En el mall la vida es más sabrosa (Planificación, economía y calidad de vida)

altProgress is a confortable disease.

-e. e. cummings

a la preclara memoria de Rafa Salgado y Ángel Maldonado;

a Carmelo Ruiz, porque su balada transgénica me ayudó a explicarle

a mi hijo Gabriel Alejandro por qué enloquecieron las vacas

Los adagios son portadores de la sabiduría popular encapsulada. Uno de éstos reza que, “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Otro asegura que “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Todavía bien podríamos juntarlos para comunicar una idea similar: “Camarón que se duerme, ganancia de pescadores”. Cabe también aseverar que cada refrán trae consigo la raíz de un contra-refrán. Veamos: “Al que madruga, Dios le ayuda”, pero “No por mucho madrugar, amanece más temprano”. Tal vez pasaría al santoral uno de nuevo cuño: “Cuando Noé construyó el arca ni siquiera lloviznaba”. De todas maneras, no siempre “La luz de adelante es la que alumbra”. Veamos.

Después de acatar el mandamiento matutino de Toni el Tigre y hacer mío su convincente “tú día comienza con un buen desayuno”, me coloco frente a la ventana de fuego, junto los párpados y le doy rienda suelta al inquieto potro de la imaginación. Entonces…

Revivo el agrio desaliento que se me instala a la altura del nudo de la garganta cada vez que desando mis huellas de muchacho novelero ávido de aventuras por las calles ahora abandonadas y malolientes de la que fuera nuestra digna ciudad de Arecibo, en la costa norte de Puerto Rico. Ello en virtud de una cruel carambola orquestada por los poderosos que reparten el bacalao (entre los suyos). Y no deja de satelitar en torno a mi cerebro la idea de que la culpa tiene nombre y apellido. Se trata de esa truculenta celestina que viaja agazapada en el último vagón del tren del progreso que, en desmedro paralelo a la verdadera calidad de vida, promulgan con entusiasmo pentecostés y nos atragantan, cual milagroso jarabe, los políticos de pacotilla de turno.

Según los expertos, calidad de vida es un concepto multidimensional que está determinado, entre otras cosas, por la existencia de infraestructuras comunes que mejoran el entorno habitable de los seres humanos. Por tanto, abarca aspectos amplios como bienestar común, sentimiento de pertenencia y autorrealización.

El asunto empieza a complicarse cuando se privilegia el factor económico por encima de otros elementos. Cuando esto ocurre, inevitablemente le acompañará un marcado desbalance entre desarrollo financiero, ambiente sociocultural y preservación de recursos naturales. Otro efecto de semejante error es la fragmentación de la vida urbana. Todo como resultado de la falta de una visión integral al planificar.

Como bien señala el profesor Edwin Quiles Rodríguez: “Las ciudades son espacios para aprender y socializar. La ciudad se enriquece en la medida en que es de todos los que comparten ese mismo espacio”. De otra parte, el sociólogo urbano Manuel Torres Márquez asevera que “la ciudad pierde su alma si sus habitantes dejan de tener como principio existencial el producir para vivir de la forma más plena que un grupo social es capaz de alcanzar”. Otra situación que agudiza el problema es la ineficiencia del estado para garantizar su razón de ser: la seguridad y la calidad de vida ciudadana. Esto nos está llevando peligrosamente a la segregación social de espacios tanto públicos como privados: los accesos controlados.

El desmedido desparrame urbano y la proliferación bacteriana de esos paisitos de las maravillas llamados plaza esto o plaza aquello otro han herido de muerte la antigua riqueza cultural de la vida urbana que otrora transpiraba el corazón de los pueblitos de sano y tranquilo discurrir. Esto podría ser reflejo directo de la cada vez más marcada desigualdad económica de la mayoría frente a la holgura de la minoría. (No puedo evitar recordar el experimento de la política muñocista al instalar caseríos justo al lado de lujosas urbanizaciones con el iluso objetivo de que los humildes emularan los estilos de vida de los acaudalados.) Habría que efectuar un estudio sociológico para conocer si la galopante ola de crimen que arropa a las grandes metrópolis del país guarda relación con lo antes planteado. Me adelanto a pensar que la respuesta sería afirmativa. Lamentablemente las engañosas ideas de los elementos que configuran el progreso (sí, esa palabreja molusca e invertebrada) han convertido a Puerto Rico en un semillero de centros comerciales y de esa otra reciente plaga: la cadena de farmacias Walgreens.

Resulta significativo consignar también el injerto en suelo patrio de grandes almacenes estilo club, Costco y Sam's Club. Esta última es subsidiaria de Wal-Mart, la compañía multinacional minorista más grande del mundo. (Sí Sam´s, la misma cuya Guía para la Junta Directiva suscribe una rígida directriz alérgica al establecimiento interno de cualquier organización sindical que vele por los derechos de sus trabajadores, y que en reiteradas ocasiones ha sido denunciada por prácticas empresariales atropellantes contra éstos.) Ambas compañías procuran instalar estratégicamente las cepas de sus megatiendas en los lugares más prósperos, lo que significa que los compradores tienen ingresos más altos y, por consiguiente, ello redundará en una operación altamente exitosa. Esto me lleva a desenfundar una de mis coléricas avispas: ¿Será que en el mol la vida es más sabrosa?

El asunto cobra visos alarmantes si, en medio de la recesión económica que nos golpea (producto de lustros de bur(R)ocracia sofocante, mediocridad, despilfarro de dinero y corrupción gubernamental), no sometemos a obediencia (¿no sería mejor usar “neutralizamos”, muy al estilo de pobreza lingüística del sistema represivo policial?) la impulsividad de visitar el mol para gastar. La vida social de demasiados boricuas gira, como buey en la noria, en torno a la salpicante fuente y al subi-baja de las escaleras electrónicas de Plaza Las Américas --el centro comercial (mall o mol) más grande del Caribe-- o sus equivalentes a la vuelta de la esquina. Con ello, hemos elevado el centro comercial a la categoría de templo sagrado. (El magnífico Joaco Sabina tiene un verso que reza así: “Hay gente tan pobre que sólo tiene dinero”.) Allí nos refugiamos del caos y de nuestras imperfectas y miserables vidas llenas de lujos de cartón y oropel. Como deambulante que ha perdido su alma, allí hemos mudado y afincado nuestra vida privada. (Conozco mucha gente que no podría vivir si diariamente no llevan de paseo al chópin su linda osamenta y su caja craneal atosigada de algodón con acetona. No en balde la mano de Carlos Baudelaire bordó esta perlita: “La idiotez es siempre la conservadora de la belleza; aleja las arrugas, es un cosmético divino”.) Allí acudimos a mendigar alguna redentora catarsis. Y en medio de tan sobrecogedora epifanía, emulando al príncipe Hamlet, entonces exclamar: “podría estar encerrado en una nuez y sentirme rey del espacio infinito”. (Cuán afortunada aquella parejita pendenciera que en un realiti chou recibió una purruchá de plata por encerrarse a vivir, sin tapujos ni pudores, en una caja de cristal expuesta a cuanto averigüao visitaba el sagrado recinto del mol rex. ¿Rimémber?) Ni hablar de los grupis de urbanizaciones jaiclas (¿no serán sectas en pos de su nirvana consumista?) apostados cerca de la entrada de los cines para atropellarnos las pupilas con el desfile de excéntricos andrajos que lucen muy al último grito de la moda y que pagan como oro. (Y en estos aciagos tiempos de penurias y oronda estrechez: si de barrer la marquesina se trata, preferimos hacerlo con la manguera, sin escatimar en el imperdonable derroche del preciado líquido. Ojalá me equivoque, pero todo parece indicar que estamos avocados a que las próximas grandes guerras sean motivadas por la escasez del agua y de la comida sana. Pero esa es ya levadura para otra reflexión.) Ufff, tal parece que deseamos ser reconocidos por nuestra manisuelta capacidad para el exceso.

Actualmente resido en Isabela y en un viaje de visita a casa de mis viejos (al pie de la carretera número 2, en el también costero Hatillo), al pasar al traspatio en busca de una buena ración de jobos, quedé lelo cuando descubrí que, en el lugar del predio boscoso en el cual todos los del sector habíamos ejercitado la vitalidad montaraz de nuestra adolescencia, comenzaban a levantar otra monstruosa babel de acero, cemento y cristal. De inmediato, me invadió una mezcla de rabia e impotencia. Ya más calmado, sólo alcancé a interpretar semejante hecho como una bofetada más por parte de la arrogante opulencia de los poderosos.

Atajo oportunamente a la nostalgia (según Cabrera Infante, esa “prisión de la memoria”) para que no me nuble el entendimiento y olvide aquella sabia sentencia de un griego matusalénico que respondía al llamado de Tales de Mileto, el mismo que al adentrarse en las aguas proclamaba “todo lo que se mueve, cambia”. (Tampoco consiento que la especulación me eche alcoholado Superior 70 en los ojos.) Y no empece a que otro filósofo menos silvestre y más cercano dijo que “no existe nada más permanente que el cambio”, me consuelo mojándome los labios con una pegajosa melodía popular que reza que “todo es cuestión de medida”. También con el “buen consenso” del carioca Roberto Carlos tan magistralmente instrumentado por Roberto Roena, la dulce voz de Carlos Santos y el aceitado Apollo Sound.

Yo nací en Arecibo porque en 1957, en el hospital municipal de Hatillo aún no contaban con lo necesario para que las lugareñas trajeran al mundo a sus hijos allí. Más tarde, en Arecibo iniciaría mi entusiasta travesía de estudiante universitario y de ciudadano del universo que no olvida que el respeto al derecho ajeno es la paz (y la conservación de la buena dentadura). En sus calles y parques de béisbol dejé parte de mi energía y ganas mejores. Así que, aunque soy hatillano porque me crié y desarrollé en ese amado pueblito, también me siento un mucho arecibeño ausente.

En Arecibo, durante las décadas 70 y 80, la avenida José de Diego brillaba por su esplendor comercial y el hervidero de gente que a diario por allí transitaba. Hoy día, el fogoso trajín y la bullanguera algarabía ha menguado lo suficiente para que la avenida luzca sola y apagada. Y es que el progreso no nos ha hecho ni mejores vecinos ni más sabios ni más felices. (Acá en la región noroeste rigen sus respectivas municipalidades dos caciques que, a juzgar por sus calenturas mayores en el desempeño de sus cargos, en existencias anteriores el uno fuera albañil y el otro fontanero. ¡Sacúdelo que tiene arena!)

Para aquella época, desde el Norte soplaban aires de cambio. Las ideas propagadas por el capitalismo feroz habían llegado para quedarse. A los políticos locales les entró la piquiña de sumarse en la carrera de las grandes potencias por acrecentar las riquezas de sus arcas. De prisa y a cualquier precio. Para enfrentar la cada vez mayor densidad poblacional, el gobierno instauró un programa de vivienda pública. También dio comienzo la siembra de urbanizaciones en zonas no tan próximas al centro urbano. Hasta entonces, la necesidad del automóvil en suelo boricua había sido un lujo que los menos afortunados remediaban con la abundante disponibilidad de porteadores públicos.

Ya se sabe que antes, sin prisa pero sin pausa, los muy astutos y progresistas políticos del patio les vendieron a nuestros abuelos la idea de que la agricultura estaba obsoleta; que, en su lugar, la industrialización era la panacea idónea para enfrentar la miseria, la incertidumbre y las penurias del campesino y el obrero. Ahora, en pleno siglo XXI, luce cuesta arriba corregir los resultados de aquel necio menosprecio. A lo mejor el relato que sigue nos ilustra esto con mejor resolución.

El pai de un gran amigo me contó que en sus tiempos la gente aquí lo que comía todos los días era vianda con bacalao. Sí, eso, bacalao con: ñame, yuca, batata, guineo, plátano, yautía o panapén. Que el arroz se comía menos. Hasta que llegaron los gringos de la Rice Growers y empezaron a pagarle a los jíbaros boricuas un dólar por cada árbol de panapén que tumbaran. (En un rapto de epifánico consuelo ante la realidad de no poder llevar a la mesa frecuentemente carnes como plato principal, Juan del Pueblo habría de acuñar la metáfora “chuleta de gancho” para nombrar aquéllo que sí abundaba y a precio económico.) Cosas veredes, amigo lector.

A ver, que alguien ahora me diga cuántos pixeles caben en una toma de conciencia. (Ésa es la mora de Aleja.) Y, como la necesidad tiene siempre cara de hereje, la urgencia de adquirir un auto alcanzó niveles epidémicos en la familia portorra. (La plaga de esas modernas, privadas e impersonales celdas sobre ruedas en las que se esconden nuestros semejantes y que inundan calles, avenidas y marquesinas sería tema de alguna otra igualmente impertinente cavilación.) Así, uno de los instrumentos que posibilitó la vigencia de la política desarrollista fue precisamente el automóvil. (Es meritorio destacar el inmenso poder de convencimiento que cobró la emergente industria de los medios de comunicación y la seductora publicidad proyectada a través de los mismos.) Esto, en un país de tamaño reducido como Puerto Rico (una “verruga en el Caribe”, según nuestro insigne Nemesio Canales), eventualmente traería otras complicaciones como lo son la ocupación de grandes espacios para construir vías rodantes, la congestión vehicular, los ruidos y la emisión de agentes tóxicos al medio ambiente.

En consecuencia, la suerte de los serviciales porteadores públicos no pintaba muy halagadora. Y la en apariencia redentora llegada del automóvil privado estaría destinada a jugar un papel preponderante como elemento posibilitador de la dispersión poblacional de las zonas urbanas. (No me sorprendería que algún morón, como aquel funcionario Mr. Such-is-life, se disparase la maroma de diseñar una campaña publicitaria para el Dpto. de Turismo cuyo estribillo fuese: “Bienvenidos a Puerto Rico, la isla de los demasiados automóviles”. Por ello, cuando me desplazo por la autopista 22 rumbo a la zona metro y alcanzo la altura de Toa Baja, tiendo la desazón de la mirada hasta más allá de los carriles de regreso separados por la valla de concreto y observó en los predios de un concesionario los cientos de autos, todos del mismo color blanco opaco, esperando por el comprador de turno: resulta inevitable que visite mi pensamiento alguna escena sacada de una película de ficción científica en la cual clonan y multiplican hasta la enésima al ciudadano modelo y ejemplar que encajará a la perfección en un mundo en el cual la comodidad, el bienestar, la asepsia, el progreso y la calidad de vida sean la orden del día. Sí, un mundo valiente y nuevo, pero injusto e inhumano.)

Aún atesoro en mis ya no tan jóvenes neuronas los viajes a la patria chica cuando tomado de la mano de mi madre emprendíamos el viaje en los ahora casi extintos carros públicos. Para aquel entonces, mi todavía niña mirada juzgaba lo desconocido opresivamente grande, distante. También se filtran por mi memoria los refrescantes colores, el vivo rumor y los sanos efluvios del hormiguero de gente pululando por las antiguas calles arecibeñas sembradas de pequeños y prósperos negocios en los cuales era fácil hallar cualquier tipo de mercancía (legal) a precio razonable. Tiempos en los que, sin importar la hora, era seguro caminar por los intrincados vericuetos. Ya a mis 17, aprendí el regreso a Ítaca sin la compañía de mi madre. A deambular por allí durante horas matando el tiempo y alimentando las ansias de beberme de un trago el universo con los sentidos.

Aquella coyuntura resultó propicia para que, en su deseo de engrasar la imponente máquina del progreso, los dirigentes políticos y arquitectos de nuestro destino histórico nos sirvieran en bandeja de plata la tierra prometida de los centros comerciales. Ese espacio (hoy día emblemático) le ofrecía al alcance de la mano y del bolsillo al ávido consumidor todo en un paquete: las tiendas del pueblo más la plaza pública, trabajo y diversión. Sí, todo en un climatizado y glamoroso cajón de acero, cemento, cristal y neón. En fin, un paraíso a la vuelta de la esquina.

Desde entonces, los criminales globalizados con licencia no cesan en su desmedido afán de ir por ahí talando bosques, privatizando playas y rellenando quebradas y sumideros a diestro y siniestro, obviando sin contemplaciones todo posible sentido común y sin reparar en los daños que alteran la equilibrada convivencia con los demás. (Difícil de tragar, pero cierto: en días recientes la Presidencia estadounidense autorizó a la compañía petrolera Shell a realizar perforaciones en el Ártico.) Tal pareciera que su empeño fuese convertir a nuestra Isla del Encanto en un gigantesco y espantoso centro comercial. Y como siempre, Juan del Pueblo dejándose llevar mansamente al matadero deslumbrado por el brillo falso de la hojalata y las frías piedras sin alma que le venden los inescrupulosos mercaderes de la modernidad. Cuán acertadas y visionarias las palabras de aquel quijotesco argentino tan vilipendiado y convertido (ironías de la vida) en el mayor objeto de consumo por el imperialismo capitalista que tanto combatió: “Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos, en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único comienzo de no tener jamás libertad”. (Ahí les dejo esa aspirina del tamaño del Sol, cortesía de Ernesto Guevara de la Serna.)

Son esos enormes chópins de mega tiendas por departamentos los que poco a poco fueron estrangulando (y luego tragándose) la competencia de los pequeños y humildes comercios del casco urbano arecibeño. Así desaparecieron tiendas de profundo arraigo que no pudieron sobrellevar el arrollador y pujante mercado de bonanza y oropel que ofrecía la malvenida y tenebrosa invención elucubrada por los maquiavélicos discípulos de Muñoz y Moscoso. (No es casualidad que, con la llegada al poder del primer gobierno anexionista, el desarrollismo desmedido haya cobrado mayor impulso pues la familia del Gobernador de turno era propietaria de la principal compañía productora de cemento del país: Cemento Ponce.)

Entre los negocios engullidos por el insaciable leviatán del improvisado desarrollismo recuerdo algunos nombres que en el Arecibo de antaño equivalían a tradición, calidad y buenos precios: la New York Department Store, Franklins, Las Parejas, De Jesús School Supply, Velasco, B & B (bonito y barato), Casa Blanco, Pelín Record Shop y la estrechísima revistería Serrano que al fondo ofrecía su impresionante provisión de golosinas aptas sólo para probados adultos. Con inevitable nostalgia recuerdo, además, el estupendo Café Pombo. Éste se encontraba detrás de la catedral y cerca de la estructura que originalmente albergó un casino reservado para la blanquitería de alcurnia local. El mismo que después, bajo el nombre de Discoteca La Cava, abriría sus puertas a un precio accesible a los más humildes bolsillos. (¿Justicia poética?) Al nombrarle Pombo, el feliz gestor, Ito Díaz (ayer, hombre culto, a ratos brillante actor y delirante artista plástico; hoy, Miguel Díaz Román: arúspice de la economía local), rendía merecido tributo a Ramón Gómez de la Serna.

Por un momento se estaciona en mi memoria la imagen del siempre afable Rafa Salgado, el librero que contra viento y marea apenas sobrevivía con las escasas ventas que le proporcionaba su librería frugal y retráctil (“anticipando el futuro”, como el estribillo comercial de Panasonic), ubicada justo al lado de la entrada de una iglesia metodista y frente a la farmacia Arecibo Drug. Más que todo, pienso que a Rafa le alimentaban las largas conversaciones literarias que entablaba con sus consuetudinarios contertulios. Por allí se dejaban caer los elocuentes poetas de rabo largo Salvador Villanueva, Ángel Maldonado y Claudio Cruz Núñez. También Reinaldo Marcos Padua, Ernesto Álvarez y Rosado Spinoza, quien inexplicablemente terminó colgando sus alas de murciélago de oscura caverna (léase, de poeta) y, según cuentan, se dedica a una más normal y razonable venta de suplementos vitamínicos. Otros asiduos visitantes eran los intermitentes pero seguros Win y Aníbal. Éste último, a quien algún travieso de la cerrada cofradía bautizó como el conde de Bigabú, era un vago de profesión que había regresado de un largo viaje de estudios a la Ciudad Luz. Allende los mares, de francachela en francachela, logró refinar sus parisinos ademanes a tal punto que parecía un anacrónico príncipe fugado de alguna novela romántica. De allá regresó doctorado en vivir del cuento con dignidad.

Pero al Rafa Salgado Serrano de quebrantada salud le profeso una gratitud a prueba de balas. Fue él quien temprano en la búsqueda de mi voz propia me puso en las manos un cuaderno del magnífico poeta mexicano Jaime Sabines. Además, como adelantado pupilo del irascible Alberto Sánchez Veloso (sí, aquel otro librero de real estirpe que en un desliz involuntario dejó prisionero durante unas horas, allá en la librería que tuvo en La Habana, a un extasiado Lezama Lima que en ningún momento advirtió tan gustoso encierro), su exquisito olfato literario le permitía intuir qué lecturas le convenían a cada aprendiz de gorrión que por aquellos lares posaba su humanidad. En sus labios nunca faltó un alentador consejo, una atinada sugerencia. (Salud, hermano, dondequiera que se encuentre tu noble espíritu.)

Más tarde, la gente que frecuentaba la plaza de convalecencia hasta tempranas horas de la noche y a la que se le veía jugando tute, brisca y dominó o embrujada ante el hechizo gratuito de la tele en blanco y negro en unos enormes y rudimentarios aparatos que se hallaban instalados estratégicamente, de golpe envejeció. O, cual sorprendente acto de prestidigitación en feria de domingo, se esfumó. En un pestañar toda esa alegre y contagiosa sencillez fue cosa del pasado. De igual manera, en un tronar de dedos, las pretenciosas guirnaldas, el barroco atropello de lo mucho apretujado en poco espacio, la artificiosa comodidad climatizada de los centros comerciales, sustituyeron el punto de convergencia que durante tantos años había representado, tras la comunión religiosa, la gratificante socialización al amparo de la acogedora plaza municipal. La estocada fue de tal magnitud que hasta los escasos cines (entre éstos el grandilocuente Oliver y su contrafigura, el promiscuo San Luis), ubicados en el epicentro y la periferia del pueblo, no lograron recuperarse de la atractiva propuesta y los novedosos servicios que le ofrecían al público las múltiples salas cinematográficas del mol. También sucumbieron ante las galanterías de las malsanas arenas movedizas dos renombrados centros de estudios universitarios. Los mismos fueron convenientemente trasladados del casco del pueblo a zonas más cercanas a los mentados chópins o moles; dejando a sus espaldas enormes y feas estructuras que, como abandonados dinosaurios, el glamoroso maquillaje del progreso y la bonanza de nueva factura no logran borrar.

Hay que ver cómo la apremiante necesidad de vender para sobrevivir ha empujado a los comerciantes de la avenida principal del pueblo arecibeño a inventar ofertas capaces de tentar al posible comprador que comúnmente pasa y sigue de largo rumbo al mol. A veces los bajos precios de oferta rayan en risibles actos suicidas. Incluso, han sacado fuera de las tiendas mercancía de variopinta naturaleza, invadiendo con ello el espacio de las aceras que les corresponde a los viandantes. Este deprimente espectáculo extiende sus viscosos tentáculos de sombra desde un perímetro que comienza en la avenida De Diego abajo, cerca de la escuela Jefferson, en la heladería Rex Cream, y se extiende hasta arriba en La Gran Vía, contigua a la Casa Alcaldía.

En tiempos ahora lejanos, por allí mismo cruzaba a toda prisa un hombrecillo con porte de bailarín y de apretada y escasa indumentaria. En contadas ocasiones fui testigo de la ráfaga de burlas y rechiflas que su presencia desataba y que aludían a su proscrita preferencia sexual. Era evidente que los títeres, machazos intolerantes, no le perdonaban su desliz hormonal. Él, muy mariconísimo, les ripostaba eficazmente la afrenta con el más altisonante y policromado vocabulario. Cuenta la leyenda que, antes de perder la razón, aquel menudo ser de gestos plumosos y femeninos había sido un exitoso modisto de alta costura en París. Sin lugar a dudas, como acuñara en una apretada avellana el amigo poeta de Barrancas, aquel hombrecillo pendenciero que hablaba consigo mismo despertaba nuestras simpatías, más que todo, porque era un libro abierto. Roberto Calú, encarnaba, además, “la decadencia sin tapujos”. (Así de suertuda es la vida: a veces, espléndida y maravillosa, otras, no tanto; las menos, agria, cruel y hasta visceralmente vil.)

La atalaya de 3 pisos que antes delataba la céntrica proximidad del pueblo era el sobrio pero aceptable Hotel Plaza. Desde su largo y agrietado balcón aún se pueden contemplar la plaza vacía y polvorientos techos saturados de escombros. Y, si se desvía la mirada un tanto a la izquierda, la esbelta y blanca catedral San Felipe. También desde allí se puede percibir el caricioso susurro marino del Atlántico. Ese mismo hotel que le estampó en la piel la quemadura de un poema memorable a la desinhibida, valiente y visionaria Olga Nolla, hoy día no es más que un adefesio desteñido que le sirve de hogar y amparo, más que todo, a furtivas y desesperadas parejas, a cucarachas velocísimas y a palomas de grasa y hollín que medran y campean por su respeto en los dominios aledaños a la plaza de convalecencia.

Tan desolador paisaje espiritual me lleva a sospechar que quien permanezca sentado durante varios días en los bancos de hormigón de su plaza buscándole el pulso a este pueblo borracho de atropellado progreso, sólo tropezará con un ensordecedor grito de silencio, miedo y soledad. También con una mugrosa fuente llena del excremento de las lascivas ratas con alas. (Recuerdo cómo en 1983 la celebración por la conquista de aquel primer campeonato nacional de los milagrosos Lobos en la Liga de Béisbol Profesional llevó a no pocos lugareños a lanzarse de cabeza en la fuente de la plaza. Claro, era otra fuente mucho más amplia que la actual.) Al poco rato, el calor achicharrante e inmisericorde provocará que el curioso veedor repare en la ausencia de la generosa fronda que antaño lucían los árboles sembrados alrededor de la plaza. Y el jubiloso canto de los pájaros que en ellos anidaban. (Cuántas veces disfruté las irrepetibles sinfonías que algún ruiseñor nos obsequiaba cada vez que se ponía a hacer gárgaras de cristal en la más alta rama.) No, no nos llamemos a engaño: se trata de los mismos árboles que, mutilados y desmelenados (sabrá la Divinidad por designio de qué recalentado cerebro), ahora semejan famélicos sietemesinos.

Es más, asumo la macondina imaginación del Gabo para aseverar que embarcarse en semejante aventura conlleva el riesgo de contraer un fulminante cáncer de piel. (Y qué decir de la plazuela Víctor Rojas, la que custodia la salida costera del pueblo junto a una insípida réplica de la Estatua de la Libertad. Ésta no cuenta ni siquiera con un almácigo enclenque bajo el cual guarecernos del castigo inclemente de los rayos solares.) O, cuando menos, desfallecer ante el acre hedor a orín de amanecidos degustadores de baratijas químicas que, con olímpico desenfado, sacan de paseo el animal enjaulado en ellos y, sin el más mínimo ápice de recato, desaguan su purulenta insolencia en cualquier esquina. Ello, sin contar con la asfixiante y natimuerta bufanda que nos obsequian las primorosas alcantarillas tan pronto el reloj alcanza la guardarraya del mediodía.

La cantidad de edificios enfermos y abandonados que se aglutinan en los contornos del casco urbano es impresionante. (Para muestra un botón: las instalaciones de la vivaracha Plaza de Mercado del ayer, hoy día no son más que un armatoste de moho, telarañas y hollín.) Basta con echarle un vistazo a los maltrechos anuncios de tiendas quebradas para tener una idea acerca de cuánto cuesta mantener a flote un negocio en tiempos de vacas flacas. A este penoso hecho, habría que sumarle el peso ético, económico y político de la fealdad inherente y el de las sabandijas crapulosas que allí pronto plantarán bandera en busca de auspiciosa complicidad para oficiar lo suyo.

Y ante tanto chato y desalentador horizonte, Juan del Pueblo, inalterable, fofo y mudo. Empeñado en continuar bordando esa inacabable alfombra de traspiés en la noria del pendejismo conformista. Esclavo sumiso de las ganas de comprar, comprar y comprar a crédito chucherías con las cuales llenarse los agujeros negros del alma, sucumbe y se embrolla hasta las teleras. He ahí las indelebles huellas de su vía crucis consumista en pos del Gólgota enclavado en una utópica Plaza de los Ensueños.

Ésta es, a grandes trazos, la historia común de varios elementos instrumentales que han ido fijando las tediosas coordenadas de un desbocado desarrollo económico con consecuencias devastadoras para el ritmo y la calidad del ambiente sociocultural de no pocos pueblos.

Ahora soy yo el que, con dejadez y desaliento arrastra los pesados pies como melones y que, con la humillada cerviz enterrada en el pecho, va por ahí buscando el festivo y humilde bullicio de la tribu que hemorragia los recovecos de una ciudad fantasma perdida en los meandros de nuestra más íntima memoria.

Cuánta grandeza avasallada. Qué vacío tan abismal. Qué horrible y bochornoso monumento a la mala planificación y al descarado mal gusto de fugaces alcaldes nalgudos y administradores hacedores de naderías testimoniando el deplorable estado en que se encuentra nuestra antes gloriosa villa del Capitán Correa, ahora villa venida a menos. (Entre todos los mequetrefes, cabría destacar al flamante senador –también petulante ex gobernador-- que, mediante jaibería quincallera y cachorrerías de riquitillo engreído, se apropió de una silla que no había ganado en buena lid para desde allí torpedear lo poco que intentaban hacer sus frívolos colegas tragicomediantes.) Se le barrunta a uno el alma de malos presagios.

Titubeo y me apresto ya a conjugar la ira santa aceptando que quizá esta vez sea necesario aplicar la filosofía del optimista de luto quien, de regreso a su aposento, va mascullando a borbotones la malsana espuma de un perro herido: “todo pasado fue mejor” y “si la vida te da limones, hazte una limonada”. Pero no, antes de postrar mis armas a los pies de la paralizante frustración, venderé muy cara mi osadía. Me allego al verde cuadrado de la ventana y por las 4 esquinas del viento derramo el último hilo de esperanza. Me adueño de la plegaria del preclaro vate guayamés y ruego que sobre la huera paz que rige las simples almas de mi pueblo arecibeño, algún oportuno canalla arroje la piedra redentora de una insólita hazaña o que algún turbio y facineroso malandrín de oficio ultraje la atrofiante y áspera modorra de aguas estancadas en la que estas gentes honorables y mansas dormitan el sueño de la bestia cansada. “¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo donde mi pobre gente se morirá de nada!”

Una versión anterior titulada “Arecibo, otra ciudad sin alma o El mall, el paraíso a la vuelta de la esquina” figuró --aderezada con constancia gráfica de lo que aquí se plantea-- en las páginas del suplemento En Rojo del semanario Claridad, 10-17 abril 2008, p. 7-10. http://www.archivohistoricoclaridad.com/ediciones_contenido.html?dec=6&year=2008