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La liberación de Oscar: un llamado a los independentismos Boricuas

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alt(San Juan, 9:00 a.m.) Ayer Oscar López fue liberado. Todos los que pudimos nos dimos cita en la Plaza Pública de Río Piedras para celebrarlo. Fueron miles los rostros que pude ver en dicha actividad. Entre los asistentes pude ver presidentes de organizaciones cívicas, movimientos de derechos civiles, estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, abogados, políticos del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), del Partido Popular Democrático (PPD) y del Partido Nuevo Progresista (PNP). Pude ver gente conocida que compartía conmigo la alegría de ver a Oscar libre una vez más. Incluso estaba Don Rafael Cancel Miranda, otrora preso político y hoy símbolo de una lucha que nunca se ha extinguido.

Los jóvenes hicieron su aparición, una marcha de la comunidad LGBTT llegó hasta la plaza aunque no creo que se le haya dado espacio en la tarima, al menos de eso no me percaté. Entre los participantes se respiraba este único aire de victoria, de que algo se había logrado, de una nueva energía. Era como cuando la marina salió de Vieques que nos duró casi una década la victoria. Todos esperaban ansiosos que Oscar se dirigiera al público. Luego de unas tres horas de música, conversaciones y encuentros agradables Oscar salió a la tarima, el mismo que había estado las tres o cuatro horas anteriores tomándose fotos, saludando y dando la mano a cientos de espectadores y curiosos que tenían que ser parte de la historia, incluyéndome. Algo que me sorprendió desde el principio era su rostro. Era el mismo que he visto e cada rincón de la Isla durante varios años. Es el mismo rostro de los cartelones y de las fotos públicas. En el caso de Oscar no pasó lo que usualmente con otros políticos cuyos rostros de los carteles no se parecen en nada a los que son en realidad. Oscar era pura transparencia.

Antes de que se dirigiera a la gente conglomerada en Río Piedras Oscar bailó con su hija. En ese momento me percaté de que se trataba de la liberación de un padre, de un abuelo, de un hombre de familia. Se trataba, en ese momento, de una cosa humana, de un asunto de familia y se me saltaron las lágrimas. Obviamente las sequé inmediatamente y me percaté de que nadie me estuviera viendo, porque los hombres no lloran, al menos eso me dijeron a mí. Levanté la mirada y observé el mar de rostros blancos que esperaban las palabras de Oscar. ¿Rostros blancos? Claro que había rostros negros, rostros de gente de pueblo, rostros de gente pobre, pero era los menos. Hay que ser honestos. ¿Cuánta gente pobre podía ir a Río Piedras a las tres de la tarde un miércoles? No mucha. De hecho donde había más rostros de gente del pueblo, negros, pobres, era en los alrededores de la Iglesia donde las personas sin hogar estaban reunidas, pero ellos no participaban de los actos de Oscar. Había muchos rostros blancos, muchos rostros de clase media, de clase media alta, de clase acomodada. Mucha gente de bien, sin duda, pero no mucha gente del pueblo. Pueblo, pueblo, podría ser una metáfora, un intento por ocultar lo que somos de verdad.

Oscar habló a los reunidos y dijo que había que salvar la universidad. Dijo que había que luchar contra la Junta de Supervisión Fiscal (conocida como Junta de Control Fiscal). Habló de que en la Universidad se forma el capital humano. Eran palabras pragmáticas, eran expresiones reformistas. No lo digo como si acusara a alguien de algo que no debió de haber hecho, todo lo contrario. Las palabras de Oscar me recordaron que somos más diversos de lo que muchos quisieran aceptar. El independentismo es uno, es dos, es tres, es muchos, es multiplicidad de movimientos, de luchas, de compromisos. Los muchos independentismos se dieron cita. Los de los próceres, de Pedro Albizu Campos y Ramón Emeterio Betances, confieso que ese independentismo a mí ya me tiene cansado, ya no me apunto al culto de los héroes. No estoy diciendo que es malo ese independentismo, es sólo a ya no me gusta, ya no me dice nada.

El otro independentismo presente era el del PIP, el de la ex-Senadora y el Representante, los que ni siquiera reconocieron la presencia de uno que fue representante de ellos en el pasado. Este independentismo de “arriba los de abajo” o de dar el voto por la independencia, es un independentismo de clase media. En sus filas no hay mucho pueblo trabajador. Tampoco es un acusación, es comprensible que el independentismo sea mayoritariamente de clase media y blanco, y eso no se puede cambiar. Por último, estaba otro independentismo que no sé si era independentista. Los jóvenes semidesnudos del movimiento que pusieron a temblar a la vieja guardia mojigata y conservadora. Esos jóvenes que se pasearon con sus vestidos de oro, plata o simplemente sin camisas, ellas y ellos, rompiendo cada estereotipo y anunciando otro tipo de libertad. Ese ¿"independentismo"? radical de los jóvenes que sacaron al tradicional de su lugar de comodidad y que retó la unidad opresiva y sofocadora del tradicionalismo de izquierda. Una nueva forma de izquierda que se va creando por medio de esos rostros que se han descubierto cuerpos. Es interesante porque esos jóvenes hacer al independentismo de carne de nuevo. Le dan consistencia a la izquierda, y hacen que descubramos que siempre fuimos gente de verdad.

Al final regresé al tren. Oscar había hablado pero lo que importaba no era el contenido de su mensaje, lo importante era la lágrima que traté de ocultar. Ese recuerdo de que la independencia se trata de gente de verdad. Se trata de cuerpos, se trata de sexualidad, se trata de bienestar. La independencia se trata de la gente y no de un abstracto acto de justicia. Al final no importa la justicia o la libertad sino ese rostro que estaba a mi lado. Esos ojos de los ancianos que vieron en Oscar uno de los de ellos. Oscar bailando con su hija. El beso que se darían los amantes al ver a Oscar libre. La liberación de Oscar es cosa del pueblo. Lo que falta es que el independentismo acabe de aceptarlo, de reconocer que la lucha no es cuestión de principios o creencias sino del bienestar de la gente. Oscar es libre y vio el mar.