La Pausa

Decía el diseñador y artista gráfico Joaquín Mercado, que “la pausa es un lujo”. Este pensamiento, por sencillo que sea lleva una gran sabiduría: cómo vivir la vida, deteniéndonos en cada momento, en cada segundo que nos permita sentir la vida. La pausa, no sólo es un lujo, es una forma de vivir la vida con alegría y deseo, pero sobre todo con gran pasión.

Lamentablemente todos lo sabemos, pero vivimos ante la presión continua de aspirar a otra vida y alcanzar un mejor mañana. Por esto es que no nos dedicamos a detenernos. Nos dedicamos a continuar marchando ante la vida y a veces sin que nos demos cuenta, se nos pasa por delante media vida y más.

 

¿Sería posible que ante cada ser humano que conocemos, nos detuviéramos e intentáramos vivir un universo? ¿Quién eres, a qué te dedicas, que gustaría hacer con tú vida si te ganaras la loto? Son tal vez preguntas sin sentido, pero que sólo las hacemos cuando pausamos y cuando decidimos ver la vida diaria de otra forma. Es en ese momento en el que descubrimos que en las pequeñas cosas de la vida diaria se encierra un universo total de posibilidades, a las que todos podemos aspirar.

Por eso, a lo largo de esta vida que me ha tocado vivir y que, con sus múltiples contradicciones, he intentado llevar lo mejor posible, he ido aprendiendo acerca del arte de detenerme. De hacer una pausa y explorar de qué trata el olor de las flores, ¿cuán azul es el mar?, ¿cuán grande es la luna llena? Se trata pues, de la posibilidad de vivir con un tanto más de tranquilidad allí donde en apariencia no la ha habido. Allí, donde los trajines de la vida, que el consumerismo nos impone, que la competencia nos induce, que la sobrevivencia nos exige, no nos hemos podido disfrutar.

Por tanto, ver las estrellas, es un lujo real. Independientemente de las deudas, de los tajurios de la vida, de los conflictos interpersonales [los que siempre estarán ahí con nosotros] ver las estrellas se impone como un deseo para la vida. No porque hayan estado ahí siempre, y que seguirán ahí luego de que no estemos, no debemos dedicar a pensar en ellas y reflexionar de qué tratan las distintas constelaciones que ante nosotros, como concierto gratuito, se presentan todas las noches. Habría que organizarse para tomar una pausa diaria, y de esta forma intentar por todos los medios ver el firmamento.

Pero lo cierto es que no lo hacemos. Que sucumbimos ante un trajín de vida, y que ante esto, nunca nos detenemos lo suficiente. Pero si al hacerlo descubrimos que hay otra vida. Que se puede dar otro amor. Que se puede comenzar otra historia que le permita a uno desarrollarse mejor como ser humano. Ante esto, la pausa se impone como una gran posibilidad de realización personal.

De un tiempo a esta parte, invito a todos y a todas que hagan una pausa. Tal vez, el lugar más adecuado para hacerlo, sea el mar. Tomar una pausa mirando al mar no es cosa difícil. Será porque en el Caribe o el Mediterráneo, el mar es un asunto tan importante. Lo cierto es que pausar ante un firmamento ilimitado, ante un azul a la Klein o Matisse, nos tiene que invitar a detenernos en el tiempo y sobre todo a descansar. Si a esta pausa le añadimos un atardecer, de esos de cielo perfecto sin nubes, de caída del sol sobre el horizonte del mar, y la compañía de quien merece a uno, pues que valga la pausa para descifrar la vida y descifrar los misterios de vivir.

A eso es a lo que me refiero a fin de cuentas. A la posibilidad de vivir deteniéndonos, para poder vivir mejor. Tomando las pausas que sean necesarias, para garantizar una mejor calidad de vida.