La paz en Colombia

alt(San Juan, 9:00 a.m.) Resulta alentador que la comisión compuesta por las Naciones Unidas para trabajar la paz en Colombia haya declarado en días recientes el fin del conflicto con las fuerzas de la FARC. El Frente de Liberación Nacional ha hecho también un alto al fuego. El desafío mayor es, sin embargo, “la reincorporación política, económica y social de los exguerrilleros y la garantía a su seguridad personal”, según publicara el periódico El Espectador el 16 de septiembre de este año.

Los esfuerzos por alcanzar el fin de la guerra en Colombia deben de partir del reconocimiento de que ambas partes involucradas, militares y guerrilleros, deben de integrarse a la sociedad de forma digna. Esto implica convertirse en partícipes de la vida social, política y comunitaria mediante el empleo y el acceso a los servicios del estado, especialmente los de salud, educación y vivienda. Hay que reconocer que las injusticias distributivas han sido la causa del conflicto bélico desencadenado hace alrededor de cincuenta años en un país de profundas divisiones económicas y sociales. También debemos de analizar que los dos grupos se componen mayormente de los sectores menos privilegiados de la sociedad colombiana: guerrilleros y militares de extracción casi siempre rural.

Si bien ambas partes cometieron violaciones a los derechos humanos, durante la época del presidente Álvaro Uribe se desató la represión de manera cruel y abusiva. Para dar un ejemplo, los paramilitares utilizaron sierras con las que cortaban en trozos los cuerpos de los que creían militantes de las fuerzas rebeldes de la FARC, primordialmente campesinos pobres. Según informes de organismos de derechos humanos, las violaciones de derechos realizadas por estos sobrepasaban a las de los guerrilleros. El presidente Juan Manuel Santos, contrario a su antecesor y a pesar de haber sido un combatiente contra la guerrilla, respaldó un proceso de reconciliación que culminó con los acuerdos de paz entre ambos sectores.

La liberación de Simón Trinidad, seudónimo del líder Juvenal Ovidio Ricardo Palmera, que participara en los inicios de los diálogos por la paz y que se encuentra confinado en una cárcel estadounidense, podría ser un paso que demuestre la intención cabal de reconstruir el país. Palmera fue un alto ejecutivo bancario proveniente de una acaudalada familia que ingresó a la guerrilla convirtiéndose en un momento dado en uno de los propulsores del cese al conflicto armado. Extraditado a los Estados Unidos, se encuentra en aislamiento absoluto y encadenado. Aunque sus condiciones han mejorado algo después de los acuerdos entre el presidente Santos y el líder de la FARC Rodrigo Londoño, su excarcelación representaría un paso mayor en la no siempre fácil ruta hacia la paz.

Como dijera el Papa Francisco en su visita a Colombia en su discurso “Constructores de la paz, promotores de la vida”, todavía “hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos”. Que el arduo y conflictivo proceso de este país nos sirva de ejemplo que demuestre que la paz es posible en el planeta.