Solo llevo 23 días viendo y pareciera que mi cerebro sin decirme se acostumbró a verle. Pero mis ojos ya no saben cómo cerrar las represar al escucharle.

Te explico; llego aquí, de noche y dormido un menor delgado con sangre en sus uñas del antebrazo de un paramédico que le reto la fuerza. Nada nuevo en este hospital. Lo nuevo son las particularidades de las historias y sé que la suya no se va a desprender de mi memoria.

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Tal vez porque me considero una mujer negra en un mundo dirigido por hombres blancos...  Tal vez porque me han tildado de “loca” en más de una ocasión...

Tal vez porque no me resulta extraño que se me niegue una oportunidad, un ascenso, un mejor turno de trabajo, un aumento salarial para dárselo a un hombre blanco menos cualificado o a una mujer blanquita, diminuta y delgada, más afín con la visión clásica de la belleza femenina...

Tal vez porque mis labios son carnosos, mi nariz ancha y mi pelo grueso y rebelde...

Tal vez porque soy una mujer fuerte, independiente, profesional, heterosexual, felizmente divorciada, sin hijos, sin marido...

Tal vez porque me considero feminista, dueña y ama de mi vida y de mi historia...

Tal vez porque soy netamente puertorriqueña...

Tal vez porque soy hija de un líder obrero y una historiadora independentista...

Tal vez porque soy una de muchas carolinenses que ha escuchado hablar unas mil veces de Julia de Burgos, pero nunca de Cecilia Orta...

Tal vez porque mis lecturas son de tono médico y no tanto social, histórico o antropológico...

Tal vez porque no me resulta desconocido el sentirse ignorada, menospreciada, invisibilizada...

Cualquiera que sea la razón, este libro “Historias de Mujeres Puertorriqueñas Negras” le habla a mi corazón y hace retumbar el alma y gritar:

¡Celestina! ¡Juana! ¡Pura! ¡Cecilia! ¡Agripina!

¡Ancestras! ¡Eternas! ¡Omnipresentes!

Hoy es 23 de Abril de 2020

Un día más de la victoria celebrada

Por la Peste Coronavirus – Covid19

Que, como un Dios maldito de las guerras

Se lleva a los ciudadanos a su santa gloria

Muertos llenos de pena.

Bellamente, le digo a mi esposa:

-Saca la bota María que me voy a emborrachar

Pues es Fiesta de nuestra Comunidad Castilla y León

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¡Oh luz gozosa de la santa sangre

Del Cerdo, el Cochino, el Lechón, el Marrano

El Gorrino, el Puerco, el Gocho

Terrenales, inmortales ¡

Qué gozada al llegar el Día de la Matanza

A su hora del sol salido

Entre la 9 y las 10 de la mañana

De los meses más fríos del año

Contemplando al matarife

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