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La complejidad del problema racial en la era de Trump

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altNo hay duda de que la presidencia de Donald Trump ha colocado en el discurso público el problema de la raza como criterio político. Ya no se trata del acceso al voto, ni de tener educación o de simplemente sentarse en un autobús. Ahora el problema racial es más complejo, más oculto, más violento y más obvio.

En Puerto Rico lo experimentamos como colonialismo, pero es igual. Es por ello que los movimientos de Poder Negro de la década de los sesenta en Estados Unidos utilizaron el modelo colonial para articular su crítica al sistema de segregación racial. Cuando esos movimientos articularon su crítica contra la violencia policial, contra la guerra de Vietnam o contra la falta de igualdad educativa lo hicieron utilizando el modelo colonial porque se trataba de la mejor manera de explicar en qué consiste ser discriminado. No se trataba, en ese momento ni ahora, de una experiencia individual o personal. El discrimen era, en ese tiempo y ahora, un asunto estructural, un problema del sistema y era el sistema el que tenía que ser reparado, cambiado o revocado.

Hoy la complejidad del problema racial es más difícil de explicar porque para el modelo liberal el acceso a la educación existe, o el derecho al voto, aunque en Puerto Rico nada ha cambiado y seguimos siendo una colonia, ahora más con la Junta de Control Fiscal que lo que hace es agravar la condición colonial de la isla. Mientras que para el Caribe ser una colonia se ha ido convirtiendo en una normalidad, eso se nota en el hecho de que los reclamos de autodeterminación no van en la línea de la independencia sino de la anexión, el problema racial se complica más porque se oculta detrás de una apariencia de conformidad.

Esa conformidad que caracteriza al ente colonial se convierte en el referente básico de su propia existencia. Somos una colonia, un espacio geográfico ocupado, una ciudadanía sometida y sin poderes, una democracia sin representación. Toda esa realidad se radicaliza en la medida en que la normalidad se perpetúa con el colonialismo. Obviamente el colonialismo va acompañado de un sistema de miedo, de represión y de terror. Pero ese terror, ese miedo y esa represión desaparecen bajo la normalización.

Si la colonia se normaliza, el colonizado ya no tiene que ser reprimido porque el mismo se encarga de reprimirse a sí mismo. La crítica al colonialismo se va ocultando detrás de una normalidad que se limita a la visita al centro comercial y el consumo desmedido. El capitalismo hace que el colonialismo desaparezca porque logra que la normalización de la condición colonial sea el espacio donde el colonizado se desarrolla. Al colonizado no se les cierran las puertas de la educación, o del voto simbólico y limitado o a los medios de transportación. El colonizado no se entiende como tal porque vive en un espacio segregado del cual no ve las fronteras. En ese contexto el racismo que causa su situación es más complejo porque no hay leyes "Jim Crow", no hay un "racista" al cual culpar, no hay un espacio limitado del poder racista. Ante la normalización del colonialismo la segregación se oculta y deja de ser un reto.

El Caribe sigue siendo un espacio colonial. Ese espacio se delimita claramente cuando somos las principales víctimas del sistema capitalista. El capitalismo es la causa del cambio climático, no es el comportamiento humano aislado el que ha causado dicho fenómeno, es el comportamiento humano motivado por el capitalismo, el consumo, la aspiración a la producción permanente. Es el carácter irracional del capitalismo la causa del cambio climático y por lo tanto de lo que estamos experimentando.

Cuando el Caribe se convierte en la frontera ambiental, en el frente de batalla del cambio climático, no lo hace como forma de defensa de su propia estabilidad sino de la metrópolis que le ha convertido en una colonia. Si el Caribe es una frontera imperial, y por lo tanto un espacio colonial, lo es con mayor radicalidad como expresión de un racismo más complejo y por lo tanto más difícil de extirpar.