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Dice el Papa Francisco I Justicia ecológica y justicia social

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En memoria de Carmelo Ruiz

(San Juan, 5:00 p.m.) La justicia ecológica debe ir siempre acompañada de la justicia social, dice el teólogo brasileño Leonardo Boff, sentencia que impregna la encíclica Laudato si (2015) del Papa Francisco dedicada al cuidado de la casa común: la naturaleza. En ella el dirigente católico critica la confianza irracional en el progreso, el mayor deterioro a la salud de los pobres mediante los contaminantes atmosféricos, la producción de residuos no biodegradables, la ausencia de una práctica constante del reciclaje; la pérdida de selvas, bosques y especies; y el cambio climático, entre otros atentados contra el planeta.

Su predecesor, Juan Pablo II, destaca Jorge Mario Bergoglio, (nombre secular del Papa), ya había hecho un llamado a una “conversión ecológica global”, hecho que demuestra la relevancia que había tomado el tema del ambientalismo en la Iglesia Católica sustentado en las múltiples referencias a documentos, cartas, textos de filosofía y conferencias obispales de América Latina y otros lugares del mundo, acompañados de lecturas de historia y filosofía.

Esta encíclica es uno de los documentos más vitales producidos en el campo religioso en defensa del ambiente en lo que va del siglo XXI por su claridad al exponer que necesitamos un desarrollo sostenible y su rechazo a las políticas de las multinacionales y empresas que alteran el hábitat de la humanidad. En ella se declara la gratitud por los protectores de la Tierra y los que luchan por resolver las consecuencias de las políticas depredadoras del ambiente en los sectores marginales de la sociedad. Su apoyo a la opción preferencial por los más pobres es cónsono con el pensamiento de los teólogos de la liberación que surgieran en la década del sesenta del siglo XX, quienes proclamaran el retorno de la Iglesia Católica a un compromiso social y ético con los excluidos de la Tierra. La teología de la liberación ha sido reconocida por el intelectual chileno Eduardo Devés Valdés como una de las exportaciones intelectuales más importantes de América Latina, junto a las ciencias sociales, en su libro El pensamiento latinoamericano en el siglo XX.

Al declarar la íntima relación entre el daño ambiental y la situación de los pobres, el Papa hace un llamado urgente a que se preste atención a lo que sucede en el planeta. Aunando conocimiento científico y teológico, Laudatus si recorre los principales problemas ambientales y su relación con las muertes prematuras, especialmente por la falta de acceso al agua potable en lugares como África. De esta carta se deriva un derecho humano fundamental que se añade a los ya expresados por Juan XXIII en su encíclica Paz en la tierra del año 1963. El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, declara. La carencia de agua afecta a los más desposeídos que no tienen con qué comprarla.

El Papa advierte que la tecnología no es neutral, que está ligada al poder y combate los peligros de la tecnocracia, aunque reconoce su utilidad. “Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integral­mente superior no puede considerarse progreso”, proclama. No deja fuera que las villas y favelas de América Latina revelan la miseria ecológica que circunda a los más pobres.

Uno de los más importantes planteamientos de la encíclica es que hay una verdadera deuda ecológica de los países del Norte con los del Sur, especialmente con el cambio climático. El abuso de las multinacionales en los territorios anteriormente llamados subdesarrollados es condenado por el Papa que denuncia por igual la ausencia de límites a los que poseen mayor fortuna en clara armonía con las manifestaciones que ha hecho las Naciones Unidas sobre el poder de las grandes compañías internacionales.

Algunos críticos de la carta papal afirman que esta no ofrece medidas concretas. Sin embargo, la inclusión de soluciones que pueden ser aplicadas globalmente entrecruza este llamado a la solidaridad internacional, tales como el incentivar a los pequeños agricultores (que en Ecuador ha demostrado ser uno de los recursos más eficaces para cimentar una soberanía alimentaria); cuidar los lugares comunes que crean sentido de pertenencia; declarar la posesión de una vivienda como cuestión central de la ecología humana; promover la relación entre calidad de vida y ecología; otorgar particular atención a la justicia distributiva y proteger las reservas ecológicas de la Tierra.

Es indispensable, declara Bergoglio, “un consenso mundial que lleve, por ejemplo, a programar una agricultura sostenible y diversi­ficada, a desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, a fomentar una ma­yor eficiencia energética, a promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y mari­nos, a asegurar a todos el acceso al agua potable”. Si el periodo postindustrial de la modernidad se caracterizó por la irresponsabilidad con el hábitat humano, asevera, el posmoderno nos abre las puertas de la esperanza con el ecologismo mundial, lo que nos recuerda los planteamientos de Fernando Mires en su libro la Revolución que nadie soñó o la otra posmodernidad.

En la necrópolis contemporánea las palabras de Bergoglio deben ser consideradas por todos los sectores que defienden los derechos humanos, la paz en el planeta y la justicia distributiva. “Que el nuestro”, cita el Papa de la Carta de la Tierra, “sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”.