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La renuncia de la izquierda a ser relevante tanto en los EE.UU. y P.R.

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alt(San Juan, 11:00 a.m.) En los Estados Unidos la izquierda está reproduciendo su propia historia ante la inesperada victoria de Donald Trump a la presidencia de dicho país. En el 1968, ante la victoria de Richard Nixon, la izquierda norteamericana comenzó un proceso de reinvención hablando sobre organizar un partido alterno al Partido Demócrata y en la búsqueda de alianzas, capacitación y activismo.

El modelo que ahora pretenden utilizar para reactivar su potencial político es el del Tea Party. Un modelo equivocado, a mi parecer, porque el Tea Party se fundamentó en el control de la oligarquía de los Estados Unidos y la manipulación de los miedos populares. Si Donald Trump ganó es porque supo explotar los miedos irracionales de la mayoría de la población rural de Estados Unidos. La izquierda no puede aspirar a utilizar al Tea Party como modelo porque simplemente estaría actuando en contra de sus propios objetivos. Mientras que la derecha aspira a gobernar por el miedo la izquierda debería aspirar a gobernar por la razón.

La búsqueda desesperada de alternativas, ante la victoria de Donald Trump, de la izquierda norteamericana se reproduce en la izquierda colonial en Puerto Rico. Ahora se trata, una vez más, de convocar a marchas, manifestaciones, caminatas y todo tipo de dispositivo de los sesenta para confrontar el nuevo gobierno de Ricardo Rosselló. Lo lamentable es que, como siempre, la izquierda quiere convocar, ser vanguardia, organizar, pero no está dispuesta a dialogar, reinventar y establecer nuevas formas de activismo donde quepan todas y todos. Al nivel del discurso la izquierda tradicional sigue hablando de inclusión y movilización. Pero en la realidad se limitan a organizar a la misma gente de siempre, usualmente los que son activistas profesionales en exclusión de aquellos que tienen otras cosas que hacer pero que se preocupan por los retos que representa un gobierno de Ricardo Rosselló.

Si la izquierda tradicional en Puerto Rico sigue viviendo como si estuviera en la década de los sesenta seguirá languideciendo sin apoyo popular. La mejor prueba de que sus estilos la están matando, es el ridículo desempeño de una izquierda cerrada que no aspira a gobernar ante una candidata sin plataforma como Alexandra Lúgaro. Mientras que Lúgaro llega a obtener casi doscientos mil votos sin tener partido, sin plataforma y sin mensaje, aun declarándose atea e independentista, la izquierda tradicional no alcanza los cincuenta mil en conjunto a pesar de tener partidos y plataformas supuestamente bien pensadas. Lo que le sobra a la izquierda son plataformas, declaraciones y mensajes, lo que le falta es pueblo. No tienen pueblo porque quieren ser vanguardia. No tienen pueblo porque quieren mandar, organizar, ser protagonistas. No tienen pueblo porque se quedaron en los sesenta.

Si la izquierda de Puerto Rico quiere ser relevante en este momento tiene que abandonar sus sueños revolucionarios de protagonismo. Es tiempo de ir a las comunidades a hablar con ellas, a saber lo que ellas quieren y a responder a sus necesidades. Hay que evitar, si queremos ser relevantes, el vanguardismo elitista que ha caracterizado a la izquierda y asumir un papel más realista y sencillo. La revolución no tiene rostro de profesor universitario ni de abogado. La revolución, para que sea de verdad, tiene rostro de inmigrante, de empleado a tiempo parcial y de desempleado. Desde el privilegio no se escribe la historia, al menos la que importa.