Recordando a Ivan Illich, un ‘hermano’ casi olvidado

A una década de su muerte, en Puerto Rico Ivan Illich parece ser meramente el nombre de una sala-aula en un espacio de encuentro, debate de ideas y creación artística del Viejo San Juan. Si bien es loable que se le recuerde y se nombre un espacio ‘alternativo’, es duro ver que más allá de ello, Illich parecería ser otro ser olvidado en nuestra ‘memoria rota’ como muy bien la llamó Arcadio Díaz Quiñonez. Salvo una élite de artistas-empresarios con discursos radicales pero que bien podrían terminar abonando al gentrification de barrios subproletarios y la ciudad, el recuerdo de Illich y su crucial trabajo crítico – tan necesario hoy en día – se muere de nada en este territorio-país que tanto amó.

Desde el comienzo de su trabajo como sacerdote jesuita, Illich trabajó con puertorriqueños en Nueva York. Su entrega y dedicación a los boricuas del barrio le valieron el respeto y admiración de muchos colegas y grupos comunitarios. Luego estuvo en Puerto Rico dos años, dirigiendo la Universidad Católica en Ponce. Sí, la hiperconservadora universidad de hoy fue dirigida por el radical – que significa aquel que va a la raíz de los asuntos, o sea una cualidad y no un defecto – jesuita, nacido en Viena de padre croata y madre judía. Debido a varios desacuerdos con la jerarquía, Illich renuncia al puesto y se muda a México, donde funda el Centro de Formación Intercultural que primero fungió como lugar de entrenamiento/discernimiento para futuros misioneros y luego como centro laico de pensamiento crítico y radical, en Cuernavaca.

Illich fue un gran crítico de la medicalización de la sociedad y de todo tipo de instucionalización, ya que las mismas destruyen la creatividad y libertad humana, condiciones necesarias para que se den el encuentro y la convivencia entre iguales. Las instituciones jerarquizan, especializan, profesionalizan, y esto hace que las personas deleguen el conocimiento, el reto, la aventura de co-crear, a los ‘expertos’ y ‘profesionales’. Así nos convertimos en entes pasivos, cual robots de carne y huesos. Foucault entonces no fue el único que habló de estas cosas. Durante la época (finales de los 50s y década de los 60s), habían distintos intelectuales (Erving Goffman, por ejemplo) y movimientos que desarrollaron críticas profundas en contra de los hospitales psiquiátricos, las escuelas, la milicia, las cárceles, entre otras instituciones totales.

Illich promovió la bicicleta, y los saberes locales de sanación y organización. Más cerca del anarquismo que del socialismo de estado, fue un predicador de lo que hoy llamamos ‘postdesarrollo’, crítica sistemática de los discursos y prácticas (auspiciados por estados-imperios poderosos) que predican la necesidad y el beneficio indudable del crecimiento económico, tecnológico e institucional. En ese sentido, Illich siempre defendió y abogó por los saberes alternos de los puertorriqueños y lo mexicanos, con quienes trabajó más de cerca. También se rebeló ante la construcción rampante de hospitales y la medicalización de la sociedad, vista como señas del progreso. Los curanderos y sanadoras, los chamanes y santigüeras poseen saberes que reconocen la participación necesaria del enfermo en su propia cura. Es decir, para Illich la gran parte del llamado progreso: los carros, el médico (no de salud sino de medicina, o sea de manejo de enfermedades), la arquitectura que impone el modo unifamiliar y un cuarto para cada quien, una cama para cada quien, etc., las escuelas que embrutecen y se convierten en incubadoras de ‘ciudadanos’ que aceptan la sociedad tal cual es, entre otras estructuras de alienación.

Imposible en este corto espacio analizar a fondo la obra de Ivan Illich. Ese trabajo nos toca a todos. Este cristiano radical, hereje para la jerarquía de la iglesia, mas no para muchos, cristianos y ateos, fue un pensador militante que no solo pensaba sino que impulsaba su crítica a través de publicaciones y proyectos que motivaran nuevas formas de convivir, libres de los imperios y las imposiciones totales/totalitarias que se visten de progreso.

Illich abogó por redes de encuentro entre pares, entre personas que estuvieran interesadas en lo mismo y que pudieran aprender uno del otro. Creía en la democratización radical del conocimiento y en la maximización de las capacidades humanas. Según Illich, la ‘maximización’ tiene sus límites, luego de los cuales las tecnologías o medios usados se convierten en cadenas. Un ejemplo de esto son las bicicletas – que logran maximizar el movimiento, la velocidad y la comunicación entre los humanos – versus los carros creando accidentes mortales, destruyendo la naturaleza y las ciudades que son construidas para ‘ellos’ y no para la gente. Curiosamente hoy con el internet y las llamadas redes sociales el pensamiento de Illich se practica a diario, también el boom de los movimientos urbanos que abogan por la bicicleta y escalas más pequeñas de convivencia resuenan con su pensamiento.

Gran influyente en el trabajo de líderes de movimientos sociales e intelectuales como Adre Gorz, los movimientos y partidos verdes en Europa, sobre todo en Alemania, y distintos grupos en la India y América Latina, Iván Illich parece estar olvidado por casi todos en el pueblo que tanta conciencia y amor le despertó, Puerto Rico. Recordarlo hoy, no es solo un acto de reconocimiento, sino una tarea política.